Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.
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7 de junio de 2014

Ascender no es separar, es asumir un mayor compromiso.

Vayan y hagan es misión y acción (Mateo 28, 16-20). Con la ascensión llegamos al final de una etapa de la revelación e iniciamos otra. Después de que Dios se encarna en lo humano y vuelve al cielo después de haber cumplido su misión, ahora es el tiempo del Espíritu y de la Iglesia animada por el resucitado y enviada al mundo a hacer de otros y otras, discípulos y discípulas de Jesús. Con El Espíritu que desciende de lo alto, como Paráclito, es decir, Dios decide estar junto a su pueblo, ser el abogado de quienes creemos en Jesús y, el que defiende e intercede por nosotros y nosotras como iglesia, nace la misión y con la misión nace el ser y el quehacer de la Iglesia. La Iglesia es misionera por naturaleza, ella ha sido enviada a evangelizar a todo el mundo. Evangelizar no es imponer, someter a otras religiones. Evangelizar es ser testigos y testigas de la bondad, del respeto, del amor, la tolerancia el perdón, la paz y la alegría del resucitado. El cristianismo no es ni exclusivo, ni excluyente.

Para ascender hay que abajar, así lo hizo Dios en Jesús y así lo hizo Jesús en el misterio de la encarnación: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp. 2, 6-11). El anonadamiento triunfa sobre la soberbia en la cruz. La bondad de Jesús vence la violencia del mundo en su afán de ascender al poder, al prestigio y a la riqueza. Jesús ha vencido al mundo. Mundo en el evangelio de San Juan es el pecado y éste es aquello que nos deshumaniza. El mundo se opone a Dios, como la oscuridad se opone a la luz: Dios Padre en su hijo se ha humanizado y por eso ama  lo humano de loa que estamos hechos y hechas.

Jesús nos trajo un mensaje de salvación de parte de Dios, elaborado por Dios Padre desde antiguo, pero frustrado por el ser humano que quiso ser como Dios, quiso ser Dios de todo lo que no había creado, y en lugar de alabar al Creador en su obra creada, sometió a las creaturas y las sigue sometiendo hasta el exterminio; lo más grave es que no respetó el origen y principio de su creación: El amor. El ser humano fue creado por amor, para amar y ser amado; apartó su corazón del amor y sólo amó por interés y no por naturaleza y necesidad; amó lo que no debió amar,  amó a la soberbia, al orgullo, a la vanidad.  Amó la violencia, la  autodestrucción y todo aquello que no es Dios. En el banquete del ser humano se sentaron los y las enemigas de Dios. El ser humano amó al mundo más que a Dios: “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo”. El mundo es nuestra tierra de misión.

Mundo es la realidad global que nos rodea y seduce. Mundo es opuesto a Dios y se enfrenta a Dios, porque en el mundo reina el pecado y el pecado es la deshumanización del hombre y de la mujer en sus relaciones sociales. La deshumanización nos hace ser conformistas, personas frías, calculadoras, insensibles, increyentes en la conversión del ser humano hacia Dios. Mundo es lo que nos pierde ante Dios y esto por la maldad  que ha invadido el corazón humano y lo ha hecho de piedra: Duro, insensible, frío e indiferente. Dios ama lo humano, y en Jesús ama lo humano. En Jesús Dios se humanizó a sí mismo. Dios nos dio un corazón de carne, un corazón humano, un corazón cálido; “el "mundo" ha sido vencido por el "Espíritu", en la fe y en el amor cristiano”. No podemos despreciar lo que Dios tanto ama, no podemos caer en el desprecio de "lo humano", lo que Dios tanto quiere le entregó a su Hijo, hasta "humanizarse" el mismo Dios (Jn 3, 18; Fil 2, 6-7 y 1 Jn). Sin lo humano no es posible la bondad.

La ascensión es el final, la meta, el triunfo del camino de la humildad, de la encarnación, de la vida de servicio desinteresado, la abnegación, el sacrificio y el seguimiento. La ascensión es el camino que nos deja Jesús para estar con Dios, donde él que es la cabeza de la comunidad, nos ha precedido.  Como herederos y herederas de quienes contemplaron la ascensión del Señor debemos convertirnos en “comunicadores de la fe, la alegría y la esperanza que nos ha transmitido Jesús resucitado”. Las tinieblas gobernaban sobre la redondez de la tierra y la luz del resucitado era apenas un “suspiro valiente”; pero el resucitado, el que asciende al corazón del cielo es el que transforma nuestra oscuridad en luz, nuestro temor en paz, nuestra tristeza en alegría, abre las puertas de nuestro encierro, nos envía con un mensaje de paz, alegría y perdón; nos manda al mundo con el poder del amor. Jesús resucitado, el que ha ascendido al cielo se compromete con toda la humanidad y especialmente con sus discípulos y discípulas en acompañarnos, en estar cerca y darnos el espíritu de la verdad. La verdad para Jesús es Dios, ese espíritu de Dios nos guiará hasta la verdad plena. Vivir en la verdad es vivir nuestra vida en transparencia, coherencia y autenticidad (Jn. 16, 12-15).

Ascender como lo entiende el mundo no tiene nada que ver con la ascensión de Jesús, porque ascender en el mundo es irrespetar, oprimir, someter, utilizar y se ha hecho la ley del más fuerte y astuto. Quienes ascienden no por sus méritos, sino por influencias cometen injusticia sobre aquellos y aquellas que han dedicado su vida  a servir sin esperar las gracias, a amar sin que se les ame, a perdonar aunque se les humille. “Lucas es el único evangelista que menciona el relato de la ascensión de Jesús al cielo”, la presencia del resucitado durante cuarenta días, animando y congregando a sus discípulos y discípulas, ahora lo hará de distinta manera animando a las pequeñas comunidades que nacen del trabajo de los misioneros y misioneras y sus respectivos animadores y animadoras.  Ellos y ellas son quienes quedan a cargo por el Espíritu Santo para recordar, interpretar y actualizar lo que dijo e hizo Jesús.

El envío misionero no se limita al  mundo judío, sino que rompe sus fronteras y nace el cristianismo universal, católico, inclusivo e igualitario. Nuestra misión no es convertirnos en maestros y maestras de religión, aunque la enseñanza de la doctrina sea importante; nuestra misión es hacer, dar testimonio, hacer de nuestra vida, por lo que vivimos, creemos y hacemos, el mejor modo de evangelizar. Nuestra vida debe ser una diaconía a la Palabra, debemos hacer discípulos y discípulas para Dios y para Jesús, no para nuestro Ego. El Dios con nosotros y nosotras se compromete una vez más con la humanidad y con la Iglesia: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.  

27 de julio de 2013

Doce bases edifican la Iglesia (Ap. 21, 14).

Según el testimonio que nos deja San Mateo en su evangelio o la comunidad de Mateo en los primeros años de la Iglesia, año 80 dC., Jesús llama y envía a sus discípulos a anunciar el Reinado de Dios y a curar todo tipo de enfermedad y dolencia. La Buena noticia de Jesús salva, libera, y reconstruye a la persona como unidad inseparable. El reinado de Dios se hace presente en acciones de salvación, en acciones de liberación. Cuando Dios llega a nuestra vida nos libera íntegramente, por eso su palabra, es evangelio, buena noticia.

En este primer discurso misionero (Mt. 10, 1-7), Jesús llama a doce personas, de en medio del Pueblo. Son personas “normales”, no hay entre ellas, lumbreras,  “sabias, entendidas” y doctas. Son personas corrientes. Las llama con su nombre y con su historia pues el llamado es personal y la respuesta es personal. Estas personas a las que llama están llenas de debilidades, limitaciones personales, afecciones desordenadas. Son tan normales y tan humanas que a través de eso que llamamos “la carne es débil”, comprendemos sus motivaciones más íntimas y profundas (Mt. 20, 20-28).

Casi siempre cuando  hay conflicto entre las personas es porque hay conflicto de intereses. El deseo de poder, el tener autoridad total y la ambición de mando, que se expresa en “los hijos del Zebedeo, es el mismo que tiene cada uno de los doce. Todos, los doce, tienen deseos de ser importantes, no quieren seguir siendo lo de siempre, lo que la sociedad les ha obligado a ser: "los últimos"; hoy tiene la oportunidad de reivindicarse de la exclusión. No quieren seguir siendo tratados como esclavos, quieren ser los primeros en ese nuevo tipo de gobierno temporal. Jesús llama a hombres humanos, no santos, los acepta como son, sin esperar ningún cambio como exigencia de su amistad. Pero la amistad y el cariño de Jesús les cambia la vida a ellos.

Mateo,  al enumerar la lista de los doce lo hace por parejas, porque Jesús les envía de dos en dos, es decir, Jesús envía seis parejas de dos. Les envía “de dos en dos” porque es fundamental en el envío a una misión el testimonio. Testimonio es aquí no sólo “el buen ejemplo” como se entiende normalmente el término, sino como “dar razón de quien envía” y quien lo secunda;  además dar testimonio es optar por la persona de la que se habla. Inmediatamente estos doce nombres nos remontan a la elección que Dios, Yahvéh, hizo de las doce tribus de Israel para formar el pueblo con el que hizo la primera alianza en el Antiguo Testamento (Gen. 49,1- 28).

Para Mateo, por la redacción que tiene el texto, es fundamental el número doce, no sólo por ser judío y porque el texto está escrito en mentalidad judía, sino porque el término “doce se repite tres veces: Uno, “En aquel tiempo llamando Jesús a sus doce discípulos…” Dos, “Estos son los nombres de los doce apóstoles…”  y tres, “A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones”. El texto tiene un movimiento interno ascendente: De un discipulado con poder para anunciar y servir se pasa a los nombres, si el poder es servicio, ese poder lo ejercen personas concretas con nombre propio y finalmente estas personas son enviadas con instrucciones específicas para ejercer bien la misión: “La elección de los doce apóstoles, tal como Mateo la presenta, indica claramente que a juicio de este evangelio lo que Jesús pensaba y quería era restaurar al pueblo de Israel. Por eso designa a «doce», un número que se repite tres veces en este texto (Mt. 10, 1.2.5), y que el mismo Mateo explica porque así representan a las doce tribus de Israel "(Mt. 19, 28).

Estos doce son las piedras o bases sobre las que se edifica la historia de la Iglesia: La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero”(  Ap. 21, 14). La misión de la  Iglesia está en el mundo, no fuera de él. La Iglesia debe estar presente en todas partes anunciando la Buena Nueva del reinado de Dios y curando todo tipo de dolencias en una humanidad lastimada, herida y sin esperanza. El poder que le da Jesús a los doce y a la Iglesia  no es el de la fuerza que domina y oprime; el poder cristiano es el poder del servicio, del amor, y ese poder debe usarse para liberar, restaurar y dignificar. El poder debería humanizarnos. El poder cristiano es el poder para hacer el bien, para ayudar y para cuidar a las demás personas.

El grupo de los doce es un grupo variado, tosco, donde “cada cabeza es un mundo” pero que Jesús debe moldear, formar, purificar. Con los doce Jesús quiere restaurar las doce tribus de Israel, según Mateo. La misión de Dios es continuada por Jesús con la nueva alianza, nueva y definitiva. Recordemos que Jesús era judío, nacido, educado y formado en esa mentalidad. Jesús quería no sólo restaurar a Israel, sino reformar a la persona y a la religión: “Jesús era un judío, nacido y educado en Israel, en la religión de Israel. La religión que cada israelita vivía como la religión que Dios había revelado al mundo. Por eso, sin duda, Jesús pensó que lo más urgente era reformar la religión revelada a su pueblo”.

Jesús tuvo poder y autoridad, pero no vanidad ni dominio. Él siempre respetó la integridad de las personas. “El poder es servicio”, el poder es para servir, es para amar y liberar. El poder debería humanizarnos, no corrompernos y deshumanizarnos. El poder debería ayudarnos a hacer el bien, proteger y ayudar a quienes nos necesitan. El poder, según el cristianismo o las enseñanzas de Jesús, es para amar y servir, no para aprovecharnos y hacernos amar por interés. El poder cristiano no es como lo entiende la sociedad y la Iglesia, como dominio, fuerza, imposición, sometimiento. El poder que nos ha dado Jesús es para dominar y expulsar el mal en todas sus expresiones: “ Que no sea así entre ustedes”. “Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre” (Mt. 20, 28).

14 de marzo de 2013

Grande… Rutilio Grande (Ap. 5, 1-14).


Hoy es doce de marzo. Hoy, hace treinta y seis años fue asesinado el P. Rutilio Grande, sacerdote jesuita salvadoreño,  junto a un niño y un anciano que lo acompañaban a una misa rural, camino al municipio de El Paisnal, ubicado en  la parte norte del departamento de San Salvador, El Salvador. Era el año de 1977. Marzo sangriento. Marzo, dicen que se deriva del latín  martivs, y este de Mars, nombre latino de Marte, dios romano de la guerra. La guerra empezaba a aparecer en el horizonte de la desigualdad y la injusticia social. La lucha de clases comenzaba su combate. Hoy como ayer el sol abrazador de marzo sigue siendo el mismo de hace treinta y seis años. Al ver todo de nuevo, recordaba el pasado desde este presente con cincuenta y dos años vividos:

“Yo lloraba mucho al ver que nadie había sido hallado digno de abrir el libro ni de leerlo. Entonces uno de los ancianos me dijo: «No llores más; acaba de triunfar el león de la tribu de Judá, el brote de David; él abrirá el libro y sus siete sellos.» Entonces vi esto: entre el trono con sus cuatro Seres Vivientes y los veinticuatro ancianos un Cordero estaba de pie, a pesar de haber sido sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra. El Cordero se adelantó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro Seres Vivientes se postraron ante el Cordero. Lo mismo hicieron los veinticuatro ancianos que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos (Ap. 5, 4-8).

Pero el tiempo sigue impertérrito… es decir, que no se asusta ni se altera con nada. Hoy el día amaneció nublado, entristecido. Estamos en pleno verano, no hay señal de lluvia o de oscuridad por la lluvia cercana. No hay razón climática para estar entristecido. El día está nublado, casi de luto, por las quemas irresponsables en el campo dormido. El aire huele a humo, huele a resequedad, huele a verano, huele a irresponsabilidad de los piromaníacos. El día está seco, reseco y extremadamente seco. El luto del día vuela en el viento  en pedacitos imperceptibles  de hojas de caña quemada. El día está asfixiante y deshidratante.

El sol de marzo no conoce la misericordia, sus abrazos queman, su amor convierte los poros de la piel en volcanes de agua inagotable y la bocana en desierto. La brisa de marzo es caliente y sin sosiego. “Venimos a recoger su testimonio”, dijo el sacerdote que presidía la eucaristía en aquel desierto de arena, aquel desierto de muerte, nada mejor dicho que esto, porque la sangre de los  y las mártires es semilla, caída en tierra, para una nueva cosecha. La Iglesia hecha pueblo, la iglesia de la vicaría “Rutilio Grande “seguía las huellas de Jesús de Nazaret en Aguilares rumbo al Paisnal, las mismas huellas que Rutilio, Nelson y Manuel seguían camino, después de su martirio, al cielo. La tierra había sido surcada, en sus arrugas habían surgido los nuevos retoños de caña, el valle estaba verde, se veía incipiente la nueva cosecha, se veía inocua. El suelo olía a estierco y a orines de ganado, a campo pisoteado. El campo olía a campo, olía a campesinos y campesinas, olía a extranjeros y extranjeras solidarias, olía a Medios de Comunicación que censuran la verdad, olía a iglesia martirial.Todo era memoria, todo seguía siendo vida con rocío de esperanza.

“Dar la vida por un muerto” es una locura, es algo inusual, sin embargo los mártires y los cristianos y cristianas “no damos la vida diariamente por un muerto”, sino por alguien que vive, que está presente en la comunidad, en la escritura, en la eucaristía, en la memoria (Lc. 24, 13-35), porque ellos y ellas, nuestros mártires, sólo mueren si se les olvida. Jesús en la cena de despedida, en el banquete de pascua, en la cena con sus amigos y amigas les dejó este encargo: “Hagan esto en memoria mía” (Lc. 22, 1-20; Jn. 13, 1-20). En este desierto de esperanza, en este desierto de desolación, en este desierto de tentaciones escuchemos la voz de Jesús: “…El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la escritura: “De sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn. 7, 37-ss). El bautismo es sumersión en la vida de Jesús, es sumergirnos en el agua y en su espíritu, es sumergirnos en su sangre.

“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar no existe ya. Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será Dios-con-ellos;  él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Ahora todo lo hago nuevo». Luego me dijo: «Escribe, que estas palabras son ciertas y verdaderas.» Y añadió: «Ya está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed yo le daré de beber gratuitamente del manantial del agua de la vida. Esa será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él y él será hijo para mí” (Ap.21, 1-7).

5 de marzo de 2013

Una Iglesia tras las huellas de Cristo.


Aprendamos bien la lección:”Beberán mi cáliz;  pero eso de   sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo  tiene reservado”.  Hagamos Iglesia en comunión, uniendo lo que somos y tenemos y poniéndolo “al servicio del bien común” en la comunidad. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y el cuerpo es uno aunque tenga diversidad de miembros (1 Cor. 12, 12-30).

La Iglesia es ante todo comunidad de personas creyentes, que viven la Palabra de Dios; celebran, sirven y aman (Hch. 2, 42-45). “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón” (Hch. 2, 42. 46). (C.I.C 2178). Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (Cf. Hch. 2, 42-46; 1Co 11, 17).

Antes de Jesús no hay Iglesia y menos Iglesia católica; no hay asamblea de personas creyentes en él. La fe en Jesús es posterior a su propia fe como hombre Judío. La fe de Jesús, que es la fe que conocen sus discípulos y discípulas, es la fe que les transforma la vida porque les llama a unirse al trabajo, pero la fe en Jesús comienza a extenderse, primero como fama, segundo como testimonio de quienes le conocieron y tercero el motivo fundamental del anuncio, encargo del resucitado: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las criaturas” (Mc 16,15). Vayan es envío comunitario; todo el mundo es todas las naciones; prediquen, anuncien la vida de Jesús; a todas las creaturas es ser enviados y enviadas a la comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte. (C.I.C 1342)

Antes y en el tiempo de Jesús existía el “Pueblo de Dios” (Dt.  26, 16-19), el templo en Jerusalén,  y las sinagogas en los pueblos y ciudades fuera de la gran metrópoli (Mt. 9,35). Su primer grupo humano, su primera comunidad fue su familia y sus “parientes”, parte integral del pueblo escogido, del “Pueblo de Dios”; como judío acepta que la salvación viene de la revelación de Dios a los judíos (Jn. 4, 22) a través de la historia (Jn. 4, 1-45).

Jesús como persona judía del siglo I, asume en su totalidad la cultura y la religiosidad  de su pueblo, pero a partir del bautismo “la vida le cambia”, se convierte al Evangelio de Dios y  a su reinado, reinado de misericordia y justicia. Jesús convoca a la comunidad de discípulos y discípulas que serán sus amigos y amigas y su nueva familia: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc. 3, 20 – 35). Jesús supera no sólo el nacionalismo, sino la concepción localista y racial del prójimo, él va más allá de los lazos de sangre con su familia, va más allá de los lazos raciales como judío perteneciente a los hijos de Abraham, y va más allá de los lazos religiosos y piadosos del judaísmo.

En el grupo de Jesús hay hombres y mujeres (Lc. 8, 1-3), de toda condición social, cultural, ideológica y económica. Su grupo, su comunidad es heterogénea; la comunidad de discípulos y discípulas está unida a él por amor a su persona y por amistad, sin embargo “lo muy humano de esos hombres y mujeres”, requiere de “formación permanente” (Lc. 6, 36-38), para enderezar lo torcido, abajar los montes, subir los abismos y edificar una calzada, un camino de seguimiento parejo, de igualdad y fraternidad.

Reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y retomando el misterio de la encarnación, Jesús nace en comunidad, en esa comunidad de amor que es Dios, el Dios trinitario que se deja entrever en el Antiguo Testamento y que se manifiesta en el Nuevo; no sólo vivió en comunidad, sino que nos enseña que el seguimiento se vive y se hace en comunidad, en comunión, en común unidad y en común unión. La unidad es el vínculo externo de la unión interna del grupo de seguidores y seguidoras. La diversidad les enriquece y el protagonismo les divide. Jesús debe ser motivo de unidad: “Nadie va al Padre si no por mí” (Jn. 14, 9).

La Iglesia que nace del martirio del Señor y que se consolida con la experiencia del resucitado es la Iglesia que ha fundado Cristo  en sus apóstoles, con sus enseñanzas, su catequesis; su testimonio de vida como persona creyente y su pastoreo como hombre comprometido con Dios y su causa (1Pedro 5,1-4);  Jesús como Maestro nos lleva por el camino del servicio y por el criterio del amor misericordioso” (Mt. 20, 17-28); Jesucristo ha nacido del agua y del Espíritu en el bautismo, Teofanía del Padre, Dios se revela como  comunidad, como unidos en la diversidad de personas  (Lc. 3, 15-16.21-22) ; con la eucaristía , banquete de despedida y de amor incondicional Jesús es uno con sus amigos y amigas, se parte y se comparte por amor; y con la ascensión-confirmación, con la venida del Señor en la tercera persona, el resucitado nos comparte a la tercera persona, presente desde la creación del mundo. El Espíritu del resucitado es el que nos impulsa a vivir como personas resucitadas cada día. “Vayan por todo el mundo y anuncien el evangelio”; vayan por todos los rincones de la tierra y proclamen, anuncien, den a conocer la Buena Nueva.

Jesús como Señor resucitado le apuesta a la animación de la comunidad de amigos y amigas, discípulos y discípulas y finalmente como apóstoles. La Iglesia, comunidad debe estar unida por el amor y la amistas, por el seguimiento en comunidad y por el anuncio de aquel que es uno con el Padre y que espera que todos y todas nos amemos y seamos hermanos y hermanas:” En cuanto a ustedes, no se hagan llamar "maestro", porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen "padre", porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco "doctores", porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado” (Mt. 23, 1-12). El no “se hagan llamar grandes…”, tiene un sí háganse serviciales y humildes. Amor, servicio y humildad son rasgos de Jesús y deberían ser también de la Iglesia.

“Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch. 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

26 de octubre de 2012

Fe y vida cristiana.


La vocación cristiana nos invita a humanizar más lo humano. La vocación es un llamado, una invitación, una opción a vivir bajo ciertos valores; el cristianismo es por ende un modo de vida, un modo de proceder donde dejamos traslucir, la luz de Dios, su Espíritu,  su fuerza y la fe expresada en obras.

La fe es un don que debemos pedir todos los días porque todos los días debemos verlos desde la fe. La fe es confianza en ese ser misericordioso que derrama sobre cada uno y cada una sus bendiciones, sin hacer excepciones de personas. La fe es dejarse seducir y conducir por el supremo bien que viene a nuestro encuentro. La fe es cercanía al misterio de Dios y al misterio humano.” Es urgente que todos en la Iglesia nos esforcemos por humanizar este mundo a la luz del Evangelio”.

San Pablo les recuerda a las personas de la comunidad que se reúne en la Iglesia (Asamblea) de Éfeso, que deben ser fieles a su vocación cristiana dando muestras fehacientes o creíbles de su fe en el Señor Jesús. ¿Qué muestras se deben dar de nuestra fe? De Manera sencilla señala algunas virtudes humanas que se logran mirando al Señor en su vida mortal. San Pablo invita a las personas que participan en la comunidad a ser humildes y amables; comprensivas y tolerantes, porque es necesario sobrellevarnos mutuamente con amor.

Los miembros de la comunidad deben mantener la unidad en el Espíritu, respetando la diversidad; ser personas de paz, dialogando las diferencias, no imponiendo puntos de vista particulares. La unidad es fundamental en  nuestro modo de ser cristianos y cristianas. La Iglesia es una sola, animada por un solo Espíritu; una sola es la salvación, como meta a la que hemos sido convocados y convocadas; un Señor, una fe, un bautismo y un solo Dios en el que creemos (Ef. 4,1-6)

La vocación cristiana es una convocación, es un llamado a congregarnos, es una cita, una invitación. También es hacer público un mensaje, es dar a conocer, es revelar. Jesús en su predicación y en su vida, presenta la buena Nueva de Dios de diversas maneras utilizando distintos ejemplos e imágenes de la vida ordinaria. Un ejemplo llamativo y diciente de su mensaje es “El Banquete”: Hay una invitación a compartir la mesa y el banquete es al mismo tiempo el escenario público y familiar donde se da a conocer un mensaje. Mensaje y realidad material se convierten en uno solo, por eso el símbolo del banquete es un signo del Reino de Dios (Lc 14,15-24).

La fe es una invitación al seguimiento. Tener fe en Jesús es tener la confianza, la certeza de sus enseñanzas como algo totalmente verdadero y sabio. La fe en Jesús es el camino para descubrir la fe de Jesús, es decir, esas convicciones que marcaron su vida y lo llevaron hasta el final de su vida: La cruz.

San Pablo desde su vivencia y convicción cristiana, se siente a sí mismo como prisionero: “Yo, el prisionero por Cristo, les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados”…“Que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea  su raíz y su cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, logren abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegarán a su plenitud, según la Plenitud total de Dios (Efesios 3,14-21).

La fe es una practica de lo que creemos. El árbol se conoce por sus frutos. Como todo en la vida se cree lo que se ve, al estilo de Santo Tomás, pero la fe no requiere milagros como condición necesaria para ella. Yo no creo por los milagros, sino porque creo soy capaz de ver los milagros que Dios Padre y Jesús siguen haciendo en la vida de cada persona. Como lo afirma Jesús según el evangelista  Mateo: “- No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. (Mateo 7, 21-29).

Dos conclusiones se desprenden de este texto y de este artículo sobre la fe: Uno, la fe no sólo se confiesa, se expresa de palabras. Dos, la fe debe hacerse obra y práctica cristiana. La primera parte del texto: “No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos”,  no es de fiarse porque la religión puede ser un engaño y también la creencia de que sólo las obras salvan puede ser otro engaño porque nos lleva a un activismo sin confesar quién nos mueve a hacerlo y podemos caer con facilidad en la arrogancia: “Sólo vale lo que hago”. La fe se pone en el propio esfuerzo. El cristianismo como religión nos puede llevar a extremos excluyentes: Sólo la fe salva y por mis obras espero una retribución de parte de Dios.

¿Quién tiene fe, según Jesús? “Quien cumple la voluntad” de Dios que está en el cielo. Cumplir la voluntad de Dios es hacer lo que él nos pide, es confesar su nombre con lo que hacemos. “Lo único que vale es poner en práctica lo que dice Jesús”.

¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen! Es la respuesta pública que da Jesús ante la admiración y la canonización que hace de María una mujer anónima en la multitud que le escucha. Jesús descubre en su madre a una mujer de fe porque ha sido capaz de poner en obra la voluntad de Dios, vaciándose de ella para llenarse de él. María como ejemplo y testimonio de persona creyente, de mujer de fe nos hace una sencilla invitación desde el contexto del banquete en las bodas de Caná: Hagan  lo que Él les diga... (Jn 2, 1-11).

La fe de María fue el espejo de la fe de Jesús. Dios mismo en la  “epifanía” de su hijo nos invita a lo siguiente: “Este es mi hijo amado en quien me complazco (Mt. 3,13-17). Dios Padre nos invita a escuchar a su hijo y proceder como él lo hizo según sus propias enseñanzas.

Jesús habla de la fe comparándola con una semilla de mostaza (Mateo 13: 31-32). La fe es una semilla. La semilla debe germinar y dar vida; debe permitir el nacimiento de una nueva planta. La  semilla es pequeña `pero cuando se desarrolla se convierte en un árbol grande que acoge a pájaros de distintas especies y brinda sus ramas para que hagan sus nidos.

La fe es pequeña pero cuando dejamos que se desarrolle se convierte en el fundamento de nuestra vida y de nuestro servicio a otras personas. Lo importante es tener fe no gran fe, no es la cantidad, sino la calidad. Cuando la persona creyente tiene fe hace grandes cosas. (Lc. 17 ,5-10). La fe se tiene o no se tiene. Tener fe es confiar; tener fe es actuar con fe, con confianza, dando sin esperar nada a cambio porque Dios no nos abandona en nuestras necesidades. La persona de fe se mantiene a flote en la adversidad. La fe es confianza plena en Dios.

2 de octubre de 2012

La kénosis como opción histórica de Jesús y de la Iglesia.


La primera inculturación del Evangelio en la historia es el anuncio, encarnación y  nacimiento de Jesús, el ungido, el Mesías, el Cristo o lo que conocemos como el evangelio de la infancia. En la realidad del siglo I, bajo el dominio romano, Palestina sometida y convulsionada, Nazaret, Belén, Galilea, Judea, censo, estructura social y religiosa, Cafarnaún etc. Buena noticia para la gente pobre como los pastores, motivo de gozo y esperanza. Una sociedad politizada  y polarizada en todos los aspectos de   la vida humana. La Iglesia se ha enriquecido con las culturas y en ellas también se ha empobrecido cuando piensa, actúa y se viste anacrónicamente.

Si Jesús es la piedra que desecharon los constructores y es ahora la piedra angular (Sal.117; Hc. 4, 1-12 ); si Pedro, el pescador de Cafarnaún (Mc 1, 29-34 ) es “piedra”, Cefas y sobre esa piedra se edifica la Iglesia de Jesús , según San Mateo, que también vivía en Cafarnaún al igual que Jesús, (Mateo 16:13-20); si María Magdalena “la Galilea de Magdala” es la primera misionera apóstol del resucitado (Mt. 28,1-5; Mc. 16,1-5; Lc. 24:,1-1; Jn. 20, 1-20 ) y María la Madre de Jesús es la Madre de Dios hecho hombre es porque Dios en su bondad y por amor ha decidido salvar la historia del género humano haciendo suya la historia para desde ella salvar y no condenar. La kénosis del Dios Creador, Liberador, Salvador y que está en comunión con la humanidad, se historiza en la kénosis del hijo, el vaciamiento de su condición divina para asumir totalmente la condición humana en su fragilidad y transitoriedad (Jn 1,14; Gál 4,4-7; Jn 17, 5; 2 Cor 8, 9).

Jesús sus seguidores y seguidoras desde el misterio de la encarnación inculturaron el Evangelio para todas las gentes cuando iban evangelizando y dejando comunidades cristianas a su paso huyendo de la persecución: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las criaturas” (Mc 16,15). El cristianismo desde sus orígenes es “encarnación kenótica” (Fil. 2, 6), Jesús se encarna y se incultura al mismo tiempo en la historia para trascenderla. Jesús hizo realidad la Buena Nueva de Dios en él y en lo que anunciaba con palabras y obras. El vaciamiento forzado de los y las pobres es riqueza para el evangelio. Jesús dio respuesta a las necesidades básicas de las gentes pero no se redujo a ellas, porque anunció a un Dios que les llenaba y les cambiaba la existencia. La Iglesia debe meterse en la realidad del ser humano que se llama historia, hacerse cargo desde el anuncio y cargar con ella en sus limitaciones. El Evangelio debe historizarse. Es difícil que “las Iglesias” asuman esta kénosis de Jesús porque supondría un vaciamiento permanente de sí mismas para llenarse del Espíritu de Dios, el mismo Espíritu que se encarna con el Hijo de Dios, Jesús de nazaret. La Kénosis es encarnación  como opción de Dios y es opción de Jesús de inculturación: “La kénosis del Hijo no consiste en la encarnación en sí misma, sino en su encarnación en la debilidad, en el dolor, en su entrega diaria y permanente (Fil. 2, 5) Y fue esta kénosis la que el Padre sucesivamente en una situación de existencia humana gloriosa, premió su obediencia hasta la cruz. (Fil. 2,8-11).

Inculturación es igual a encarnación e historia es igual a realidad humana salvada por amor. Desde su génesis la Iglesia ha reflexionado y llevado a la práctica la inculturación en la historia,  a partir de Jesús. La Iglesia en su riqueza cultural ha asimilado influencias del judaísmo y helenismo; del imperio romano y de muchas otras culturas. Una Iglesia abierta a los signos de los tiempos es una Iglesia con mística universal, de renovación permanente y abierta a los nuevos retos: La globalización, la informática, la genética, la ecología y la extrema pobreza de millones de seres humanos.

Desde la perspectiva de la encarnación como inculturación, toda reflexión que se haga de Dios, de Jesús, de María, José y de la Iglesia, entre otras,  se debe hacer desde esa historia tan llena de personas, de lugares y acontecimientos de muerte y esperanza. Consecuentemente tanto la Teología, la Cristología, la Eclesiología y la Mariología etc., tienen un mismo principio: La encarnación de la Palabra de Dios que se llama Jesús y la inculturación de esa buena noticia  se llama evangelizar a los pueblos de toda la tierra como mandato recibido de Jesús a los fundamentos de la naciente Iglesia: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt. 28, 19-20). Desde su mismo origen, la misión de la Iglesia ha tomado la forma de un encuentro mutuamente enriquecedor entre los evangelizadores y las culturas más diversas” de los pueblos.       

24 de septiembre de 2012

No entendemos el cristianismo (Marcos 9, 30-37; Santiago 3, 16-4, 3).


La verdad de la persona, esa verdad que es suya sin ninguna interpretación foránea. Es la verdad de ella frente a ella como ver su rostro en el espejo, esa que conoce detenidamente, día a día, esa verdad que envejece con su edad , que conoce a profundidad parcialmente y es la que le mueve a ser, decir y hacer.  La verdad sobre la persona, esa verdad que viene de fuera, esa verdad que nos lastima, esa verdad que yo interpreto desde mis prejuicios, porque hago juicios sin su permiso y consentimiento, sin compasión, esa verdad que nos juzga y condena. La verdad en cualquiera de sus dos formas no degrada a la persona, no la hace menos, no la desaparece, no la elimina porque es una verdad a medias y si es a medias, es una mentira con vestimenta de veracidad. La verdad profunda del ser humano es la gracia que habita íntimamente en su interior y que a veces toma matiz de afección desordenada: ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes? ¿No es de sus pasiones, que luchan en sus miembros? Codician y no tienen; matan, arden en envidia y no alcanzan nada; se combaten y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Piden y no reciben, porque piden mal, para dar satisfacción a sus pasiones”.

La verdad de la persona y la verdad sobre ella deben estar en constante relación dialógica, relación complementaria y totalizante. La verdad es como la luz, ilumina y si la verdad ilumina nos hace caminar por las sendas de la justicia y por las veredas del amor, del verdadero amor. Mi verdad, la luz de mi vida, debe hacerme realista, justo, comprensivo, tolerante y libre. Como dice el apóstol Santiago: “Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera”.  Mi sinceridad, esa que me hace quitarme el maquillaje de cera para mostrar mi propio rostro, mi rostro real y humano es el que poco a poco se va haciendo a imagen y semejanza de Dios.

Los cristianos y cristianas vivimos nuestro cristianismo al revés, de manera contraria a las enseñanzas de Jesús. Hemos asimilado con facilidad la mala tradición de nuestros padres, aquellos que conocieron a Jesús no lo comprendieron en su doctrina y le tenían miedo, tanto miedo que hasta temían preguntarle, según el testimonio de los evangelistas. Se nos olvida que es mejor pasar un rato colorado que cien descoloridos”. Se nos olvida que ser cristiano es morir, que el cristianismo es un camino de abnegación, entrega y muerte. Que es camino  hacia la muerte por amor. Se nos olvida que la lógica de Jesús es contraria a la que el mundo nos ofrece. Nuestra vida es un caminar hacia Jerusalén.

Jesús no nos puede dar, gloria, prestigio y poder, no nos ofrece los primeros puestos. Jesús insiste en formarnos e instruirnos en su doctrina para que seamos verdaderas personas cristianas: “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará." Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle”. “Aquellos hombres pensaban al revés de como pensaba Jesús. Y aspiraban justamente a lo contrario de lo que ellos estaban viendo y viviendo que era el camino que llevaba Jesús”.

La formación y la instrucción es para ser mejores, para cambiar, no para engreírnos y seguir siendo peores de cómo éramos: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos." Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado". La formación debe ser para que cada día vayamos de “bien en mejor subiendo”. Amemos sin medida, aunque amar sea un calvario, sirvamos siempre, aunque servir se convierta en una carga sin reconocimiento.

El realismo de los evangelistas sobre la verdad profunda de “los Doce” es impresionante, desgarradora y cruda: Hombres ambiciosos, sedientos de prestigio, autoridad, control, poder, fama y privilegios. Esa verdad humana no los deshumaniza en las comunidades, son personas con pasiones normales, pero pasiones que se hacen anormales cuando se ha conocido a Jesús, porque en la Iglesia, en el trabajo misionero, en su vida sencilla y llena de verdad están dando testimonio de conversión. Aquellas enseñanzas que tanto les costó asimilar y entender les han cambiado la vida y la jerarquía de sus valores. Ahora quien les ve como líderes de la Iglesia en expansión como  personas disponibles, libres, comprometidos, amando y dando la vida por el Evangelio y sus destinatarios se sienten edificados. Hombres valientes y humanizados por la palabra de Dios. Una regla cristiana debería ser esta: “Lo importante no es quedar bien sino hacer el bien”.

Es lamentable que en las estructuras altas, medias y bajas de la Iglesia de Jesús, sigamos personas cristianas que buscamos y nos peleamos por los puestos de poder, autoridad, prestigio y riqueza. Esta mala comprensión del cristianismo nos convierte en lobos con piel de ovejas, porque hemos devorado a las ovejas del Señor Jesús y todavía nos cubrimos con sus pieles, muestra fehaciente de nuestro anti cristianismo.

¿Por qué será que Jesús nos pone como modelo de vida cristiana a los niños y niñas? ¿Qué hay en ellos y ellas que las personas adultas hemos perdido? No es la inocencia porque no son ingenuos ni ingenuas. La niñez es servicial, disponible, libre, alegre, no guardan rencores. Son personas que aman y perdonan. Dejemos que esas criaturas que encarnan el cristianismo nos purifiquen y humanicen, que conviertan nuestro desierto, estepa y páramo, en torrentes de agua que inundan la  tierra, que conviertan nuestra vida en estanques de agua cristalina  y manantiales  de alegría y esperanza. Demos ánimo a las personas "apocadas" porque en ese “montón” podemos estar muchas personas adultas (Is. 35, 4-7). “Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. Educar es el arte de acercarse al niño y a la niña, con respeto y amor, para ayudarle a que se despliegue en él y en ella una vida verdaderamente humana”. 

23 de abril de 2012

Pentecostés: Inicio de la unidad y universalidad cristiana

El Espíritu Santo fortalece la unidad de los carismas en los y las cristianas. El Espíritu Santo, fuerza y vida de Dios, aliento y creatividad, Ruah de la divinidad, es el eterno siempre eterno, dinámico e inquieto, sabiduría, prudencia e inteligencia, ente creador e inmanente en la creación. La sabiduría de Dios ha estado siempre aleteando sobre el caos de la humanidad, siempre refrescándonos con la esperanza  y siempre creando vida para llegar a la vida plena.

La fuerza de la unidad en la diversidad, la fuerza de  la diversidad en un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia que somos todos y todas, somos los y las bautizadas, somos la asamblea de los santos y santas, somos los cristianos y cristianas, seguidores y seguidoras del resucitado en la modalidad del Espíritu del resucitado. 

Si Jesús de nazaret, el hijo del carpintero, el hijo de María, reunió y formó en la unidad respetando la diversidad de la primera comunidad de discípulos y discípulas, siendo cada cual según su modo de ser, también trató de moldearles en un mismo espíritu, el espíritu de la unidad como hijos e hijas de un mismo Padre, trató de moldearles en una misma mística, servir a la comunidad y que cada una de ellas como persona trasluciera la vida de Jesús para que sus vidas al igual que la del Señor y Maestro fuera siempre una buena noticia.

El Espíritu Santo anima a la Iglesia porque el fundador de ella es Jesucristo. El Ruah de Dios Padre y el Ruah del Resucitado es uno solo, por eso quien no busca la unidad en la asamblea no tiene el espíritu de Dios, quien no pone al servicio del cuerpo eclesial sus dones y carismas tampoco tiene el Espíritu de Dios porque se deja llevar por el espíritu del mundo, ese espíritu destructor, egoísta, sectario e insolidario y solitario. El pueblo de Dios no lo formamos sólo aquellos y aquellas que asistimos al templo.

El Espíritu de Dios ha estado presente siempre, siempre, en la naturaleza, desde que el mundo es mundo, porque él es la sabiduría, la fuerza, la energía. Es la vida de Dios mismo. La sabiduría de Dios ha estado y sigue estando presente en la creación, en la diversidad de expresiones materiales. Donde hay vida ahí habita el Espíritu de Dios. Ante la creación  de Dios al ser humano no le queda más que agradecer, admirar y regocijar su alma, al contemplar la grandeza del Señor: “Bendice al Señor alma mía” (Sal. 103) La tierra está llena de sus criaturas.

La naturaleza humana es naturaleza viviente, creativa y creada. Es naturaleza divina en forma, color, aroma y sabor. Todavía en el caos, en el desorden, Dios está presente. Está allá abajo en el abismo, en las profundidades de la tierra y del mar. ¿Cómo podré escapar lejos de tu presencia? Si subo a las montañas allá estás, si bajo a las honduras del abismo también allá estás...(Sal. 139).

El espíritu de Dios no sólo está en la naturaleza, en la creación, sino también en la historia. Está presente en esa red de relaciones humanas, en esa red de decisiones y opciones que tomamos todos los días. El azar y el destino no existen. El destino lo hacemos, la historia la hacemos con nuestras opciones o nuestras omisiones.  

El Espíritu está presente en los acontecimientos que hilvanan la historia. Dios no es ahistórico, más bien se historiza desde el misterio, misterio encarnado. Está presente en las diversas épocas. La historia la hace el ser humano, pero también la hace Dios porque tiene un proyecto y lo va concretizando en silencio, respetando nuestra libertad. Con la gracia de la libertad nace la esclavitud del yo, nace la idolatría, la alienación y se sacraliza lo que no es Dios (Sal. 12. Sal. 15).

El Espíritu Santo está presente en los buenos líderes, sean políticos, civiles o religiosos, porque Dios nos ha dado el discernimiento y el libre albedrío. Dios no hace diferencia de condición social o económica. El templo del Espíritu Santo es el ser humano desde Eva y Adán, Dios comparte su Espíritu a los profetas y profetizas como Simeón y Ana. Los y las profetas han sabido escuchar la voz del Señor y lo han descubierto en los signos de los tiempos o en los gestos simbólicos  haciendo presente y cercano a Dios (Sam. 16; Is. 6).

El Espíritu Santo nos llama a una continua conversión, al anuncio y la denuncia. Toda persona ungida es una persona habitada por el Espíritu Santo como  se nos da en el bautismo, la confirmación, el orden y la unción a las personas enfermas. Ungir es consagrar, es pertenecer y estar al servicio de Dios.

Jesús es un hombre ungido, es un hombre consagrado en el bautismo, en el combate contra el tentador, en el anuncio de la palabra en la sinagoga de Nazaret, en la misión y, él, unge a sus amigos y amigas antes de ascender al cielo, es decir, derrama el Espíritu Santo (Mc. 1, 9-11; Lc.4, 16-30; Mt. 28, 16-20; Jn. 21, 15-17). Antes de la resurrección Jesús es ungido por el Padre, después de la resurrección Jesús unge con su espíritu.

Jesús es Hijo de Dios, es Dios, así lo reconoce y confiesa la comunidad cristiana primitiva. La Iglesia le da ese título después que lo experimenta resucitado. El resucitado reúne, une y envía. La Iglesia es un cuerpo para la misión y es en esa misión donde la unidad es fundamental por la dispersión misionera. La unidad es la columna del cuerpo. Las herramientas para la misión son los dones, los carismas y los diversos ministerios o servicios. La Iglesia es servidora como Jesús, ella debe lavarle los pies al mundo.

La Iglesia debe convertirse a Jesús y al Reino de Dios. Ella es un medio, no un fin. La Iglesia sólo es el cuenco donde habita el Espíritu Santo. Conversión es cambio de dirección, es dejar la vida ordinaria y convertirla en una vida extraordinaria, dejar la vida cotidiana y rutinaria por una vida sacrificada y de servicio.

Jesús se revela, se muestra, se aparece como resucitado acentuando su humanidad, miren mis manos, mis pies, tóquenme etc. Un fantasma no tiene un cuerpo material transfigurado. Se manifiesta a sus amigos y amigas, no a todo el mundo. El resucitado que comparte su Espíritu  es el que convoca, llama, anima y envía. Jesús el Resucitado vuelve a enamorar a sus amigos y amigas  (Lc. 24, 35-48).

La comunidad base y de base de Jesús, es la misma comunidad del resucitado, es una comunidad de seguidores y seguidoras, de apóstoles, misioneros y misioneras. En Pentecostés nace la Iglesia misionera, movida por El Espíritu Santo, enviada al mundo por Jesús, la Iglesia es cristocéntrica convertida al Reino de Dios. La comunidad cristiana es rica en dones y carismas porque todos vienen de Dios, fructifican en la comunidad; ella empapa la tierra y los dones y carismas regresan a Dios como una nueva cosecha. La Iglesia es pobre porque se vacía de sí misma, para llenarse de Dios y de su Espíritu.

El Espíritu Santo favorece desde la mismidad de Dios, la unidad de la Iglesia y en el futuro, ¡Ojalá!, de todas las iglesias. Como cristianos y cristianas tenemos la limitación de haber hecho una jerarquización de los carismas, más que una preocupación por el bien común de la comunidad, signo de la presencia de Dios en el mundo. Todos los dones del Espíritu Santo deben estar al servicio del bien común.

21 de febrero de 2012

“Por el justo ajusticiado. Yo te nombro: Libertad”


“Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, víctima de las sombras del mal". Lo primero que me sugiere el título del presente artículo y me invita a reflexionar es sobre el nombre. El nombre del Obispo mártir, “pastor y profeta nuestro”. Decido escribirlo completo en su integridad porque el nombre representa a un hombre completamente íntegro. Escribir su nombre es traerlo nuevamente a la historia contada y vivida, como una historia de esperanza; porque el nombre es eso, es la persona misma en su vida, en su historia y en la misión a la que Dios la llamó en su mismo nombre, desde su nacimiento, desde su bautismo.

Oscar Arnulfo Romero Y Galdámez fue sumergido en las aguas de la muerte para renacer de nuevo, como hombre nuevo, como criatura, como hijo de Dios en Jesús. Este primer bautismo se complementó con el bautismo del Espíritu. “Ser hijo de Dios” es el título más importante que recibe Jesús en las comunidades cristianas de la Iglesia Primitiva. Este título es más importante que cualquier otro, más que Rey, Mesías, Sumo sacerdote o Profeta, porque Jesús nos enseña que siendo hijos e hijas de Dios, Dios es Padre, y tanto  la hija como el hijo  se dejan conducir por su padre. Si Dios es Padre, todos y todas somos hermanos y hermanas. Este mensaje, en la coyuntura que le tocó vivir a Monseñor Romero, fue “sal en la llaga”, una llaga fratricida que duró más de doce años.

La relación que un niño o una niña tiene con su Padre es de amor, confianza, fe, seguridad y amistad plena. Monseñor Romero nos enseña que Dios es Padre y que debemos escucharle en su Hijo. “Este es mi Hijo amado, escúchenle" afirma la teofanía en el Monte Tabor. Jesús, “sin duda intentó resumir en una palabra la impresión general que daba su vida; la orientación de su vida, su raíz y su punto de origen tenía como nombre " Abba " - papá. Sabía que nunca estaba solo; hasta en su último grito en la cruz se dirige por entero al Otro, al que llama Padre. Esto es lo que hizo posible que su verdadero título de nobleza no sea finalmente "Rey" ni "Señor" ni otros atributos de poder, sino una palabra que también podríamos traducir por "niño" ” (El Dios de Jesucristo, Cardenal Joseph  Ratzinger, Papa Benedicto XVI)

En el nombre está el ser mismo de la persona, su esencia, su misión. Unamos al nombre, expresión del ser y de la identidad, el quehacer que también es expresión de su misma vida y de su identidad como hombre de Dios. Reconocerlo por el nombre es reconocer que el obispo mártir es un ser humano, un ser histórico y un ser que ha marcado, al igual que Jesús de Nazaret un antes y un después en la vida política y de fe del pueblo salvadoreño y de algunos pueblos latinoamericanos y del mundo. Descubrir al Obispo mártir por su quehacer pastoral es acercarnos a Jesús en su quehacer por las tierras de Palestina como pastor que defiende y da su vida por las ovejas.

La segunda parte del artículo me obliga a reflexionar sobre la afirmación “víctima de las sombras del mal”. Indiscutiblemente fue víctima porque hubo victimarios. “Víctima de las sombras”, las sombras generalmente se identifican con el mal, pero más que sombras la casa del mal es la oscuridad, la total ausencia de Dios, de esa realidad carente de luz, porque la oscuridad es eso carencia de luz, o distancia de la luz.  En cambio Monseñor Romero se acobijó bajo la sombra del Altísimo, la sombra en este caso es protección y seguridad, como cuando uno se protege bajo la sombra de un gran árbol. Jesús es la luz, y Monseñor Romero era la lámpara que estaba puesta en alto, en el púlpito para alumbrar toda la casa, toda la catedral, toda la casa de El Salvador y del mundo. La luz no se enciende para  que esté oculta, sino para que ilumine desde lo alto, como Jesús en la cruz.

Jesús, “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”, este mundo que no lo recibió a él tampoco recibió al Profeta salvadoreño… "pero a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios. Al creer en su Nombre  han nacido, no de sangre alguna ni por ley de la carne, ni por voluntad de hombre, sino que han nacido de Dios” (Jn. 1, 1-13), todos los y las mártires en la Historia de la Iglesia han nacido de Dios. Ante su inminente martirio Monseñor Romero anuncia con entera convicción ante el pueblo pobre de El Salvador que “las palabras cristianas son las de Cristo en la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Las tinieblas no carecen de color aunque el color se esconda en la oscuridad. El color de las tinieblas en El Salvador tiene el nombre de un partido político, que degrada el símbolo cristiano de la cruz, en el centro de su bandera y de una clase social adinerada con guardianes castrenses asalariados, por supuesto que profesan el cristianismo. A ésta fecha, ni se han hecho cargo ni han pedido perdón. “La Iglesia perdona, pero debe saber qué y a quiénes”. Por eso es importante que sus asesinos se arrepientan y se acerquen a reconciliarse con Dios, a través del sacramento de la reconciliación. Termino este aporte a 32 años del asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez con las palabras transcritas de una entrevista que le hicieron a Marisa D'Aubuisson, laica comprometida y militante cristiana comprometida con la lucha por la justicia y la equidad: "La iglesia va a perdonar y me alegra que perdonara, verda, pero que alguien pida perdón, que alguien en nombre de alguien o en nombre de una institución o de un grupo diga: Pedimos perdón por este crimen. Y claro que los vamos a perdonar pero hasta hoy no sabemos a quién porque aquí no se han acercado a pedir perdón".

22 de noviembre de 2011

Ser y estar siempre para los y las demás.

Era un día radiante, como pocos días en el invierno salvadoreño. Por oposición, un día excepcional. Un día radiante, mucha luz, mucha claridad, mucha alegría y felicidad. Excelente ambiente de fiesta. Era un día extraordinariamente radiante. Los y las jóvenes de la confirmación también estaban radiantes, en sus rostros había satisfacción,  muchas sonrisas, muchas miradas, paz y  tranquilidad. En su entorno había felicidad, en sus ojos brillaba como nunca la claridad del día y la claridad de la confirmación en la Fe.

Ellos y ellas con sus uniformes seguían siendo singulares, su uniforme les unía en la diversidad, su uniforme les comprometía como un solo ser humano, como un solo cuerpo eclesial para la misión. Iban a recibir al Espíritu Santo de manera sacramental, iban a confirmar su deseo de ser cristinos y cristianas. Querían unirse a esa gran procesión, a esa gran muchedumbre de hombres y mujeres que durante siglos se han sentido seducidos y seducidas por el Dios de Jesús y por Jesús de Nazaret, por sus enseñanzas, sus palabras de vida, por su ejemplo humano de criatura, por su sueño de un mundo mejor, y distinto. Un mundo donde reine Dios, donde el reinado de Dios se haga realidad y no utopía posible, que se realice  una teocracia, un mundo donde reinen los valores del Reino.

Sus padres y madres estaban ahí para acompañarles, las barreras cotidianas, barreras de años de soledad, sufrimiento, separación y exclusión habían sido superadas. Estaban ahí como una sola familia. Como una familia reconstruida aunque sea por un momento. La confirmación también recupera a los padres y madres, les confirma en su vocación misionera si se hacen cargo responsablemente de ello. Se unían a la fiesta los padrinos y madrinas, aquellas personas que por su vida cristiana habían sido capaces, sin saberlo, de motivar a esta juventud para ser como ellos y ellas y posiblemente ser mejores. El alumno supera a su maestro, la alumna supera a su maestra aunque ya le baste al discípulo o a la discípula ser como su maestro y maestra.

El momento de felicidad se eterniza en la fotografía, no sólo en el recuerdo como información almacenada en el archivo intelectual. La fotografía eterniza el momento, la juventud, los sentimientos, la sonrisa, los abrazos y la compañía de aquellos seres que amamos y que siempre vamos a querer, estén cerca o lejos: “ámense como yo les he amado”, dice el Señor, aquel que nos llama y nos confirma en nuestra fe.

Hemos sido confirmados y confirmadas en el Espíritu Santo, espíritu de Dios, espíritu de vida, espíritu que se da plenamente en sus siete dones, el siete de la totalidad y la plenitud, el siete de toda la vida, el siete de siempre. El aire nuevo entró por las ventanas semiabiertas para dejarlas de par en par, las puertas se encogieron ante tanto fervor expresado. La tarea ha comenzado, odres nuevos para vino nuevo. El día seguía radiante, el sol como nunca brillaba libremente sin nubes que lo opacaran; el cielo era realmente cielo, el azul en su profundidad mostraba sin temores la gloria de Dios y la gloria de Dios en la tierra es el ser humano plenamente libre y feliz, el ser humano con vida y esa vida en abundancia. Dios había confirmado su ser, ser y estar siempre para los y las demás.  

6 de septiembre de 2011

No confundamos la unidad con la uniformidad.

Quizá por su historia y por su deseo de sobre vivencia el pueblo de Israel ha buscado la uniformidad más que la unidad. Jesús sabe que la uniformidad es un mal del mundo, quizá el término no sea de su época pero prácticamente ya existía. La uniformidad está presente en todos los ámbitos de la sociedad judía y de la nuestra porque la uniformidad despersonaliza y hasta puede deshumanizar. Hechos 20,28-38.

El mundo no quiere personas que piensen, que sean singulares, que aporten desde su ser persona una e irrepetible. El mundo confunde la unidad con la uniformidad. Ser uniforme es tener la misma estatura, el mismo peso, los mismos gustos, tener las mismas opiniones, es caminar al mismo paso. Es ser en definitiva un ser acartonado, hecho en serie, casi clonados. Tener un mismo sentir, un mismo pensar y un mismo actuar no es ser uniformes, sino mantener la unidad en la diversidad en esas tres dimensiones. Ni los dedos de una misma mano son uniformes. Son diversos y cada uno cumple una tarea, una misión como parte de un solo cuerpo.

El reto para todo cristiano y cristiana es la unidad, como Jesús es uno con Dios. El deseo que Jesús expresa, en su oración última con los discípulos, es la petición por la unidad. Jesús quiere, ante todo, que quienes creen en él se mantengan unidos. Más aún, que "sean uno". Como Jesús y el Padre "son uno". La Iglesia, la asamblea, la comunidad y cualquier grupo dentro de la Iglesia debe buscar siempre la unidad. El problema está en que se confunde la "unidad" con la "uniformidad". La uniformidad no se puede conseguir sino sobre la base de violentar el pluralismo democrático. Y no hay argumento que demuestre la necesidad de abandonar la propia cultura para mantener una forma de entender la "unidad" que, en la práctica, se pretende realizar como "uniformidad". Hechos 19,1-8.


La religiosidad, si queremos que perdure, tiene que integrarse en la cultura de cada pueblo. Por tanto, la religiosidad tiene que ser plural, como plurales son las culturas, los lenguajes, las tradiciones, los símbolos, los mitos y las leyes. Esto quiere decir que el mayor ataque a la "unidad" es la "uniformidad". Porque la uniformidad desemboca en conflictos: la gente se resiste a dejar de ser ella misma, tal como ha sido moldeada en su propia cultura. Y entonces, si para ser creyente en Jesús, uno tiene que renunciar a ser una o uno mismo, eso quizá se le puede pedir a los héroes, pero no se puede planificar como proyecto universal.