Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

6 de septiembre de 2011

Reviviscencia y resurrección (Jn. 11, 1-45)


Con el corazón en la mano. La vida cambia y nos cambia. Las personas cambiamos. Todo cambia. Lo dicho anteriormente no es la conjugación del verbo cambiar, sino la realidad de la persona en su esencia. Nuestra vida llena de amores y desilusiones, de dolores y desencantos, de tristeza en la mirada y en corazón, de amargura y silencio. 

Lo único que no cambia ni desaparece es el amor, cuando es del bueno, a prueba de todo. Ese corazón que ama a la persona con y en sus limitaciones, ese corazón  que no se olvida del setenta veces siete, es decir, amar siempre, al estilo de Dios, a pesar de todo. “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel. Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor” (Ez. 37, 12-14)

El amor de Dios viene a nuestro encuentro y nos abraza cálidamente como el sol cada mañana; el amor  de Dios viene a nuestro encuentro como la lluvia fresca del cielo que purifica nuestro cuerpo y limpia nuestro rostro “careto” por nuestros pecados y limitaciones; el amor viene a nuestro encuentro como la brisa suave y tierna hecha perdón. Nuestra vida privada y oculta es como un sepulcro, ese sepulcro oscuro y lleno de mañas y telarañas, lleno de mediocridades e infidelidades, de fallos y caídas. De ese sepulcro nos va a sacar Dios según su promesa. Él mismo abrirá los sepulcros y nos devolverá la vida y además, nos hará salir de ellos, porque  “El Es” el origen de la vida y el perdón, es la existencia y quien nos hace existir. El es Dios y el ser humano a penas una criatura hecha de tierra y hecha sepulcro.

Creo firmemente que conocemos el corazón y los sentimientos que salen de lo más íntimo de Dios  y los conocemos porque Jesús se ha encargado de darlos a conocer, pero cuando  toca a nuestra puerta, la puerta del corazón, el desánimo, la decepción, la desilusión, el dolor y el desencanto puede más esto que aquello. El punto de partida en el ser humano es la limitación cuando se ve a sí mismo, pero el punto de llegada es la perfección cuando se acerca, paso a paso a la santidad de Dios. “Entonces les infundirá a ustedes mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí”.

La resurrección es un llamado al cambio permanente, pero no idealizado, sino realista y pausado porque no son nuestros méritos, sino los de Dios, quien nos hace vivir aquí y en él, después de la muerte, porque él es un Dios de vivos y no de muertos, por lo tanto quienes han muerto antes, nuestros seres queridos, están vivos y viven para siempre, según nuestra fe. Jesús le dice a Marta “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? El Señor de la vida domina la muerte, aparta la losa que separa esta vida de la otra, la luz penetra el sepulcro y nos hace revivir, caminando aun con ataduras en las manos, en los pies y en el corazón. 

El llamado del Señor que ama a Lázaro como sólo un hombre puede amar a otro hombre porque es su amigo, es este: “Desátenlo, para que pueda andar”. Desatemos a las personas para que puedan andar con libertad, porque el amor ahuyenta el temor y nos hace verdaderamente libres.

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