Puerto de la Libertad, El Salvador

Puerto de la Libertad, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

1 de agosto de 2014

Hay que ser idealistas.

En la vida siempre hay que ver hacia el horizonte, siempre hay que ver más allá de donde nuestros pies han hecho un alto en el camino. Cuando se pone la mano en el arado no se puede volver la vista atrás (Lc.9, 62). Quién siembra en el presente cosecha en el futuro. El horizonte es ya la puerta de la utopía. Cuando se habla de idealismo se cree que hay que ver hacia el cielo y cerrar los ojos hacia la tierra. Eso no es así. Hay que ser idealistas, sin dejar de ser realistas.

El idealismo es la esfera de las ideas y el realismo es la tierra de las realidades. Idealismo y realismo deben ir juntos. Se dice que el idealismo es la “tendencia a considerar el mundo y la vida de acuerdo con unos ideales o modelos de armonía y perfección que no se corresponden con la realidad”, es verdad pero eso no quiere decir que se deben aceptar las cosas como son, sin hacer el mínimo esfuerzo por cambiarlas o porque sean mejores y distintas. El idealismo es la tendencia a idealizar la realidad. Jesús tenía en su corazón un ideal por el que da su vida, pero en él ese ideal se hace realidad, concreción, marcha.  Él es el primogénito del reinado de Dios en la tierra; él es el principio de la nueva creación.

El idealismo es como la llama de una vela encendida, ilumina su entorno, ilumina a todos los de la casa, ilumina el camino por donde avanzan nuestros pasos. La luz se enciende no para esconderla debajo de una olla, sino para ponerla en lo alto (Mt. 5, 14-16). El ser humano es idealista cuando pone sus ideales en lo más alto de su existencia y esos ideales le dan la razón de ser, actuar, sacrificarse, abnegarse y luchar. Una persona sin ideales es una persona muerta en vida. Los ideales no deben ser  inalcanzables. Sin vela no hay llama. Sin cuerpo material no hay ideales y sin ideales ese cuerpo humano dado por Dios es pura materia, es pura tierra: “¨Polvo eres y en polvo te convertirás”, así es una vida sin sentido, sin motivación, sin misión.

El ser humano hecho de tierra ha perdido el aliento de Dios, cuando sólo es materia. El mundo de la abstracción, de los conceptos, de los números, de la geometría no es posible sin la realidad de donde han salido. La realidad es la madre de la creación que se ha conceptualizado en la palabra creadora. La realidad del ser humano es dolor con esperanza, frustración con utopía, humanidad con trascendencia, caos y armonía, desorden y orden, esclavitud y libertad. La creación misma necesita ser liberada, redimida, recreada: Ella “gime hasta el presente y sufre dolores de parto y no sólo ella, sino también  nosotros…” (Rom. 8, 18-23).

El realismo es como la vela que se derrite, se derrite la materia; sin realidad vela no hay luz; sin realidad candelabro, no hay luz puesta en lo alto;  sin realidad mano que sostenga la vela y se queme, no se puede mantener  la luz para que ilumine. El realismo es la vela que se sacrifica para mantener los “ideales-llama” en alto; la materia, los seres materiales con un cuerpo material llevan hasta el final los ideales que buscan una realidad nueva, renovada, liberada. Una realidad donde se viva en fraternidad y alegría, en paz e igualdad. El ideal es que los sabios y entendidos tengan un corazón humilde y sencillo y que los pobres, los humildes, los pequeños y esclavos ocupen los primeros puestos: “En definitiva, el problema de Dios, tal como lo presenta aquí Jesús, no es cuestión de estudio y de saberes. Es algo estrictamente inefable, que pertenece al ámbito de nuestras experiencias más profundas. Y que se traduce, si es auténtico, en una forma de vida simple, sencilla, incapaz de hacer daño, caracterizada por la bondad. En esto radica el centro del Evangelio”  (Mt. 11, 25-27). Son los y las pequeñas e insignificantes quienes saben de Dios. Dios ama lo que los seres humanos desechamos: ama la humildad y la sencillez y a partir de ahí da más de lo que pedimos (1Reyes 3, 5-13)

Jesús une estas dos realidades humanas y es a través de las realidades humanas  que da a conocer las realidades que sostienen sus ideales. Las realidades humanas que toma de la vida cotidiana, simple y llana, de la vida sencilla de la gente pobre y trabajadora y casi ignorante, son ejemplos que sobrepasan la capacidad de los sabios y entendidos porque no aceptan los  ideales de Jesús abajados hasta el extremo de la comprensión, para las personas pobres: Semilla, levadura, tipos de terrenos, sal, tesoros, perla, redes, pesca, trigo, cizaña, pastor, ovejas, lobos, palomas, serpientes, camino, comidas, harina, huerto, vid, higuera  etc. La persona sabia es aquella que es capaz de plantear de manera sencilla y llana realidades complejas e inaccesibles en su totalidad. Con las parábolas sobre el Reinado de Dios, Jesús expresa sus ideales desde lo cotidiano de la realidad de su pueblo.

Jesús es un hombre que inspira cercanía, confianza y dialogo. Estas tres cualidades de su persona son fundamentales para el seguimiento, pero “los sabios y entendidos” no aceptan esta propuesta, porque no la entienden, porque no la aceptan, porque escandaliza su modo de ver el mundo o porque su ideología de dominio, opresión  y tiranía se convierte en un muro infranqueable, que imposibilita o dificulta el paso: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”  (Mt.11, 25-27). Por lo dicho se comprende que sean los "sabios" y los "entendidos" los que no se enteran de lo que es Dios y cómo experimentamos a Dios”.   Los sabios y entendidos de este mundo cierran sus ojos, cierran sus oídos y endurecen su corazón porque se niegan a ver, a oír y a convertir su corazón para que el Señor los salve (Mt, 13, 10-17). “En la forma de vivir, en las preferencias, en las costumbres de Jesús aprendemos y sentimos cuanto hay que aprender y sentir sobre Dios”.


Jesús, sin dejar de ser idealista, es profundamente realista, es un hombre que desafía la realidad porque cree que otro mundo es posible, otra religión es posible y otras relaciones humanas son posibles. También el realismo de Jesús hace caer el idealismo judío del Mesías esperado. Camino a Jerusalén, la madre de los hijos del Zebedeo pide lo mejor para sus hijos, en ese reino del que Jesús habla y pide para ellos los primeros puestos: Uno a la derecha y el otro a la izquierda. El idealismo del discipulado pasa, necesariamente, por el ser real de la persona, como realidad egoísta, envidiosa, resentida,  mediocre, perezosa e incoherente; esperando que en el seguimiento sea capaz de cambiar los antivalores por los valores del Reino de Dios como la alegría, la desinstalación, la renuncia, y la fe  de que se puede cambiar la vida y la historia.