Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.
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5 de noviembre de 2014

Una suavidad que lastima.

¡Qué suave habla Dios! Su voz como una brisa mañanera; como una brisa de mar con olor a humedad. Una brisa que apenas roza nuestra humanidad. ¡Qué suave habla Dios! Desde mi interior enmohecido, desde mi interior que lucha sin tregua, desde mi interior que sufre y siente vergüenza. ¡Qué suave habla Dios! Su aliento, su voz, su palabra sabe a amor. Un comentario, una palabra, una sonrisa, una petición: “Vamos a pedirle a Dios que no deje de sonreír”. Pídaselo también a María del Carmen, dije,  y ahí comenzó la revelación, ahí comenzó el diálogo, ahí comenzó la oración y mi necesidad de ella, de su intercesión: Nuestra Señora del Carmen, el 16 de julio.

A través de esa mujer, María del Carmen, me acordé de alguien especial que estaba en el olvido. De niño, como dice el canto, “recuerdo que siempre junto a mi cama juntaba las manos y de prisa rezaba, más rezaba como quien amaba”. Rezaba de prisa como se sigue rezando en los rezos a pesar de los años; en los rezos se reza como que lo van siguiendo a uno o a ver quién termina más rápido o como que el aire se le va a terminar a uno. Recuerdo ese día saliendo del Templo, casi al medio día, en la calle, sobre la acera y casi de despedida, se apresuraba la hora del almuerzo; recuerdo el diálogo con María del Carmen y su ojos negros brillantes y su sonrisa relajada porque había expresado su sentir y su pensar: “Vamos a pedirle a Dios que no deje de sonreír”. Es doloroso experimentar en la vida la ausencia de la sonrisa de Dios porque está serio y en silencio. No ausente.

Sin querer, esas palabras habían abierto las cortinas del Templo; sin querer esas palabras habían abierto las cortinas en el escenario de mi vida, en mi comedia y en mi tragedia. Las cortinas cerradas se habían abierto nuevamente y en ese ambiente lúgubre, triste, funesto, melancólico y tétrico,  aparecía la luz de Dios, la estrella de Dios, la columna de mármol, la mujer olvidada que siempre ha estado en la casa familiar; esa imagen de María del Carmen con su mirada de amor y su brazo sosteniendo al niño Jesús, que según la imaginería artística está sacando las almas del purgatorio, por puro amor. Hoy este hombre vuelve a la casa paterna y a la casa materna como niño para que ese brazo materno lo sostenga o esa mirada misericordiosa lo saque de su purgatorio, como alma en pena, empapada de dolor y sudando vergüenza. Ahí está ella como madre en silencio. "Entre la espesa noche que cubre los caminos, el hombre,  ha dejado de ser camino entre los caminos...." dijo un amigo que no olvidaré.

Recuerdo el cuadro. El cuadro está en blanco y  negro, es  antiguo y  ha ido pasando de generación en generación. Ese cuadro ha adornado muchos altares de novenarios en el pueblo, llenos de flores y candelas, lleno de súplicas por las personas que ya han muerto, pidiendo por su descanso eterno y por el perdón de sus pecados, que encuentren la paz, el camino y que gocen de la presencia de Dios Padre. Ese cuadro ha caminado con otros pies, ha visitado muchos hogares desconsolados; ella, en el cuadro, ha intercedido por sus hijos e hijas. Ella ha sido mensajera de paz, fe y salvación. Ella es el corazón de la casa materna. Pasados los años, aunque no dudo de su compañía con el triple coloquio “en mi vida consagrada”, “fui creciendo y eché en el olvido mis oraciones, llegaba a mi casa disgustado y cansado y de hablarte nunca me acordaba… Mis caminos de ti se alejaban”. "Fue el espejo de otros y oscuridad para sí mismo"...Continua diciendo el amigo. El sol huye de la oscuridad, pero la oscuridad tiene su propia energía y su propia claridad. Es sólo un paso, en medio de la belleza de la oscuridad está Dios agarrándonos con sus manos y María sacándonos de ella. En mi fe quebrada y mi testimonio hecho añicos, pedí ayuda, pedí un milagro, pedí luz y se me fue concedida, pero no siempre los milagros traen paz, alegría y serenidad, aso sí aparece cuando todo sale a la luz. La luz quema, arde, nos desnuda de esa ropa vieja, sucia y mal oliente llena de pecado y escándalo. Que entre ustedes, como conviene a verdaderos cristianos, dice San Pablo, a la comunidad cristiana de Éfeso, “no se hable de fornicación, inmoralidad o codicia, ni siquiera de indecencias, ni de conversaciones tontas o chistes groseros, pues son cosas que no están bien. En lugar de eso den gracias a Dios”

En el camino de la vida y en el camino del cristianismo, si uno no se deja acompañar, se pierde. Ver hacia adelante no siempre es ir en la dirección correcta. Ver hacia adelante y detenerse a reflexionar nos ayuda a encontrar la dirección cuando el horizonte se ha nublado. La dirección que la fe pone en nuestra vida es sencilla: “Sean buenos y comprensivos, y perdónense unos a otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo. Imiten, pues, a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios” (Ef. 4, 32- ). Dios es justo, no hay duda, pero su justicia no es como la entendemos los seres humanos, sin aliento de Dios; la justicia de Dios no es para juzgar y condenar, sino para amar, curar y levantar. L ajusticia de Dios se llama misericordia y solidaridad, fraternidad e igualdad. Como dice el Papa Francisco: "La misericordia divina es una gran luz de amor y de ternura, es la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados." 

El día amaneció frío, la frialdad traspasa mi carne lastimada, hela mis huesos débiles y se posesiona de mis manos vacías y heladas. La misericordia no ha llegado todavía a esta tierra amada, apenas luz, apenas claridad, apenas esperanza de un día radiante y cálido; espero en Dios no muy lejos de las tinieblas del error y de la soledad que me enfrenta cara a cara con mis propias pasiones desordenadas. Porque en otros tiempos, dice San Pablo, ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por tanto, como hijos de la luz. Esa es la conclusión a la que nos debe llevar el desierto, la distancia, el silencio, el reconocimiento de los errores, la purificación y corrección de nuestra vida. Que el Señor nos libere de nuestro encorvamiento (Lc. 13, 10-17)


16 de marzo de 2014

Un sí al grano de trigo y un no al grano de arena.

Lo original no fue un pecado, sino un estado de gracia (Gen. 1, 26-31). La palabra es el gran don de Dios, y más si esa palabra es Dios mismo: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. ” (Jn.1, 1-2). Con la palabra, Dios creó todo cuanto existe, ella, la palabra, es vida y luz para los seres humanos: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (Jn.1, 3-5). Las tinieblas nos hacen caer en la irresponsabilidad de la palabra. A ejemplo de Dios, con la palabra podemos crear muchas cosas, hacer muchos cambios; podemos comunicarnos, entendernos, crear acciones buenas, y hablar desde un corazón sin odio; debemos hablar siempre con la verdad y hacer creíble la justicia; lo que se diga más allá del sí o del no, viene del diablo: “Cuando digan sí, que sea sí y cuando digan no, que sea no” (Mt. 5 ,33-37). No podemos vivir de la mentira, del engaño o de la amenaza.

La persona sabia piensa antes de hablar,  medita en su interior lo que va a decir, no se deja llevar por arrebatos o infantilismos; porque la palabra lleva en sí misma un mensaje de acción que puede ser de violencia o de paz, de opresión o liberación, de amor o desamor, de aceptación o intransigencia. La palabra puede hacernos irresponsables, irracionales e iracundos. La palabra debe edificar, construir, consolidar, animar y respetar. El ser humano es un ser racional y no sólo pasional;  un ser político que busca el bien común y no su interés egoísta y partidario. Debemos ser personas prudentes e inteligentes. Hay libertad de expresión pero no de manipulación. No se puede oscurecer la paz y la alegría de una fiesta democrática con la sombra y el fantasma del fraude, la imprudencia y el infantilismo político.  La parábola de la plaza tiene su punto de apoyo en el mundo infantil. Entre los niños ocurre con frecuencia no ponerse de acuerdo en sus juegos. Unos quieren jugar a una cosa, otros a otra. El capricho y la terquedad de los niños en sus juegos es el punto esencial de referencia en la parábola. Inmediatamente se pasa a la aplicación de la misma: así es esta generación (Mt 11, 16-19).

La tierra debe ser paciente. En la tierra debemos ser personas pacientes para que tu Palabra vaya calando en nuestro interior y nos vaya transformando, como la lluvia empapa la tierra para que la semilla sea fecunda y nos dé su alimento, nos dé el pan para comer. La palabra pronunciada por Dios está cargada de amor y esperanza, especialmente para los hambrientos y hambrientas no sólo de pan, sino del pan que ha bajado del cielo: “Así dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo ( Is. 55,10-11). Mi voz es mi voto. La voz del pueblo salvadoreño fue el voto y el mensaje no necesita interpretación ni revisión, mucho menos ponerlo en “tela de juicio”. La voz de la justicia prevalece ante aquellos y aquellas que comen engaño e influyen en la opinión pública con sus engaños.

Cambiemos el granito de arena por el granito de trigo. El grano de arena es uno más en el “montón”, en cambio el grano de trigo es único porque cae en tierra para morir y dar el pan para dar vida a los y las hambrientas de la historia. La tentación  comenzó con el pan. Soy tierra que anhela dar vida, soy humus, soy Adam; soy tierra que necesita ser cuidada, alimentada y arropada. Soy tierra empapada del espíritu de Dios que no es sólo materia;  a veces soy tierra dura como el barro en verano, o arenosa que no retiene nada y que deja escapar el agua de tu palabra, el agua de la vida. A veces soy tierra pedregosa, tierra que tiene bondad y maldad al mismo tiempo. A veces soy tierra que tiene más cardos, lengua de cardo, dañina cuando habla. Cardos que ahogan, lastiman, ofenden, humillan; soy tierra que sale de sí misma para dar vida a la semilla, cosecha de futuro. El ser humano cosecha lo que siembra (Mt. 13, 1-23).

Cuando los grandes se olvidan que el origen humano, en su esencialidad,  es sencillo y humilde, porque fue hecho de tierra, de polvo húmedo, su discurso se vuelve dañino, agresivo, desafiante e irrespetuoso. Los grandes se creen dioses, codician ser como Dios y se rebelan ante el orden, la armonía, la legalidad. El fruto de la discordia es apetitoso, deseable, atrayente; es codiciable porque da conocimiento, control, mando y riqueza: “No morirán. Bien sabe Dios que cuando coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal. La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió (Gen. 3, 1-7). El pecado original es la codicia, “es ese deseo o apetito ansioso y excesivo de poder, bienes y riqueza”; es querer para mí lo que es de otro y se lo arrebato como sea. Unida a la codicia está la soberbia, a la soberbia la violencia y la agresividad, el desacato o desobediencia a una autoridad legitimarte constituida. La codicia es la raíz de todos los males en el mundo.

Desde sus orígenes el ser humano cayó en la tentación de la codicia y con esta caída rompe el estado original de gracia, amor, amistad, respeto y entendimiento con Dios, con la creación y con sus semejantes. El ser humano se quiere igualar a Dios, se hace dios de sí mismo y exige reverencia, obediencia, sacrificios y sangre. La codicia seduce su estómago, su conciencia y su corazón. Codicia el poder de “convertir las piedras en pan” para someter, no para servir; “el pan asegura el éxito pero me inclino ante quien me lo da”; codicia el prestigio para ser amado, respetado, venerado y admirado como si fuera Dios. “Quien se adueña de mi conciencia me hará despreciar el pan por su ideología”. Codicia la riqueza para someter voluntades, comprar conciencias, y seducir el corazón humano. Quien seduzca mi corazón me hará seguirle hasta el tope: “Te doy todo esto si te arrodillas y me adoras”. “En estos tiempos de crisis, la gente sueña con salir de ella. ¿Para qué? Para volver a ser esclavos de la codicia de soberanos, banqueros, políticos y canallas”. ¿Podemos vivir en libertad? (Mt. 4, 1-11).

¿Por qué los cristianos y cristianas buscamos las tentaciones que Jesús rechazó, venció y deshecho? ¿Por qué seguimos dando la libertad por la comida, la dignidad por el poder político o religioso y porqué seguimos adorando la riqueza y amando a quienes la poseen? ¿Por qué preferimos la esclavitud y la dependencia a la libertad? Jesús es un hombre libre no porque no tenga tentaciones, sino porque sale victorioso de ellas. Jesús es la palabra definitiva de Dios, pasó toda su vida haciendo el bien y ahora me invita a llevar su palabra allá donde hace falta, donde no llega, donde no se quiere escuchar. Allá donde la palabra se hace irresponsable. Todo iba bien hasta que hablaron algunos políticos y lanzaron sus palabras venenosas por la codicia de llegar al poder y querer gobernar ilegítimamente el país. Basta de atropellos a la incipiente democracia que ha costado tantos sueños truncados y arrancados con violencia. Mi voz es mi voto y fuimos muchos y muchas las que hablamos. Toda la semilla que cayó en nuestra tierra la fecundó para que no siga siendo pisoteada.

6 de febrero de 2014

La luz formaba una estrella y nos has colmado de alegría (Mt. 2, 1-14)

La paz, el respeto y la tolerancia cubrían todo el país. Amaneció y atardeció el día dos de febrero, la luz formaba una estrella en el horizonte de todos aquellos y aquellas que esperamos la continuidad del cambio. Esperamos ver realizado aquello por lo que tanto hemos luchado y esperado, que el reinado de Dios, su proyecto se aúne con el nuestro: Una sociedad de hombres y mujeres libres alejadas del temor y el engaño, que toman sus decisiones sin que se les compre sus voluntades. Una sociedad de equidad y no de exclusión. Una sociedad donde nos veamos a los ojos como hermanos y hermanas y no como adversarios ni enemigos. Una sociedad donde el pan sea para todos y todas, que baje de los banquetes al suelo; una sociedad con salarios justos y con igualdad de oportunidades. Una sociedad donde el discurso busque la reconciliación, la unidad, el respeto, la tolerancia, la paz y la justicia; una sociedad donde la democracia se siga consolidando: “El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande; habitaban el oscuro país de la muerte, pero fueron iluminados. Tú los has bendecido y multiplicado, los has colmado de alegría. Es una fiesta ante ti como en un día de siega, es la alegría de los que reparten el botín. Pues el yugo que soportaban y la vara sobre sus espaldas, el látigo de su capataz, tú los quiebras como en el día de Madián. Los zapatos que hacían retumbar la tierra y los mantos manchados de sangre van a ser quemados: el fuego los devorará” (Is. 9,1-4)

Por muchas décadas el país y el pueblo caminó en la oscuridad de los feudos, en las veredas de los cafetales, algodonales y cañales; habitábamos en el país de la oscuridad y de los escuadrones de la muerte, de la desnutrición, la ignorancia y el olvido. Ignominia nunca más; nos has liberado del yugo oligárquico, del reclutamiento forzoso, del sometimiento de los capataces en las fincas; las botas lustradas de los militares y sus dictaduras hacían retumbar toda la tierra de América Latina; los muros fueron nuestras pizarras y nuestras voces; la tierra y los mantos de sus banquetes manchados de sangre inocente y trabajadora fueron quemados. Las manifestaciones y la toma de las iglesias quebraban el silencio de su hipocresía cristiana. El fuego de tu justicia y el fuego redimido de nuestra dignidad, abrieron las puertas de la libertad y la democracia a fuerza de martillos y yunques.

Dios nos ha invitado, desde siempre, “a toda la humanidad a asumir como propio el proyecto del Reino, de retarle, en libertad y sinceridad, a una manera nueva ser hombre y mujer, de ser creación y sociedad”, Isaías también tiene sueños, tiene utopías, como ser humano aspira a “Un Más” de la realidad, Dios ve y escucha la realidad de su pueblo y nos da una misión a aquellos y aquellas que sin dejar de ser pueblo tenemos la responsabilidad de conducirlo a un Proyecto de Nación: “En el momento oportuno te atendí, al día de la salvación, te socorrí. Quise que fueras la alianza del pueblo, que reconstruyeras el país, y entregaras a sus dueños las propiedades destruidas. Dirás a los prisioneros: « ¡Salgan!», a los que están en la oscuridad: «Salgan a la luz.» A lo largo del camino pastarán y no les faltará el pasto ni en los cerros pelados. No padecerán hambre ni sed, y no estarán expuestos al viento quemante ni al sol; pues el que se compadece de ellos los guiará y los llevará hasta donde están las vertientes de agua. Haré caminos a través de las montañas y pavimentaré los senderos…  Y ahora vuelven del país lejano, otros del norte y del oeste, aquéllos del sur de Egipto. Cuando tu madre te olvide  ¡Cielos, griten de alegría! ¡Tierra, alégrate! Cerros, salten y canten de gozo porque Yavé ha consolado a su pueblo y se ha compadecido de los afligidos (Is. 49, 8-13). Dios nos cubrió con sus mantos, unos de tierra, otros de noche; unos de clandestinaje, otros de silencio combativo. Dios amó a sus hijos e hijas e  hizo menos inhumana la matanza, forzando con su aliento la paz y los acuerdos.

Las utopías no sólo se piensan como en el pasado, sino que se hacen, se siembran, se construyen, de arman y se defienden cuando se actúa y se opta por conciencia cristiana, social y política. La utopía no es un manto inmaculado, es decir, sin manchas, que el viento ondea y extiende como bandera en un espacio sin fronteras, sino que es ese mismo manto, al que hay que quitarle las manchas de la muerte y de la violencia, de la inseguridad y el hambre, que cubra toda la tierra liberada del mal y bendecida por el amor: “Yo, Yavé, te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones. Para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, y del calabozo a los que yacen en la oscuridad” (Is. 42, 6-7). Como cristianos y cristianas, en esta ardua tarea y en esta coyuntura específica que nos toca vivir, debemos luchar por la justicia, la unidad, la transparencia, la concientización, la libertad y la lucha contra el mal y la corrupción.

Quizá las personas de generaciones pasadas le aportamos a las presentes y venideras las utopías, pero ellas, las de hoy, nos aportan su fuerza, su dinamismo y sus ilusiones: Los tiempos han cambiado, lo que no cambia es la acción de Dios a favor de su pueblo. De ese pequeño resto que tiene una fe sencilla, profunda y cimentada sobre roca nace el futuro: «Hacía mucho tiempo que estaba en silencio, me callaba y aguantaba. Como mujer que da a luz me quejaba, me ahogaba y respiraba entrecortado. Ahora voy a talar los montes y los cerros, a secar toda la vegetación; convertiré los ríos en pantanos y secaré las lagunas. Haré andar a los ciegos por el camino desconocido y los guiaré por los senderos. Cambiaré ante ellos las tinieblas en luz y los caminos de piedras en pistas pavimentadas. Todo esto es lo que voy a hacer, y lo haré sin falta.» (Is. 42, 14-16)

Seguimos haciendo la historia con nuestras decisiones libres y conscientes. La libertad se tiñe de rojo y la paz sigue vestida de blanco. Gracias Señor por esta gran fiesta nacional a la que hemos sido convidados todos y todas. La paz, el respeto y la tolerancia cubrían todo el país: “Es poco que seas mi siervo sólo  para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de la naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra” (Is. 49, 6). “Ser pre-cursor de Jesús” hoy no puede entenderse sino como precursor del Reino, de la Utopía de Jesús. Jesús no necesita que alguien vaya delante anunciándole a él, porque él mismo nunca se anunció a sí mismo. Él vino para hacernos mirar hacia el Reino, no hacia él”. Miremos hacia adelante, no hacia atrás. Miremos hacia el frente, no hacia el retroceso.

4 de febrero de 2014

¡Ojalá sean de tu agrado las palabras de mi boca!

En el ocaso del día primero, el sol se despidió más o menos temprano. La luna y las estrellas llenaban el cielo oscuro y lejano. Como anonadados por la grandeza contemplamos el cielo estrellado y leímos sus anotaciones: El arado, las siete cabritas, el cuero de venado, los ojos de Santa lucía, la osa mayor, y el valiente Orión. Es sabroso dormir bajo las sábanas del cielo y en una hamaca silenciosa. El cielo es como una libreta de anotaciones.

Anocheció y amaneció el día segundo. El cielo oscuro y estrellado mostraba la grandeza de nuestro Dios. Las luciérnagas jugaban al escondite, los grillos lloraban en su soledad, y el viento acariciaba con su frescura la redondez y la desnudez de la tierra. Las luces se apagaron, pero el sueño se había ido por la vereda, no estaba en nuestra compañía. Los cielos de verano en el campo son como el día, no hay nada oculto ni de noche ni de día. La sabiduría de Dios anida en la tierra como los pájaros anidan a sus crías en los nidos.

La sabiduría de Dios es inmanente: “Toda sabiduría viene del Señor, y está con él para siempre. ¿Quién puede contar la arena de los mares, las gotas de la lluvia y los días de la eternidad? ¿Quién puede medir la altura del cielo, la extensión de la tierra, el abismo y la sabiduría? Antes que todas las cosas fue creada la sabiduría y la inteligencia previsora, desde la eternidad. El manantial de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas, y sus canales son los mandamientos eternos. ¿A quién fue revelada la raíz de la sabiduría y quién conoció sus secretos designios? ¿A quién se le manifestó la ciencia de la sabiduría y quién comprendió la diversidad de sus caminos? Sólo uno es sabio, temible en extremo: el Señor, que está sentado en su trono. El mismo la creó, la vio y la midió, y la derramó sobre todas sus obras: la dio a todos los seres humanos, según su generosidad, y la infundió abundantemente en aquellos que lo aman” (Eclesiástico 1, 1-10).

La oscuridad le había dado paso a la luz; la noche al día, las estrellas junto a la luna habían abandonado el espacio para que el sol hiciera su recorrido sin obstáculos y contratiempos. En la cocina de la casa ya había fuego, olor a humo, olor a madera quemada. El café negro, humeante y dulce parecía apaciguado en una taza, sobre la mesa y la voz que siempre invita a acercarnos: Vengan a tomar café. ¡Qué bonito el morenito que nos despierta con su aroma y nos da energía todo el día!

Bajábamos de la comunidad a prisa pero sin imprudencias, tenemos todo el día para llegar a nuestro destino. Hacía varias horas se había despertado el silencio. La paz de la noche era un recuerdo, con el sol todo era movimiento. Señor Dios en el día, tu luz ilumina nuestros pasos. La luz alta, lámpara del cielo, lo descubre todo, lo ilumina todo: “Entonces los ojos de los ciegos se despegarán, y los oídos de los sordos se abrirán,  los cojos saltarán como cabritos y la lengua de los mudos gritará de alegría. Porque en el desierto brotarán chorros de agua, que correrán como ríos por la superficie.  La tierra ardiente se convertirá en una laguna, y el suelo sediento se llenará de vertientes (Is. 35, 5-7a).

Tu amor ha salido a nuestro encuentro y ahora somos nosotros y nosotras quienes venimos a buscarte Señor en este páramo, convertido en jardín. En este monte, lugar de nuestro encuentro: “Que se alegren el desierto y la tierra seca, que con flores se alegre la pradera. Que se llene de flores como junquillos, que salte y cante de contenta, pues le han regalado el esplendor del Líbano y el brillo del Carmelo y del Sarón. Ellos a su vez verán el esplendor de Yavé, todo el brillo de nuestro Dios. Robustezcan las manos débiles y afirmen las rodillas que se doblan” (Is. 35, 1-3).  El calor siempre es asfixiante y el aire caliente entorpece la respiración y hasta el sudor refresca las piedras que lo evaporaban.

En ese ambiente con olor a verano, con olor a resequedad, a hojas secas y tostadas, en ese ambiente que transpira verano, su presencia siempre estaba ahí, silenciosa, animando, dándonos fuerza; ese ambiente que dura seis meses sin tregua, ese ambiente que sólo se debilita a la orilla de los ríos con la sombra del imponente y siempre verde Almendro macho; bajábamos llenos y llenas de alegría sin parar de hablar y sin parar de caminar. La plática se escuchaba desde lejos, era la señal del movimiento oculto en los barrancos. No se puede ir en silencio cuando se lleva un mensaje en el corazón. El camino de bajada siempre se hace más corto. Del Filo serpentea la vereda hacía el río. La otra casa al otro lado nos espera en la ribera del  río.

Volvimos a la ciudad, por el camino polvoso del regreso, pero todo nuestro ser venía iluminado por las luciérnagas del campo: Pequeñas, solas, aisladas, que se reúnen por las noches para compartir su luz, esa luz que se alimenta de la luz del evangelio, porque cada día  a cada día, y toda noche a toda noche le comparte la Buena Nueva con alegría. Las luciérnagas y los grillos nos evangelizaron con sus vidas y sus cantos: “la palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos. Son más atrayentes que el oro, que el oro más fino; más dulces que la miel, más que el jugo del panal. También a mí me instruyen: observarlos es muy provechoso. Pero ¿Quién advierte sus propios errores? Purifícame de las faltas ocultas. Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine; entonces seré irreprochable y me veré libre de ese gran pecado. ¡Ojalá sean de tu agrado las palabras de mi boca, y lleguen hasta ti mis pensamientos, Señor, mi Roca y mi redentor!” Leer Sal. 19.

31 de enero de 2014

Entre zaites nacen flores.

Dios es grande, sin duda,  y se hace pequeño en cada experiencia que vamos teniendo de él, cuando se nos hace accesible en nuestra vida espiritual alimentada por los acontecimientos que ocurren en lo cotidiano, en compañía de aquellos y aquellas que nos ha encomendado para que les sirvamos y que sin pedir nada a cambio nos aman, nos cuidan, nos alimentan, nos sirven y nos van edificando con su sencillez de vida y con la transparencia de sus sentimientos. Sólo sé que Dios nos va dando de beber su agua refrescante en los poquitos que pueden agarrar los cuencos de sus manos y que podemos saborear con nuestros labios infantiles. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! Quiero adorar tu majestad sobre el cielo: con la alabanza de los niños y de los más pequeños… (Sal. 8, 2-3a).

No sabía cómo comenzar a compartir “la huella” que ha dejado en mi interior lo vivido en El Filo, la parte más alta y árida del Cantón San Rafael, municipio de La Libertad. Las huellas de mis pies se perdían en las innumerables huellas de esos hombres y mujeres que suben y bajan a diario del Filo y que, más que caminar vuelan como palomas Alas Blancas o corren y saltan como venados y venadas que aman la libertad por aquellas veredas, tan llenas de polvo y de piedras. Muerte y vida siempre andan juntas; en el invierno y en el verano; en el grano que cae y en el que se cosecha: en el árbol caído y en las semillas que vuelan; en las quebradas secas y en los ojos de agua; en los anocheceres y en los amaneceres; como dice el canto: “Sólo el trigo que muere sirve para el altar”

Subía y subía, descansaba, volvía a caminar bajo el sol asfixiante de la costa, el agua hecha sudor corría sin dirección, era yo un manantial a punto de secarse. El agua sólo era un recuerdo apetecible. Esa experiencia de sed delirante me recordó cómo Dios sacó agua de las rocas y se comprometió con su pueblo: “Yo estaré allá delante de ti, sobre la roca. Golpearás la roca y de ella saldrá agua, y el pueblo tendrá para beber (Ex. 17, 6). En medio de tantas carencias somos un pueblo de fe, confianza y amor a Dios que nos cuida y nos ama por encima de todo, aún encima del Filo. Nuestra fe en este Dios amor nos hace conocer el amor en todo lo que nos da paso a paso en el tiempo. Como el salmista puedo decir: “¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!” (Sal.8, 2-10).

En esos surcos de camino mular, empinados hacia el cielo o abajados hacia los abismos, donde sólo se levanta polvo con los pasos y se pierde el color de los zapatos, nos recuerda disimuladamente los dos caminos en nuestro origen pasajero: “¡Feliz el ser humano que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!.. porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados termina mal (Sal. 1, 1-6).

En el camino hacia el Filo, me acompañan _además de Carlos y Abraham_ la resequedad, el aire caliente, los árboles sin hojas, la quebrada que volverá en el invierno, las cañas resquebrajadas de maíz y maicillo. Toda la naturaleza rezaba al Creador por sus vidas. Todo “parece” en agonía, todo parece que se muere en el olvido, pero de repente aparece la esperanza, la vida tejida en una flor, la vida pintada con el sol, la vida hecha manantial subterráneo; aparece por gracia de Dios un símbolo incuestionable de su presencia; aparece el cactus agarrado con toda su fuerza en una roca, dura e insensible, pero  aún siendo dura e insensible, sirve de cimiento a la vida. La fe se edifica sobre roca, el cactus tiene fe, se aferra a la roca. El cactus se aferra a la vida. Aunque muchas veces seamos como un cactus: ariscos, tímidos, duros, temerosos, aislados y espinudos, dejemos que la mano de Dios acaricie nuestro cuerpo, nuestra alma y que quien se acerque no salga lastimado o lastimada; el cactus con todas sus deficiencias y su aspecto poco amigable, tiene una misión, dar una flor que hace olvidar, los zaites o las tunas que deja en nuestro cuerpo.

Por fin hay un tiempo de respiro, llegamos a la cima, a la parte más alta de este terreno elevado. Ahí estaba como un oasis en el trópico, la casa de Vilma y su gran familia, el gran patio rodeado de piedras, parecía un espacio sagrado, parecido a un templo sin techo al aire libre. Los mangos, los tamarindos, el limonero; las gallinas, los pollos, los chumpes, los perros y el gato perezoso nos dieron también la bien llegada. Y qué bien llegada, estábamos en casa, bajo la sombra de los mangos y bebiendo agua fresca y fresco de tamarindo. La cocina, el espacio comunitario de la casa, era sólo humo, quemando leña, apresurando el cocimiento del almuerzo: Una sopa de camarones con tortillas recién salidas del comal. Con el sueño se hizo un paréntesis.

Poco a poco, por distintos caminos fueron apareciendo las personas de la comunidad. Venían vestidos y vestidas para una fiesta. El espacio sagrado, el patio, comenzó a llenarse de vida, de historias y de fe. Comenzamos la celebración de la Palabra y mientras cantábamos de uno de los libros cayó como venido del cielo una estampita de Monseñor Romero, cayó como buena nueva; él estaba con nosotros y nosotras en la comunidad compartiendo con su pueblo, como lo hizo muchas veces en vida. Estaba ahí como uno más sin ser uno más, porque nos honraba con su presencia, alimentándose en comunidad con la palabra de Dios. Él siempre humilde y silencioso, ahí estaba en el Filo “pastoreando a sus ovejas”, como lo hacía Jesús. Lo vi, me acerqué, me arrodillé, lo tomé con respeto con mi mano y lo llevé cerca, al altar, donde estaba Cristo crucificado. El Señor Jesús nos había convocado a la mesa  con su palabra y él era nuestro pan.  El canto final sintetiza toda esta experiencia: “Los caminos de este mundo nos conducen con amor, hasta el cielo prometido,  donde siempre brilla el sol. Y cantan los prados, cantan las flores, con armoniosa voz, y mientras que cantan prados y flores, yo soy feliz pensando en Dios”. La comunidad me acercó a Dios y me hizo pensar en Dios.

25 de enero de 2014

¿Quién podrá creer la noticia que recibimos? (Is. 53, 1-12).

¿Quién podrá creer la noticia que recibimos? Y la obra mayor de Yavé, ¿a quién se la reveló? (Is. 53,1). ¿Quién no ha sufrido en la vida? ¿Quién no ha sufrido alguna enfermedad? ¿Quién no se ha sentido excluido o marginado por alguien? ¿Quién no ha deseado tener a alguien que le escuche o consuele? ¿Quién no ha deseado sentirse respetado o amado alguna vez en su vida? Si hemos vivido esto o todo esto somos personas normales y humanas, no porque el dolor sea algo inevitable o quizá lo sea, si no porque el dolor tiene en el ser humano dos reacciones. Una, indiferencia, apatía, insolidaridad, resequedad, mecanismos de sobrevivencia y hasta cobardía. Dos, humanización de nuestra condición humana, comprensión, tolerancia, solidaridad, compasión y deseos de servir y amar a quienes sufren por alguna razón, circunstancia o porque se encuentran en situaciones donde el horizonte se ha nublado: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una gran luz resplandeció" (Is. 8,23-9,3).

“Este ha crecido ante Dios como un retoño, como raíz en tierra seca. No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos” (Is. 53,2). En este poema de Isaías, muchos siglos antes, identificamos a Jesús. A Jesús se le acerca y sigue mucha gente. Es la gente que sufre o se le hace sufrir, es la gente que siente en su cuerpo alguna enfermedad o discapacidad, es esa masa que se hermana por el dolor, el sufrimiento y la exclusión como el caso de los leprosos, los endemoniados, el hombre de la mano seca o el paralítico, los ciegos, los pobres, las mujeres y los niños y niñas El sufrimiento y el dolor nos hace una comunidad de hermanos y hermanas que viven la misma suerte o desdicha. Toda esa gente busca a Jesús. Jesús ejerce una enorme atracción “sobre la gente, sobre toda clase de gentes, judíos, galileos, extranjeros venidos de los países limítrofes. La conducta de Jesús, "las cosas que hacía", era como una fuerza que seducía a enormes multitudes” (Mc. 3.7-11). Jesús hacía presente a Dios.

“Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él” (Is. 55, 3). Jesús ve con otros ojos el dolor y el sufrimiento, ve a las personas que sufren, que padecen como bienaventuradas. ¿Por qué si es humano, cien por ciento, humano, no ve las cosas como las vemos? Porque Jesús ve la realidad humana desde el amor misericordioso del Padre, porque ve a esa multitud desde la fe en un Dios que ama preferentemente a las víctimas del desamor: “Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado,  y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados (Is.53, 4-5).

“Vengan a mí quienes están cansados y agobiados por la carga y yo los aliviaré”. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados y yo los alivié. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio, porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt.11, 30).” Quien ama no engaña”, “quien manda no suplica” y “lo prometido es deuda”. Ese es Jesús, ama, no engaña, manda a venir, no suplica para curarnos, lo que promete  lo cumple, su amor es una deuda que sólo amando podemos pagar: “Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan. Fue detenido, enjuiciado y eliminado ¿y quién ha pensado en su suerte? Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos y herido de muerte por los crímenes de su pueblo” (Is.53, 7-8). ¿Quién está dispuesto o dispuesta a darse sin pedir nada a cambio? ¿Quién hace suyo el dolor para hacer más llevadera la carga de las personas oprimidas?

Ante esa multitud de hombres y mujeres que buscan a Jesús para alcanzar alivio de sus penas, entre las que nos encontramos quienes leemos esté artículo, encuentran en él palabras de consuelo y acciones solidarias de salvación, de perdón, de liberación y ánimo, Jesús carga nuestros dolores y sufrimientos, es él quien “revela en palabras, en gestos, en milagros y en signos concretos, el rostro amoroso de Dios, que es Padre”. Jesús es el siervo sufriente de Yavé: “Fue sepultado junto a los malhechores y su tumba quedó junto a los ricos, a pesar de que nunca cometió una violencia ni nunca salió una mentira de su boca… Después de las amarguras que haya padecido su alma, gozará del pleno conocimiento. El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos, después de cargar con sus deudas. Por eso, le daré en herencia muchedumbres y lo contaré entre los grandes, porque se ha negado a sí mismo hasta la muerte y ha sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí los pecados de muchos e intercedía por los pecadores” (Is. 53, 9-12).

Fue tenido y condenada como malhechor sin serlo; fue sepultado entre los ricos sin serlo; fue víctima de la violencia sin ser violento; fue tenido como mentiroso, sin decir mentiras; fue tenido como charlatán aunque siempre dijo la verdad. Murió para darnos la vida. Sufrió para liberarnos. Como la semilla que cae, dará una nueva cosecha. Una multitud de personas justas, que aman la justicia y el derecho. Que aman a las personas pobres por ser excluidas, que aman a las personas que sufren porque completan en sus cuerpos la pasión y la compasión de Jesucristo.  Se ha negado a sí mismo, ha sido tratado como pecador y blasfemo, impuro, comilón, loco y bebedor por amor a su pueblo, que es el pueblo de Dios. La manera de actuar de Jesús suscita controversia, escándalo y rechazo, él tiene un modo distinto de ver a las personas, las ve como hijas de Dios (Mc. 2, 13-17).


18 de enero de 2014

Vengan a tomar agua.

No sé cómo pasó. Nunca pensé que pasaría, pero el Señor tiene sus propósitos y sus propios caminos y recursos. Desde hace mucho tiempo he caído en la cuenta de que Dios no hace acepción o distinción de personas, sino que acepta a quien lo teme y practica la justicia (Hch. 10, 34-38) y “todo el que ama a un Padre, ama también a los hijos de éste” (Jn. 4, 19-5, 4).

El ser humano es un ser de costumbres, caminaba por la misma acera, viniendo de la casa cural, doblaba por el mercado municipal y ahí estaba siempre a medio vestir, por el calor del puerto. Carlos es su nombre y hay tantos Carlos en el Puerto que me da la impresión que es un nombre bastante común; común no significa ordinario, ni vulgar derivado de vulgo que significa: “conjunto de la gente popular, sin una cultura ni una posición económica elevada”.

Cuando camino por las calles observo a quienes encuentro, veo sus rostros, sus ojos, su modo de vestir y hasta los colores que se usan, porque todos esos elementos me dan información sobre la persona, no para hacer juicios, sino para almacenar información que más adelante me sirva para cualquier encuentro. Me fijo no para juzgar, sino porque soy observador, analítico y prudente por naturaleza y experiencia. Contemplando a las personas en su idas y venidas, sus negocios, sus pérdidas y ganancias, sus problemas y sus triunfos me imagino que así nos contempla Dios y desde esa contemplación nos llama y ve vuestras necesidades aunque no las confesemos: “A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan trigo sin dinero, y coman, pidan vino y leche, sin pagar. ¿Para qué van a gastar en lo que no es pan y dar su salario por cosas que no alimentan? Si ustedes me hacen caso, comerán cosas ricas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá (Is. 55, 1-3a). Dios ve nuestras necesidades y nos invita a acercarnos a él.

Qué sensación más bonita se siente cuando a uno le llaman por su nombre, aunque habemos personas que nos hemos mal acostumbrado a que nos digan el sobre nombre y hasta lo pedimos y exigimos. Antes de acercarme, al pasar por la otra acera, investigué su nombre, porque es agradable que le llamen a uno por el nombre, es un derecho humano al que no debemos renunciar. Tener un nombre es tener una historia, un origen, una familiar de referencia, un lugar en la sociedad y un lugar en el corazón de Dios. Por ese nombre Dios nos llamará a su presencia cuando se abra el libro de la vida (Ap. 20, 11-15).

No sé cómo pasó. ¡Hoy lo recuerdo! La amistad comienza con pequeñas coincidencias. La amistad con Carlos comenzó con una plática en la calle sobre basquetbol y los beneficios que trae a la salud el practicar algún deporte o caminar. Dios tiene sus planes y cruza los caminos de las personas para que se conozcan: “Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes, dice Yavé. Así como el cielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de sus caminos y mis proyectos son muy superiores a los de ustedes (Is. 55, 8-9). En nuestra vida los caminos que vamos haciendo no son los que quiere Dios: “No se alegren porque someten a los demonios; alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el Cielo” (Lc. 10, 20). La invitación que Dios nos hace es sencilla: que hagamos nuestros sus caminos y dejemos los personales: “Busquen a Yavé ahora que lo pueden encontrar, llámenlo ahora que está cerca. Que el malvado deje sus caminos, y el criminal sus proyectos; vuélvanse a Yavé, que tendrá piedad de ellos, a nuestro Dios, que está siempre dispuesto a perdonar” (Is. 55, 6-7). 

El ser humano es una creatura con muchas necesidades, somos seres complejos y con muchos complejos. Necesitamos compartir, comunicarnos, hablar, que nos escuchen y que respeten nuestra vida y nuestra historia, inclusive nuestras experiencias de Dios. El ser humano ha sido creado para amar y ser amado, no para juzgar y ser juzgado. La misión que nos encomienda Jesús es anunciar el Evangelio, es vivirlo día a día, es hacerlo presente donde estemos así como lo hacía Jesús, porque la fuerza del Evangelio nos va transformando: Este es el comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo (Hijo de Dios). En el libro del profeta Isaías estaba escrito: «Ya estoy para enviar a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Escuchen ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mc. 1, 1-3). Enderezar los senderos es dejar los prejuicios, dejar de hacer juicios, y no dejarse llevar por los prejuicios. El Evangelio nos da la libertad que la sociedad nos arrebata. Jesús nos ha dado este mandamiento: “El que ama a Dios, que ame también a su hermano” (1Jn. 4,21)

Un día de tantos, este amigo, me pidió acompañarme al Asilo Santo hermano Pedro de San José de Betancur, así como se escribe por estas tierras. Me llené de gozo por la compañía y porque este prójimo es de confesión protestante. Otra cosa sabia que he aprendido en la vida es que la persona humana está por encima de la Ley, da le religión, de las opciones políticas, de las ideologías y hasta de sus opciones afectivas. Jesús acogía a todo tipo de personas, sin hacer distinciones de ningún tipo porque él era el Evangelio de Dios y vivía el evangelio. El evangelio de Dios es éste: “Amamos a Dios porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios,  a quien no ve (1Jn. 4, 19-20).

Veamos el cielo, la tierra, el mar y cuanto ellos contienen. El universo está lleno de su gracia y su belleza, qué es el ser humano para que de él te acuerdes, Señor?  Somos la niña de tus ojos, la alegría de tu corazón, la sonrisa de tus labios, el canto en tus oídos; somos la razón de tu felicidad. Somos tus hijos e hijas, eres nuestro Padre y a veces nuestra Madre, porque ante nuestra incomprensión de tu misterio usamos imágenes antropomórficas para comprenderte, es decir, usamos doctrinas que atribuyen a la divinidad las cualidades de un ser humano, nuestras cualidades y limitaciones. Sea cual sea nuestra religión, nuestro credo religioso, una cosa es clara y segura, tenemos una misión en el mundo y en la sociedad:”Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra que salga de mi boca. No volverá a mí con las manos vacías sino después de haber hecho lo que yo quería, y haber llevado a cabo lo que le encargué. Sí, ustedes partirán con alegría, y serán traídos con toda seguridad. Cerros y lomas, a sus pasos, gritarán de alegría, y todos los árboles batirán las palmas. En lugar del espino crecerá el ciprés, y el mirto, en vez de las ortigas. Y esto le dará fama a Yavé, pues será una señal que nunca se borrará” (Is. 55. 10-13).  

Después de esta pequeña experiencia de tolerancia religiosa, de ecumenismo y de amor y respeto al prójimo, viene a mi memoria Jesús de Nazaret que entendía la religión no como separación, sino comunión entre las personas; la entendía como amor a Dios y a nuestros semejantes, como acogida a aquellos y aquellas que llevan en sus espaldas cargas inhumanas. Jesús no era “un funcionario de la religión, sino un hombre de Dios” que enseña el Evangelio con su vida. Jesús salva al ser humano desde dentro de la realidad humana, no desde fuera o de lo alto. “Jesús concentraba su máximo respeto, su estima y su bondad en cada persona, en cada ser humano”.   

8 de junio de 2013

El Levirato (Dt. 25, 5-10).

El Antiguo Testamento antes de ser considerado antiguo en complementariedad con el Nuevo, _es decir, con los escritos que a partir de la experiencia de vida de Jesús de Nazaret, el resucitado, formaron la Biblia Cristina,_era  y sigue siendo la Biblia hebrea o Tanaj judía. 

Biblia es una palabra de origen griego y significa literalmente «los Libros», o biblioteca. Del griego, ese término pasó al latín, y a través de él a las lenguas occidentales, no  como nombre plural “los libros”, sino como singular femenino: la Biblia, es decir, el Libro por excelencia. Con este término se designa ahora a la colección de escritos reconocidos como sagrados por el pueblo judío y por la Iglesia Cristiana.

La Biblia es el conjunto de los libros sagrados del cristianismo y el judaísmo: la Biblia judía sólo contiene los textos que en la Biblia cristiana forman el Antiguo Testamento. Hay que considerar que antes del surgimiento del Cristianismo, movimiento iniciado por Jesús en la Palestina del Siglo I, ya existían dos cánones del que los cristianos y cristianas llamamos Antiguo Testamento  y los hebreos  Antigua Alianza: “La vinculación de la palabra latina “testamentum” con el hebreo “berit” (lazo de unión), «pacto» o «alianza» aunque es distinta adquiere un significado homogéneo.

El término hebreo berit se tradujo al griego con la palabra diatheke, que significa «disposición», «arreglo», y de ahí «última disposición» o «última voluntad», es decir, «testamento». La palabra griega diatheke fue luego traducida al latín por testamentum, y de allí pasó a las lenguas modernas. Por eso se habla corrientemente del Antiguo y del Nuevo Testamento. Antes de Cristo hay dos Antiguos Testamentos: El Canon corto o Palestinense ( s. VI a de C.) y el Canon largo o Alejandrino, llamado también canon de los setenta (s. II a de C). Ya desde el comienzo y por muchos siglos los judíos que regresaron del destierro y los que se quedaron en la diáspora, sobre todo en la ciudad de Alejandrina, fua asimilado como propio por Jesús y los cristianos y cristinas del primer siglo y que posteriormente la Iglesia aceptó como inspirados, estas colecciones del Antiguo Testamento tuvieron grandes diferencias en cuanto a la canonicidad de algunos escrito.

El canon corto o palestinense contiene 39 libros y el canon alejandrino 46. Del canon palestinense surge el canon de Yammia (por la ciudad Palestina donde se elaboró a finales del s. I d de C ) y posteriormente el Canon Protestante elaborado por Lutero en el siglo XVI (1534). El canon alejandrino le dio vida a la Vulgata, la primera traducción del Antiguo y Nuevo Testamento del griego al latín.  “El latín era para ese entonces el idioma común en el mundo Mediterráneo.  Así, la primera traducción de la Biblia del griego al latín fue hecha por San Jerónimo y se llamó la "Vulgata"  en el año 383 d. de Cristo. El Concilio de de Roma (382), Hipona (393) y el Concilio de Cartago, en el año 397 y 419 d. de C., confirmaron el canon Alejandrino o de los Setenta, con 46 libros para el Antiguo Testamento.  Además fijaron el canon del Nuevo Testamento con 27 libros. El Cristianismo define su canon y se distancia del Judaísmo. En este siglo todavía no existe el protestantismo, solo el catolicismo cristiano.

La Biblia fue escrita en muchos siglos, en una mentalidad y en una cultura distinta de la nuestra, por eso hay cosas  que violentan nuestro modo de pensar, sentir y actuar cuando la leemos; este es el caso de la “Ley del levirato”. El levirato “ tiene como  finalidad perpetuar la descendencia masculina de la familia y mantener el patrimonio de la misma” (Gn. 38 y Rut 2, 20; 3,7.12). El matrimonio no está en función del amor y de la procreación de los hijos e hijas que Dios les dé, sino en función de intereses económicos y de honor familiar. Levirato viene del latín Levir = cuñado.

La ley del levirato la encontramos básicamente en el Pentateuco o cinco primeros libros, llamada Ley o Torá: “Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no irá a casa de un extraño, sino que la tomará su cuñado para cumplir el "deber del cuñado". El primer hijo que de ella tenga retomará el lugar y el nombre del muerto, y así su nombre no se borrará de Israel. En el caso de que el hombre se niegue a cumplir su deber de cuñado, ella se presentará a la puerta de la ciudad y dirá a los ancianos: «Mi cuñado se niega a perpetuar el nombre de su hermano en Israel, no quiere ejercer en mi favor su deber de cuñado.» Entonces los ancianos lo llamarán y le hablarán. Si él porfía en decir: «No quiero tomarla por mujer», su cuñada se acercará a él y en presencia de los jueces le sacará la sandalia de su pie, le escupirá a la cara y le dirá estas palabras: «Así se trata al hombre que no hace revivir el nombre de su hermano». Su casa será llamada en Israel «la casa del descalzo» (Dt. 25, 5-10).

El levirato prolonga la vida del difunto en el hijo, el honor y el nombre por un lado;  y la posesión de los bienes familiares de la familia, que no pasen a otras manos, que se rescaten. La tierra es del Señor y de aquellos a los que él se las ha dado. El patrimonio familiar garantiza la vida de la prole. Todo el capítulo 38 del Génesis retoma la Ley del levirato, como una promesa, como una obligación familiar que debe cumplirse y que es un derecho inalienable de la viuda. El capítulo cuenta la historia del patriarca Judá y su nuera Tamar, esposa de su primogénito Er. Tamar obliga a Judá a cumplir su obligación familiar: “Bastante tiempo después, murió la esposa de Judá. Terminado el luto, Judá subió con su amigo Jirá de Adulam a Timna, donde estaban esquilando sus ovejas. Alguien informó a Tamar de que su suegro iba camino de Timna, para la esquila de su rebaño. Ella entonces se sacó sus ropas de viuda, se cubrió con un velo, y con el velo puesto fue a sentarse a la entrada de Enaín, que está en el camino a Timna, pues veía que Sela era ya mayor, y todavía no la había hecho su mujer. Al pasar Judá por dicho lugar, pensó que era una prostituta, pues tenía la cara tapada. Se acercó a ella y le dijo: «Déjame que me acueste contigo»; pues no sabía que era su nuera. Ella le dijo: «¿Y qué me vas a dar para esto?»  El le dijo: «Te enviaré un cabrito de mi rebaño.» Mas ella respondió: «Bien, pero me vas a dejar algo en prenda hasta que lo envíes.» Judá preguntó: «¿Qué prenda quieres que te dé?» Ella contestó: «El sello que llevas colgado de tu cuello, con su cordón, y el bastón que llevas en la mano.» El se los dio y se acostó con ella, y la dejó embarazada. Ella después se marchó a su casa y, quitándose el velo, se puso sus ropas de viuda…Como tres meses después, le contaron a Judá: «Tu nuera Tamar se ha prostituido, y ahora está esperando un hijo.» Entonces dijo Judá: «Llévenla afuera y que sea quemada viva.» Pero cuando ya la llevaban, ella mandó a decir a su suegro: «Me ha dejado embarazada el hombre a quien pertenecen estas cosas. Averigua, pues, quién es el dueño de este anillo, este cordón y este bastón.» Judá reconoció que eran suyos y dijo: «Soy yo el culpable, y no Tamar, porque no le he dado a mi hijo Sela.» Y no tuvo más relaciones con ella”.


“La muerte no tiene la última palabra sino la vida”. La Biblia es el testimonio del Dios de la vida y no de los muertos, Dios siempre ha sido y seguirá siendo autor y amigo de la vida. Donde hay vida ahí está Dios, donde se lucha por la vida ahí está luchando también Dios. “Creer en la vida eterna es creer primero en la vida presente”.

22 de enero de 2013

Vivir cristianamente es vivir el Evangelio día a día (Jn. 2, 1-11).


 Todo seguía igual, pero todo era distinto, todo había cambiado. La vida seguía su rumbo, independientemente del lugar donde se viva, la vida continua como manantial que riega nuestras resequedades. La vida sigue floreciendo a pesar de nuestra tierra árida, la vida sigue viviendo e invitándonos a vivir. 

La vida es independiente y libre; la vida se va haciendo en su metamorfosis. La vida seguía su rumbo, pero hoy sí, dependiendo con quien se viva, al lado de quien se viva y a quienes se entregue la vida sirviendo. A pesar del calor asfixiante, del sol abrazador del Puerto, la brisa refresca, la brisa se mete en cada espacio abierto, en cada relación humana, en cada espacio donde se puede ser “uno más” con las y los “uno más”, que siempre son las y los tenidos en menos.

Nuestra vida es como la marea, a veces con sus altas mareas o con sus bajas, pero eso no significa que seamos hijos e hijas de la Luna. Nuestra vida es como los ríos, a veces con grandes crecidas que arrasan y arrastran todo a su paso o a veces con un caudal tímido, como hilo invisible que se esconde entre las piedras. Nuestra vida es como el día,  a veces con mucha claridad y a veces lleno de nubes y oscuridad. Pero nuestra vida es profunda como el mar, dinámica como el río y elevada como el cielo. La vida, mi vida, ésta que hago mía con el favor del Creador es como la tierra con sus accidentes: Plan, ladera y playa.

Cuando todo va bien y las cosas nos salen como pensamos, estamos en “plan”; todo está planeado, todo está planificado; la alegría es la sonrisa del bienestar. Cuando la vida es pesada, cuando hay tropiezos, cuando sólo encontramos piedras, cuando la vida se nos hace hacia arriba y agotadora, desgastante en vano, estamos en “ladera”. La desilusión, el dolor y la frustración hielan el espíritu humano y lo endurecen con la indiferencia, como un “estoy bien” y nada más. La playa es el bienestar, la libertad, el horizonte sin ataduras y represiones, controles y sin sabores. En la playa la vida se ve sin obstáculos la satisfacción alimenta la esperanza de un mundo y un estado de ánimo distinto. La vida lo es todo, en la vida hay de todo y el “Magis” de la vida está en no darnos nunca por vencidos. Ya no te llamarán “abandonada”, ni a tu tierra “desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia” y a tu tierra “desposada” porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra…” (III Is.62, 1-5).

Siempre ha habido  una separación entre utopía y realidad, parece que la realidad se impone a la utopía pero ésta trasciende el pesimismo de la realidad y su mediocridad. Como personas tenemos sueños, ilusiones, ideales, anhelos, queremos por fe, “ver lo posible en lo imposible” y cuando dejamos de soñar y el sudor recorre nuestro cuerpo, sentimos el cansancio en nuestro pies y en nuestro cerebro, cuando la palabra se usa no sólo para bendecir, sino también para maldecir, renegar, murmurar; cuando ya no hilvanamos ideas y palabras, entonces nos damos cuenta que con la fe debe ir el amor, porque el amor es “hacer lo posible en lo imposible”. La fe y el amor hacen crecer a las personas, a las comunidades, a las naciones y especialmente a la Iglesia, si por fe y amor buscamos el bien común: “Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades pero Dios, que hace todo en todos es el mismo…” (Cor. 12, 4-11).

El Evangelio de San Juan afirma que Dios hizo su casa en medio de su pueblo, de los suyos, de la humanidad.  Cuando uno construye una casa, una vivienda, es para quedarse en ese lugar, habitarlo y compartirlo; lo lastimoso de esta presencia silenciosa y casi inadvertida de Dios en Jesús, es que “los suyos no lo recibieron”, es decir,  aquellas personas por las que se da la opción de Dios, su kénosis, su abajamiento, su encarnación. Eso de ir por la vida en la multitud, como uno más, es evangélico, no por la humillación, sino por la sencillez,  porque el “mundo” no les reconoce ni respeta, no les acepta ni valora. Jesús, dice el texto de San Lucas, como hombre creyente se acercó a Juan, al profeta del desierto, al profeta de la conversión, al profeta del bautismo de agua: “Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado…” ( Lc. 3, 15-16.21).

Hay un dicho popular en Honduras referido a personas que están en todo: “Cucharita de toda olla”, es decir,  que se meten en todo y hasta en aquello a lo que nadie les invita.  Ser “cucharita de toda olla” es ser “shute”, “meque”, metido, es ser una persona  solícita, que está pendiente de todo, preocupada porque todo marche bien, es ser una persona solidaria y servicial como  María en las bodas de Caná. María nos invita a ser como ella, personas atentas, serviciales y solidarias aunque nos califiquen de “shutes”. Ella con su palabra libre y liberada nos invita a “hacer lo que él nos diga”.  A partir de esta actitud de escucha y de práctica, de fe y amor, de conversión y compromiso, vamos a descubrir al Señor Jesús como “uno más” en la fiesta de bodas de Caná de Galilea.

María, Jesús, sus discípulos y discípulas no se apartan del mundo, no se aíslan, no están presentes sólo cuando hay rezos, novenas, velorios y procesiones; no sólo cuando hay dolor y sufrimiento, sino cuando la comunidad está de fiesta, de banquete, está compartiendo la alegría sea de boda o de bautismo, de confirmación o de quince años. Los discípulos y discípulas del Señor debemos ser como él, personas felices, alegre, sonrientes, serviciales, amables y solidarias. Solo quienes sirven, según el texto de San Juan, “hacen lo que él les dice” y sólo son esas personas serviciales quienes se dan cuenta del milagro, de cómo el agua se ha convertido en vino: “En cuanto el mayordomo probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes la sabían, llamó al novio…”.  

Con esta primera señal milagrosa Jesús inicia una nueva etapa en su vida, a partir de ese convivio, de esa fiesta “las cosas seguían igual, la vida seguía su rumbo,  pero todo había cambiado”, ya no regresó a su mundito privado y cómodo; descubrió que el mundo es la casa de Dios y que las personas humildes y sencillas como aquellos y aquellas que “llenan las tinajas de piedra_ de unos cien litros cada una,  que servían para las purificaciones de los judíos”_ con agua que se convierte en vino son las únicas que dan testimonio de ese milagro. La fe es ver lo posible en lo imposible, como María, pero el amor es hacer lo posible en lo imposible como Jesús.

20 de diciembre de 2012

La fe es ver lo posible en lo imposible.


Recordando la experiencia mística de Elías, "Dios es Yahveh" o "Mi Dios es Yahvé". Dios no es lo que queremos, sino lo que él quiere ser. Cuando andamos en nuestro desierto es cuando más debemos escuchar la palabra de Dios, su palabra es personal y certera.

“La conversión es una actitud permanente”. El proceso de conversión es sencillo para quien lo desea: Escuchar, reflexionar y actuar. La fe es ver lo posible en lo imposible como la viuda de Sarepta. La fe nos hace sonreír en la aflicción.

Iniciar una nueva época no significa olvidar la anterior, renunciar existencialmente a ella; no es un “borrón y cuenta nueva”, sino más bien de esos borrones y sobre esos borrones que manchan la hoja de la vida hay que escribir nuevas líneas, hay que pintar nuevos horizontes, hay que dibujar nuevos planos.

Antes pensé que era una persona de “plan y ladera” o “de tierra adentro” pero hoy me doy cuenta que Dios nos lleva no por nuestros caminos, sino por los que él va trazando a través de las mociones espirituales del discernimiento cotidiano y de las personas que encontramos en nuestro camino. La reflexión y la conversión son los caminos hacia algo nuevo y mejor.

Debo agregarle a lo primero una nueva experiencia como Jesús, que toda experiencia la incorporaba en su vida y en su misión: “Y regresó donde se había criado”. Vuelve a Nazaret, a su pueblo, donde viven sus parientes y sus paisanos no para quedarse ahí, sino para desde ahí caminar por las orillas del mar de Galilea, en las  playas arenosas de Cafarnaúm.

Ha finalizado una misión, la de la vida oculta, a partir de su bautismo comienza una nueva era, una nueva etapa, una nueva época porque es un hombre que se deja guiar por el Espíritu Santo. En su vida “todo marcha sobre ruedas” y  si “Dios permite que pasen las cosas” es para que uno vea lo que no quiere ver. Dios es un gran pedagogo, su paso no puede quedar inadvertido.

Lo que debo agregar a mi nueva vida son dos elementos esenciales: “Plan, ladera y playa” por un lado y, por el otro, el nombre de mi nueva tierra: “La libertad”, sin olvidar que ella es sólo un puerto, punto de llegada y punto de salida. El «yugo» de Jesús es el la vida hecha «suavidad» y «humildad» de corazón. Es sujetar la propia vida a la bondad incesante. Esto es lo único que libera y da felicidad. El yugo de Jesús no es para oprimir el cuerpo  y asfixiar el alma, el yugo de Jesús es suave y ligero, aprendamos de él que es manso y humilde de corazón.

Hay cosa, valores y convicciones que no se pueden negociar y cuando el diálogo no es posible entonces hay que buscar nuevos caminos. Esos caminos forjados con sudor, sufrimiento y desgaste son los caminos que nos deben conducir hacia la felicidad, la felicidad no está al final de la lucha, sino que se vive y se lucha por ella todos los días; ella, la felicidad no viene a nuestro encuentro para animarnos, sino que se pone a caminar, va a nuestro lado para que aligeremos el paso con una gran sonrisa porque Dios va a nuestro lado.

Evangelizar a los y las pobres siempre ha sido la brújula de mi vida, esa es mi tarea: “Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos  y proclamar el año de gracia del Señor…” (Lc. 4,  16-19)

Cuando Dios acarició el barro humano, su mirada tierna y su sonrisa eterna no dejaron de forjar a aquel ser inanimado que cuando abrió los ojos a la vida lo primero que contempló fue un rostro sonriente y amorosamente tierno. Sin dejar de ser Dios se hizo a alguien parecido;  yo, sin dejar de ser hombre debo ser  vasija de las gracias divinas. La confianza, la dignidad, la libertad, el amor  a los prójimos y prójimas, y ser uno  mismo son principios que no se negocian.

Dejar de ser uno mismo empobrece, lastima y anonada la mismisidad que Dios mismo ha depositado en cada uno y en cada una con su aliento de vida y felicidad. Como dice San Pablo:  “siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.”(Corintios 9,16-19. 22-23). El seguimiento es una invitación, el cómo es una opción. Hay que seguir optando por Jesús, su Reino, sus amados y amadas pobres en las playas suavizadas de la libertad.



El mundo es la tienda del encuentro.


Tu rostro Señor es como el mío, humano y cercano. Desde antiguo, Dios siempre ha venido a nuestro encuentro. En el relato de la creación Dios toma la iniciativa de hacer la creación y crear al ser humano, dándole todo de sí mismo. 

El Dios creador da todo por amor.  Dios es la fuente inagotable de la entrega y del encuentro, desde siempre.  En el relato  el hagiógrafo pone a Dios caminando en el jardín, paseando y buscando al ser humano para dialogar y compartir. Dios es presentado como un amigo.

Con Abraham  se encuentra cerca de la tienda, en Mambré, ahí nace la promesa y la alianza. Es Dios que desde siempre ha venido a nuestro encuentro (Gn.15; 18,1-8). El Dios que se le revela a Abraham es el Dios de la promesa: una tierra nueva y padre de todos los pueblos de la tierra. Es un Dios que bendice al ser humano dándole la descendencia. Es el Dios de nuestros padres y madres. El Dios de Abraham es el Dios que ama la libertad y es el Dios que ama a los seres humanos dejándoles libres para que escojan sus propios caminos.

También Dios viene al encuentro del ser humano en la vocación de Moisés, en el relato de la zarza. El Dios que se le revela a Moisés es el Dios liberador, el Dios que hace una opción preferencial por los pueblos pobres, que sufren la opresión y la miseria que generan las grandes potencias mundiales. Dios no opta ni negocia con los poderosos, ellos ya tienen sus propios dioses. Dios pone su propia tienda en nuestro campamento para que nos acerquemos a dialogar con él, él es nuestra compañía, nuestro refugio y nuestro sustento (Ex. 33,13)

Estas teofanías o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento se seguirán multiplicando con los profetas: Jeremías 33, 14-16; Baruc 5, 1-9; Isaías 35, 1-10; Sofonías 3,14-18. Especialmente Sofonías presenta a un Dios que se alegra tanto de habitar entre su pueblo que su alegría contagia  a todo el pueblo y le da fortaleza en medio de las angustias y las aflixiones: "¡Yavé, tu Dios, está en medio de ti el héroe que te salva! El saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor. Por ti danzará y lanzará gritos de alegría como lo haces tú en el día de la Fiesta". 

Las teofanías son manifestaciones de vida y salvación para la humanidad caída, sin esperanza y oprimida. Son un regalo gratuito de un Dios amante del ser humano y preocupado por sus necesidades y sufrimientos. Este Dios que se revela siempre es el que nos va a anunciar Jesús como el rostro humano de Dios, como su palabra personal y como su manifestación definitiva. Jesús es la epifanía del Padre para toda la raza humana representada en los sabios  de oriente.

El misterio de la encarnación y la contemplación que podemos hacer de ella nos revela cómo lo infinito se hace finito, lo eterno-perecedero, lo inalcanzable-tocable, lo “alejado”-cercano, lo inmutable- mutable. San Juan expresa de manera magistral el misterio  de la encarnación, la epifanía de Dios en Jesús: “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba ante Dios en el principio.  Por Ella se hizo todo, y nada llegó a ser sin Ella. Lo que fue hecho tenía vida en ella, y para los hombres la vida era luz. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron… Ella era la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre, y llegaba al mundo. Ya estaba en el mundo, este mundo que se hizo por Ella, o por El, este mundo que no lo recibió.  Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 1-5. 9-11).

“Dios, en Jesús, se hizo hombre. ¿No es lo más ejemplar en la vida ser persona cabal?”  Tanto la cercanía de Dios en Jesús como Jesús modelo de persona humana, más cerca de Dios por su misma humanidad y humanización, es la garantía de que el verdadero encuentro con Dios  nos reorienta la vida y las decisiones que tomamos en ella. Jesús es la encarnación de Dios y la humanización de Dios. Jesús es nuestro modelo de encarnación y de humanización. Lo lamentable es que aunque Dios haya puesto su casa en medio de las nuestras preferimos seguir teniendo una vida que margina al Dios de Jesús y le abre las puertas y nuestros altares domésticos a nuestros propios dioses, porque “vino a su propia casa y los suyos no o recibieron”. “La casa de Dios es el mundo, la casa de Dios es mi casa; habita Señor en mí para que de mi corazón sólo nazcan buenos sentimientos y se ejecuten buenas acciones”.

17 de julio de 2012

La violencia estaba contra Dios y la violencia no era Dios.



Cuando Dios en su bondad creó todo lo creado, lo hizo por amor, lo hizo todo en estado de gracia, todo lo hizo bien. Terminada su obra, y en el cúlmen de la creación hizo al ser humano, hombre y mujer. Los creó para que se amaran y fertilizaran la tierra con su amor. Que el amor humano se extendiera como semilla por toda la tierra donde crecieran como pueblos, razas y habitantes hijos e hijas de una sola pareja: “Y vio Dios que era bueno” y continuó su obra creadora.

En el principio, en el corazón de la bondad, se incrustó una espina, la bondad fue lastimada y derramó su sangre con dolor, desde entonces existió la soberbia, el orgullo y la violencia; y la violencia estaba contra Dios y la violencia no era Dios (Gn. 3, 1-5). En el principio Dios paró a la violencia, pero ella ya se había posesionado del corazón humano y el ser humano se rebeló contra su creador (Gn. 3, 6-13). 

Las cosas fueron creadas para el ser humano pero el ser humano se  apropió de ellas, y sometió a otros seres humanos, y quiso, además, ser dios. Unos pocos sometieron a muchos y los hicieron trabajar hasta el anochecer, porque querían ocupar las alturas que solo al Creador le eran propias; “si esto va adelante, nada les impedirá  desde ahora que consigan todo lo que se propongan” (Gen. 11, 1-6). La soberbia, el orgullo, la violencia y la muerte comenzaron a gobernar la tierra, ese es el pecado original, el pecado que se opone a Dios y destruye el amor fraterno entre hermanos y hermanas.

La violencia comenzó a reinar y comenzaron las envidias, las peleas, los resentimientos, el culto vacío e inauténtico, los ritos y los sacrificios quisieron amarrar a Dios, esclavizarlo, someterlo (Gn. 4, 1-7). La violencia no nació de Dios, sino del ser humano que quiso ser como Dios y desterrar a Dios  de su corazón (Gn. 4, 8-12), pero Dios se lo impidió expulsándolo del Paraíso, para que la violencia, la venganza y el odio no fueran eternos (Gn. 3, 22-24).

Y la vida volvió a resurgir de las manos de Dios como un árbol, como un árbol frondoso que es cuidado por Dios, porque de sus manos nace la vida, el amor, la compasión, el perdón, la misericordia y la sabiduría. Dios detiene la espiral de violencia tatuando a Caín, para que nadie le haga daño, que no se pague mal con mal, que no se universalice la ley del talión porque sólo Dios puede saldar cuentas con el ser humano (Gn. 4, 10-16).

El principio de la espiral de la violencia, del odio y la venganza se encuentra en el corazón humano. No hay otro origen, la génesis está en un corazón humano que se ha apartado de Dios como Padre que perdona, padre misericordioso y tierno, lento a la cólera y rico en piedad. La espiral de la violencia, el odio, la venganza, destruye al ser humano, es el camino de la muerte física, porque termina en el cementerio en el dormitorio,  y espiritual, porque asesina lo más íntimo de nuestra intimidad, el amor, la fe, la esperanza; asesina al origen de la vida, asesina a Dios en sus hijos e hijas.

La violencia no se detuvo y siguió saciando su hambre de venganza y odio en las entrañas de todos los pueblos de la tierra, de todos los grupos humanos, de todas las personas cuando le dan rienda suelta a sus palabras y sentimientos, a sus pasiones  e injusticias. De la estirpe de Caín nace Lámek símbolo de la venganza desenfrenada (Gn.4, 17-26).  En medio de tanta violencia y venganzas, Dios le sigue apostando a la vida y al ser humano renovado, reintegrado, reivindicado, renacido, transfigurado y resucitado. La ley del más fuerte y más agresivo debe desaparecer para construir el shalom de Dios. La paz que Dios nos promete es la vida, la vida que quiere para todos y todas está cimentada en el justicia y el derecho.

Lámek y su descendencia se han extendido por toda la tierra y han hecho de la violencia y la agresión su bandera de lucha por la justicia y por su mal llamada seguridad nacional y territorial. Hoy se arremete, se invade y se le cierra la frontera a otros pueblos en nombre de la libertad. Los hijos de Lámek ocupan los primeros puestos y las jefaturas de los países más ricos del mundo.

La falsa visión de seguridad que tienen los países del norte con respecto a los del sur es que son una amenaza para su vida, su seguridad y su desarrollo en el planeta  y hay de aquel subdesarrollado que se atreva a desafiar las ordenes de los amos que tienen a los pueblos sometidos a través de la riqueza del petróleo, el poder militar, la diplomacia intromisoria, el mercado global, la industria multinacional, la tecnología que agudiza las brechas, las armas nucleares y químicas que están ahí como amenaza de una justicia humana apocalíptica en el mal sentido de la palabra. “Cada uno es tentado por su propia codicia, que lo arrastra y lo seduce; la codicia concibe y da a luz el pecado; el pecado crece y, al final, engendra la muerte” (Santiago 1, 15)

En todos los países del mundo tenemos muchos casos donde Lámek hace sentir su sentencia: “Yo he matado a un hombre por herirme y a un muchacho porque me golpeó. Si Caín ha de ser vengado siete veces, Lámek ha de serlo setenta y siete veces” (Gn. 4, 23-24). La soberbia, el orgullo, la codicia, la justicia por la propia mano, el dominio de unos sobre otros, es muestra de que el fruto del pecado, que maduró hasta la muerte en los terrenos del Jardín, siguió consumiéndose y envenenando el corazón, la sangre y la razón humana, al buscar no sólo culpables, sino justificaciones de conductas homicidas, exclusiones raciales, sociales y religiosas, es decir, el asesinato de seres humanos sobre otros seres humanos que no son mis iguales, de mi raza, de mi ideología, de mi credo.

Hoy se asesina sin escrúpulos por cualquier cosa: Por un celular, por sueldo, por una mirada, por un bocinazo, por una calumnia, por diversión, por racismo, por envidia, por amor a lo ajeno, por pasiones amorosas, por protestar en una marcha, por disentir ideológicamente en un partido, por defender los derechos de otras personas, por denunciar las injusticias etc. ¿Dónde no está la presencia de la muerte?

La madre de los y las vivientes, está unida a través del parto, del dar a luz, a la historia del hijo que será el asesino de otro hijo de ella. En estas dos estirpes, la violencia y la muerte irán unidas a la bondad de Dios que sigue generando vida en un campo de muerte, para hacer de este cementerio un jardín, un paraíso, pero todavía estamos lejos.

Caín y Abel son realidades simbólicas, casi mitológicas, presentes en todo ser humano: Caín (qanithi), he dado a luz, y “Abel (hebel), aire, respiración, es ya una indicación de que este segundo hijo debía desaparecer como un suspiro de aire, sin nombre, sin posteridad”.

El conflicto sutilmente presente en los dos nombres representativos del quehacer humano primitivo, es evidente, cuando se constata que la serpiente ha vuelto a picar otra vez al ser humano. La degeneración de la venganza ha llegado a límites inimaginables e intolerables. Ante esta hecatombe humana quiero finalizar con palabras pintadas de esperanza:


SALMO 101, 13-14b. 15-21
 El Señor miró a la tierra desde el cielo.


Tú, Señor, reinas para siempre,

y tu Nombre permanece eternamente.

Tú te levantarás, te compadecerás de Sión,

porque ya es hora de tenerle piedad,

tus servidores sienten amor por esas piedras

y se compadecen de esas ruinas.


Las naciones temerán tu Nombre, Señor,

y los reyes de la tierra se rendirán ante tu gloria:

cuando el Señor reedifique a Sión

y aparezca glorioso en medio de ella;

cuando acepte la oración del desvalido

y no desprecie su plegaria.


Quede esto escrito para el tiempo futuro

y un pueblo renovado alabe al Señor:

porque Él se inclinó desde su alto Santuario

y miró a la tierra desde el cielo,

para escuchar el lamento de los cautivos

y librar a los condenados a muerte.