Puerto de la Libertad, El Salvador

Puerto de la Libertad, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

5 de abril de 2014

Teniendo ojos no vemos (Jn. 9, 1-41)


No sé qué pasa, estoy inquieto, no puedo dormir. A lo lejos escucho el ladrar de los perros callejeros, cansan, inquietan. El sonido de los motores también rompe la paz que nace en la madrugada, son los buses que llevan a los viajeros a sus trabajos o a las personas que tienen algo que hacer fuera de su casa. Para ellos y ellas el día comienza viajando. La luz de la calle ilumina  a los transeúntes mañaneros, ilumina la oscuridad que se disipa con las horas. El sol no aparece todavía, no logro ver el amanecer. Todo a mi alrededor está cubierto de luz y oscuridad. Qué bonito es ver, aunque a veces  teniendo  ojos no vemos, y aunque esté de día seguimos en la oscuridad. Hace unos días escuche que Jesús dijo: “Mientras esté en el mundo yo soy la luz del mundo”. ¿Cómo puedo ser luz del mundo, al estilo de Jesús? Haciendo obras buenas, de redención y salvación. Gracias, Señor, porque puedo ver, escuchar, caminar, hablar y reflexionar. “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal. 144). “Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde”.

Ayer escuché que Jesús se detuvo a hablar con una mujer samaritana, una mujer que busca agua porque es su obligación, es su trabajo, pero que ya está cansada. Jesús le pidió de beber y ella no le dio nada, más bien se pusieron a hablar y ella lo cuestionó sobre una agua que Jesús ofrece y no ve y que ha buscado insistentemente en los amores que no han satisfecho su necesidad, su sed. Ella es un pozo seco sedienta de amor. Jesús está sediento por el camino recorrido, ella también está sedienta por el camino que ha recorrido. De repente dejando el cántaro, sale corriendo hacia Sicar, su pueblo, gritando, loca de alegría y esperanza  y llamando a todo mundo para que vengan a ver a un hombre que “me ha dicho todo lo que he hecho”. Los samaritanos, supe, por un testigo, que le pidieron a Jesús que se quedara con ellos unos dos días y que él había aceptado compartir con ellos y ellas. Muchos y muchas creyeron en él. Jesús es admirable, qué noble, qué humano, qué amigo. Ahí conoció al buen samaritano de la parábola, sólo que en este momento olvido su nombre pero podría tener el de cualquiera de nosotros.

En Samaria Jesús encontró a ese Dios buen samaritano, como en Galilea encontró a ese  Dios buen Pastor que ya los profetas anunciaban. Cuando Salió de Samaria, pasó por el camino y vio a un hombre ciego de nacimiento. “Maestro ¿Quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios”. ¿Cómo se va amostrar en un ciego de nacimiento la obra de Dios? Me dije a mí mismo y me quedé paralizado y con los ojos abiertos, sin embargo no logro ver más allá hasta dónde puede llegar Jesús. El ciego sólo escuchaba y guardaba silencio, no hacía nada, no pedía nada. Una paz tremenda lo había invadido, su rostro estaba sereno, ya no escuchaba el maltrato, ni la humillación de quienes pasaban a su lado y lo veían “lleno de pecado”. Había bajado la mano, no estaba pidiendo limosna, ni aceptación social y religiosa. Estaba a la espera, el mundo externo tan lleno de  luz, de colorido, de bulla, riñas, condenas y discusiones estaba lejos de su comprensión, él no era parte de ese lío.

Jesús siempre tomando la iniciativa igual que Dios. ¿Qué hace escupiendo el suelo, la tierra, el polvo? Esa es una mala costumbre de la gente del campo, escupir. Pero ahora recoge la tierra húmeda como si fuera un alfarero y le da forma, hace una masa y la extiende con sus manos y la coloca sobre los ojos del ciego. Jesús ha tomado bien en serio el relato de la creación, de cómo Dios le dio su aliento de vida  a aquel ser humano hecho de lodo, de tierra húmeda y fértil. Dios da su aliento, de lo más íntimo de sí mismo; Jesús da su saliva, lo más suyo de su interior, la saliva es vida como el aliento de Dios. ¿Es que Jesús está continuando la obra salvadora de Dios, está creando un nuevo ser humano en ese ciego de nacimiento?, ahora comprendo lo que dijo: “mientras es de día, tienen que trabajar en las obras del que me envió.  Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar”. En Jesús hay un nuevo origen, quien lo conoce se hace una nueva persona, Jesús deja una huella que nos hace ser, pensar y actuar de distinta manera. La gente que ha visto por muchos años al ciego de nacimiento ahora no lo reconocen: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: --es él. Otros decían: --No es, sino que se le parece. Él respondía: --Soy yo. El ciego de nacimiento que ahora ve, por la obra de Jesús, se auto afirma como el mismo ser humano transformado. Su vista, sus ojos se han llenado de Luz, Dios es la luz que ha llegado a su vida, Jesús ha llenado de ternura esa mirada que por muchos años estuvo ausente en el mundo.

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.  Siloé significa enviado. El ciego de nacimiento que ahora ve, se ha convertido en un enviado de Jesús: Los ciegos ven, los cojos caminan, los mudos hablan, los leprosos quedan sanos,  las personas oprimidas quedan liberadas, las mujeres se hacen discípulas y misioneras.  En Betesdá Jesús cura un paralítico que lo denuncia (Jn. 5, 1-3. 5-16)  y  en Siloé cura a un ciego que lo defiende (Jn. 9, 6-7). Ambos son lugares de encuentro, de sanación y de testimonio. La palabra de Jesús tiene el mismo poder de las aguas sanadoras y tiene la capacidad de dar o devolver la vida y la dignidad, reinsertándonos en el proyecto del Padre y en la sociedad. Ambos hombres son adultos, uno anda por más de treinta y ocho años y, el otro, ya es un adulto que  puede dar razón de sí mismo: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;  pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos;  quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él, que es mayor de edad y puede dar razón de sí”.

El que fue ciego defiende a Jesús de los ataques de los fariseos y confiesa paulatinamente su fe en Jesús y por eso es expulsado de la Sinagoga.  “Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos”.  “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista… Es un profeta… Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando  lo encontró, le dijo: ¿Crees en el Hijo del Hombre?   Contestó: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?...Lo has visto: Es el que está hablando contigo…Creo, Señor y se postró ante él. El juicio de Jesús es sencillo que se definan los campos: “Para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos”. El ciego no tiene pecado, pero sí aquellos que creyendo ver siguen ciegos. Dicen que ven, su pecado permanece: El rechazo a Jesús es el rechazo a Dios mismo, rechazo al bien, a la bondad y al amor.