Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

6 de septiembre de 2011

El cristianismo no es una religión

El cristianismo no es una religión sino un modo de vivir. No es una religión pero la hemos convertido en una religión. ¿Y qué es una religión? Es un cuerpo doctrinal. Es un conjunto de creencias. Es un conjunto de normas, leyes y decretos, en los que se debe creer y que deben regir nuestra vida. Soy más religioso en la medida que practico esas normas, cumplo esas leyes y asumo los decretos y los dogmas. La ley, el cuerpo doctrinal es medible, objetivable, se puede evaluar y dar opinión de que tan religioso o no soy como creyente. Por eso, entendiendo la religión como atadura, yugo pesado, como prácticas rituales, piadosas y cultuales, podemos afirmar que ninguna religión salva, se llame como se llame. Dice San Ignacio: “No el mucho saber satisface el ánima, sino el sentir y gustar las cosas internamente”.
Las religiones se basan en las normas y no en su espíritu, en lo accidental, lo que puede cambiar y no en lo esencial, lo que es de suyo, lo que es inamovible y que no requiere discusión, elucubración, teorización ni interpretación sino práctica. La religión judía en tiempos de Jesús era una carga pesada, especialmente para el pueblo pobre, ignorante, maldito. Y era fuente de poder y riqueza para los asalariados de la religión y del culto (Saduceos, fariseos, escribas, levitas) de quienes poseían el conocimiento de ella y se daban el poder y el derecho de juzgar, condenar y excluir de la salvación.
La gente del pueblo: niños y niñas sin derechos por ser insignificantes, viudas pobres y desprotegidas en una sociedad patriarcal, personas enfermas (Lepra, parálisis, epilepsia, trastornos mentales etc.) o con deficiencias físicas de nacimiento (ciegos, sordos, tullidos, mudos etc.) o personas excluidas por ejercer trabajos “inmorales” como la prostitución o ser trabajadores del Imperio como los cobradores de impuestos. Y aquellas personas que por algún motivo condenaba y excluía la ley como la mujer por su menstruación o infidelidad; las personas esclavas que lo habían perdido todo y vendían hasta su libertad para sobrevivir;  las personas extranjeras de otros pueblos vecinos tratados como perros o cerdos (animales impuros), o quien fuera pariente pero no practicante del judaísmo como las personas samaritanas eran condenadas por la ley y excluidos y excluidas de la salvación. No eran prójimos.
Para Jesús, es importante conocer la Ley y los Profetas, pero para practicar lo que Dios espera de cada persona que lo conoce, lo ama y le quiere servir. Se conoce una religión no para memorizar, discutir y mucho menos poner a prueba al contrincante o a la competencia, sino para ponerla por obra. La religión nos pone a discutir; el cristianismo es una invitación a vivir de manera distinta, vivir como seguidores y seguidoras de Jesús. La discusión no es ¿Quién es mi prójimo? Eso lo sabe perfectamente el Maestro de la Ley, el Sacerdote o el Levita y lo sabe Jesús. La pregunta es ¿Quien de estos tres se comporta como prójimo? La respuesta, sin aceptar que una persona, no religiosa como el enemigo, o el hereje, el incrédulo o el extranjero como el samaritano vive los valores del Reino es “El que tuvo compasión de él”. Jesús no pierde su tiempo discutiendo, porque “el tiempo perdido hasta los Santos y Santas lo lloran”. Jesús nos invita a vivir sus enseñanzas, por eso el cristianismo más que un cuerpo de normas, decretos y leyes, es una práctica, una vivencia, un modo de ser y de actuar. Leamos Lc 10, 25-37; Col 1, 15-20; Dt 30, 10-14)

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