Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.
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5 de noviembre de 2014

Mi casa es su casa, pase adelante…

He regresado a la casa del Padre…Cansado del camino, agobiado, lastimado, reflexivo y con la mirada en un horizonte incierto, dejando que Dios me acompañe y me diga la última palabra, mi última oportunidad porque a esta altura de la vida uno se la juega el cien por ciento. No hay vuelta atrás.

La fe me envuelve aunque no quiera porque no tengo otras opciones por el momento. La fe es ponerse en los brazos del padre. He regresado a mi pueblo, a mi ciudad natal, a mi querida Guazapa. He caminado por la vida y por la tierra anunciando una Buena Noticia, una buena noticia que fue para mí el principio de mi vocación cristina, misionera y sacerdotal. He llegado y no he llegado porque mucho de mí se ha quedado en el camino en cada persona que ha hecho de mi pecho su morada.

Vuelvo como Jesús a su tierra natal, con la diferencia de que él regresa con un grupo de amigos y amigas entusiasmados y entusiasmadas por el Maestro. Yo regreso cansado, necesitado de silencio interior y exterior, sin deseos de volver a salir y mantener la itinerancia, disponibilidad, obediencia e ilusión; aquella luz y aquella fuerza que me hacía romper fronteras e inculturar mi vida pasando esas fronteras.

Como Jesús regresó a sus aires natales y va a la Sinagoga de Nazaret, donde se había criado, así regreso hoy a la casa del Padre, al origen del principio, de donde lo cotidiano me fue arrancado por el llamamiento que Jesús me hizo, siendo muy joven aún; no es casualidad que el día que regreso a la casa, el texto del día es el que le ha dado sentido a toda mi vida cristiana. Algo me está diciendo Dios (Lc. 4,16-30).

El primer día de la semana y con las manos vacías,  la palabra de Dios me fue dirigida a través del misal diario y decía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos, y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. ¡Qué revés tan inesperado! Me vuelve a dirigir la misma palabra de hace treinta y siete años, en el mismo lugar y en el mismo sitio. Yo que anuncié esa buena noticia, ahora soy yo al que hay que anunciársela y son ellos y ellas, quienes fueron las personas destinatarias las que hoy me sostienen y consuelan.

El texto es mi vida recorrida, es mi memoria de juventud,  es la luz de mi consagración, pero para llegar a esto he tenido que dejarme llevar por el desierto, el lugar del encuentro, del amor y de las pruebas. En este desierto estoy despojado de todo y hasta de lo mínimo que me pueda dar seguridad, orgullo y soberbia. Como San Pablo puedo decir a la comunidad cristiana: “Me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo…” (1Cor. 2, 1-5). La fe mía y de ustedes depende sólo del poder de Dios  y no de la sabiduría de los seres humanos. Me doy cuenta, una vez más, que Dios es misericordioso e inquebrantable, no deja que la vara zarandeada por el viento termine de quebrarse, no deja que la mecha humeante termine de apagarse; él ha sido misericordioso, cosa que no encuentro entre algunas personas que creen en Dios. La fe no sólo es un regalo, un don, sino también un salva vidas, una mano amiga que nos levanta, anima y empuja a continuar. La fe tan pequeña y tan infinita al mismo tiempo.

Con el tiempo volvemos a la tierra que nos vio nacer… volvemos a la tierra de uno, nuestro centro de gravedad está aquí donde el “ombligo fue enterrado”,  donde ésta parte de uno llama a la otra parte que se ha alejado: “Resolví no hablarles sino de Jesucristo,  más aún, de Jesucristo Crucificado”. Mi crucificado me ha crucificado porque dejé de ser un “hombre crucificado” al mundo para quien el mundo está, y sigue estando, crucificado. He llegado a mi lugar en silencio, como es mi costumbre, para gozar de la soledad, el silencio, la paz externa, y el recogimiento corporal y espiritual. Mi casa es lugar de recogimiento, retiro y exilio. Mi casa es el vientre materno, es la seguridad que sólo un padre le puede dar a un hijo que ha regresado y está regresando; un padre que recibe a su hijo sin preguntarle nada, sin juzgarlo y condenarlo; un padre que da abrazos y besos a aquel que viene harapiento, descalzo, sucio y cansado. Mi papá y mi Dios me han recibido, curan mis heridas y me levantan del fango para ponerme en alto, a la altura de su corazón.

La historia continua su rumbo, los acontecimientos su desenlace y  lo cotidiano su rutina diaria: las decisiones  con sus consecuencias y los pecados  con su penitencia, pero la vida continua y hay mucho por qué vivir; Dios sigue estando presente en lo cultico, en lo religioso y en lo no sacro. Dios sigue trabajando en el mundo, allá donde los seres humanos se ganan y se rifan la vida. Dios sigue a nuestro lado en silencio. He visto el limonero con sus limones amarillos y verdes, ese árbol, obra de Dios, tan lleno de espinas, tan verde en sus hojas, ese árbol tan bonito, frente a mi ventana, depende de la lluvia que viene de lo alto para alimentarlo y para que dé otras cosechas; ese árbol tan erguido y tan lleno de vida ha dejado caer uno de sus frutos, un limón que ha llegado a mis pies para que lo recoja y lo aproveche, aunque en mi paladar ese fruto bonito sea ácido y amargo. Lo recojo y lo hago mío. Lo amargo y lo ácido es también parte de la vida.

A pesar de todo “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Nueva... Soy un hombre ungido, escogido, consagrado y además enviado a misionar a los y las pobres, donde quiera que se encuentren. San Pablo le recuerda a la comunidad cristiana de Corinto que los escogidos y consagrados somos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Los administradores debemos recuperar la fidelidad y sólo el Señor juzgará nuestro trabajo…

1 de agosto de 2014

Hay que ser idealistas.

En la vida siempre hay que ver hacia el horizonte, siempre hay que ver más allá de donde nuestros pies han hecho un alto en el camino. Cuando se pone la mano en el arado no se puede volver la vista atrás (Lc.9, 62). Quién siembra en el presente cosecha en el futuro. El horizonte es ya la puerta de la utopía. Cuando se habla de idealismo se cree que hay que ver hacia el cielo y cerrar los ojos hacia la tierra. Eso no es así. Hay que ser idealistas, sin dejar de ser realistas.

El idealismo es la esfera de las ideas y el realismo es la tierra de las realidades. Idealismo y realismo deben ir juntos. Se dice que el idealismo es la “tendencia a considerar el mundo y la vida de acuerdo con unos ideales o modelos de armonía y perfección que no se corresponden con la realidad”, es verdad pero eso no quiere decir que se deben aceptar las cosas como son, sin hacer el mínimo esfuerzo por cambiarlas o porque sean mejores y distintas. El idealismo es la tendencia a idealizar la realidad. Jesús tenía en su corazón un ideal por el que da su vida, pero en él ese ideal se hace realidad, concreción, marcha.  Él es el primogénito del reinado de Dios en la tierra; él es el principio de la nueva creación.

El idealismo es como la llama de una vela encendida, ilumina su entorno, ilumina a todos los de la casa, ilumina el camino por donde avanzan nuestros pasos. La luz se enciende no para esconderla debajo de una olla, sino para ponerla en lo alto (Mt. 5, 14-16). El ser humano es idealista cuando pone sus ideales en lo más alto de su existencia y esos ideales le dan la razón de ser, actuar, sacrificarse, abnegarse y luchar. Una persona sin ideales es una persona muerta en vida. Los ideales no deben ser  inalcanzables. Sin vela no hay llama. Sin cuerpo material no hay ideales y sin ideales ese cuerpo humano dado por Dios es pura materia, es pura tierra: “¨Polvo eres y en polvo te convertirás”, así es una vida sin sentido, sin motivación, sin misión.

El ser humano hecho de tierra ha perdido el aliento de Dios, cuando sólo es materia. El mundo de la abstracción, de los conceptos, de los números, de la geometría no es posible sin la realidad de donde han salido. La realidad es la madre de la creación que se ha conceptualizado en la palabra creadora. La realidad del ser humano es dolor con esperanza, frustración con utopía, humanidad con trascendencia, caos y armonía, desorden y orden, esclavitud y libertad. La creación misma necesita ser liberada, redimida, recreada: Ella “gime hasta el presente y sufre dolores de parto y no sólo ella, sino también  nosotros…” (Rom. 8, 18-23).

El realismo es como la vela que se derrite, se derrite la materia; sin realidad vela no hay luz; sin realidad candelabro, no hay luz puesta en lo alto;  sin realidad mano que sostenga la vela y se queme, no se puede mantener  la luz para que ilumine. El realismo es la vela que se sacrifica para mantener los “ideales-llama” en alto; la materia, los seres materiales con un cuerpo material llevan hasta el final los ideales que buscan una realidad nueva, renovada, liberada. Una realidad donde se viva en fraternidad y alegría, en paz e igualdad. El ideal es que los sabios y entendidos tengan un corazón humilde y sencillo y que los pobres, los humildes, los pequeños y esclavos ocupen los primeros puestos: “En definitiva, el problema de Dios, tal como lo presenta aquí Jesús, no es cuestión de estudio y de saberes. Es algo estrictamente inefable, que pertenece al ámbito de nuestras experiencias más profundas. Y que se traduce, si es auténtico, en una forma de vida simple, sencilla, incapaz de hacer daño, caracterizada por la bondad. En esto radica el centro del Evangelio”  (Mt. 11, 25-27). Son los y las pequeñas e insignificantes quienes saben de Dios. Dios ama lo que los seres humanos desechamos: ama la humildad y la sencillez y a partir de ahí da más de lo que pedimos (1Reyes 3, 5-13)

Jesús une estas dos realidades humanas y es a través de las realidades humanas  que da a conocer las realidades que sostienen sus ideales. Las realidades humanas que toma de la vida cotidiana, simple y llana, de la vida sencilla de la gente pobre y trabajadora y casi ignorante, son ejemplos que sobrepasan la capacidad de los sabios y entendidos porque no aceptan los  ideales de Jesús abajados hasta el extremo de la comprensión, para las personas pobres: Semilla, levadura, tipos de terrenos, sal, tesoros, perla, redes, pesca, trigo, cizaña, pastor, ovejas, lobos, palomas, serpientes, camino, comidas, harina, huerto, vid, higuera  etc. La persona sabia es aquella que es capaz de plantear de manera sencilla y llana realidades complejas e inaccesibles en su totalidad. Con las parábolas sobre el Reinado de Dios, Jesús expresa sus ideales desde lo cotidiano de la realidad de su pueblo.

Jesús es un hombre que inspira cercanía, confianza y dialogo. Estas tres cualidades de su persona son fundamentales para el seguimiento, pero “los sabios y entendidos” no aceptan esta propuesta, porque no la entienden, porque no la aceptan, porque escandaliza su modo de ver el mundo o porque su ideología de dominio, opresión  y tiranía se convierte en un muro infranqueable, que imposibilita o dificulta el paso: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”  (Mt.11, 25-27). Por lo dicho se comprende que sean los "sabios" y los "entendidos" los que no se enteran de lo que es Dios y cómo experimentamos a Dios”.   Los sabios y entendidos de este mundo cierran sus ojos, cierran sus oídos y endurecen su corazón porque se niegan a ver, a oír y a convertir su corazón para que el Señor los salve (Mt, 13, 10-17). “En la forma de vivir, en las preferencias, en las costumbres de Jesús aprendemos y sentimos cuanto hay que aprender y sentir sobre Dios”.


Jesús, sin dejar de ser idealista, es profundamente realista, es un hombre que desafía la realidad porque cree que otro mundo es posible, otra religión es posible y otras relaciones humanas son posibles. También el realismo de Jesús hace caer el idealismo judío del Mesías esperado. Camino a Jerusalén, la madre de los hijos del Zebedeo pide lo mejor para sus hijos, en ese reino del que Jesús habla y pide para ellos los primeros puestos: Uno a la derecha y el otro a la izquierda. El idealismo del discipulado pasa, necesariamente, por el ser real de la persona, como realidad egoísta, envidiosa, resentida,  mediocre, perezosa e incoherente; esperando que en el seguimiento sea capaz de cambiar los antivalores por los valores del Reino de Dios como la alegría, la desinstalación, la renuncia, y la fe  de que se puede cambiar la vida y la historia. 

28 de mayo de 2014

María de Magdala es su nombre.

Ella es “la preferida por Dios”. María Magdalena es su nombre, pero su nombre sólo es María, pues Magdala es un pueblo de la provincia norteña de Galilea;  a ella se le dio el nombre de su lugar de origen, Magdala, “pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaúm y Tiberiades”. Magdala es un topónimo que se hace su segundo nombre. Esta práctica de convertir el topónimo, es decir, el nombre propio del lugar, en segundo nombre o apelativo, es una práctica de las culturas antiguas para hacer sobresalir al personaje, para denotar, indicar o significar que es una persona importante en la comunidad: Jesús de Nazaret, Simón de Cirene, Pablo de Tarso, José de Arimatea, María de Magdala etc. Por este dato, el escritor bíblico y la comunidad cristiana, quieren hacer sobresalir a María de Magdala como una persona importante en la comunidad de discípulos y discípulas de Jesús.

Ella, como María, la madre de Jesús, es Galilea. Ella formó parte de ese grupo privilegiado  de hombres y mujeres que experimentó el cariño y el amor de Jesús.  Este grupo mixto que integraban estos hombres y mujeres alrededor de Jesús forma parte de esa “renovación del judaísmo del siglo I”; ellas y ellos lo dejaron todo para seguirlo, porque “ese hombre”  les había dado todo lo que necesitaban para vivir y ser  felices: “En el siglo I estaba mal visto que un maestro enseñara la Biblia a mujeres, y que además se dejara acompañar por ellas. “Ellas seguían a Jesús y lo servían cuando estaba en Galilea. Y había también muchas otras, que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15,40-41). Esto lo afirma San Marcos al final de su evangelio como dato, Junto a la cruz están sus discípulas y algún discípulo, los demás lo habían abandonado.

“Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de liberar a toda mujer en Israel. Fue precisamente esa corriente emancipadora del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que éstas desempeñaron un papel central y no puramente periférico”. Ellas lo siguen y el seguimiento a Jesús es la primera condición del discipulado (Lc 8,1.3: Mt 27,55-56: Mc 15,40-41). “No eran mujeres locales, que al enterarse de su muerte se habían reunido espontáneamente a contemplar el macabro espectáculo, sino mujeres de Galilea, que habían viajado con Jesús y sus discípulos a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua (Mc 10,1-11,11). Ella es, además, una persona que se ha ido liberando poco a poco del dominio patriarcalista, ella no aparece en referencia a un varón como en otros casos de mujeres.

La segunda característica del seguimiento es el servicio. Ellas no hacían “oficios de mujeres”: No cocinan, no hacen mandados, no sirven la mesa, no lavan los platos o cosen la ropa; esas tareas no eran consideradas femeninas en el grupo de Jesús, sino masculinas, así lo presentan los evangelistas: “muchas de estas funciones en el grupo las cumplían los varones. Así, los discípulos aparecen sirviendo la comida (Mc 6,41), recogiendo las sobras que quedaban (Jn 6,12), comprando alimentos (Jn 4,8). Éstas, pues, no se consideraban tareas femeninas. El discípulo o discípula sirve a la comunidad y en ella todos los servicios son importantes y no están determinados por su condición sexual. Se sirve por convicción y no por obligación. Lo seguían para servirle.

Servir no se reduce a cumplir tareas domésticas, sino en poner toda nuestra vida y toda nuestra persona al servicio del Evangelio, de la misión, del encargo que Jesús nos ha dejado después de su resurrección. “Servir, en el lenguaje evangélico, equivale a dar la vida por los hermanos y hermanas, pero cumpliendo una misión evangelizadora. En el lavatorio de los pies Jesús une servicio y misión: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo” (Jn. 13, 13-15). El amor a las personas próximas se pone en obras y no sólo en palabras. En el cristianismo hay un principio de igualdad y, emancipación donde no la hay.

Ser testigos y testigas de la resurrección es la tercera característica. Ella, María, como la llama el resucitado, es discípula del Nazareno y apóstol del resucitado, se le encomienda la misión de anunciarlo como el que vive, como el que ha vencido la muerte y que les espera en Galilea. Jesús le llama por su nombre y ella pasa de la oscuridad a la luz, su amor la lleva a buscarlo entre los muertos, pero él vive, ha sido resucitado por la justicia de Dios y vive en la comunidad y en cada persona que la forma. El resucitado vive en la Iglesia y nos ha dado un abogado, el Espíritu de verdad: La verdad debemos entenderla como “la absoluta transparencia, la coherencia de vida, la autenticidad”, El Espíritu Santo confirmará la misión de Jesús y la nuestra como sus seguidores y seguidoras.

María es una mujer liberada de los siete demonios (Mc. 16, 9-15). Lo primero que dice el Evangelio acerca de esta mujer, es que Jesús sacó de ella siete demonios (Lc 8,2), lo cual es un favor grandísimo, porque una persona poseída por siete espíritus inmundos tiene que haber sido impresionantemente infeliz o tener una enfermedad incurable. Esta gran liberación obrada por Jesús debió dejar en Magdalena una gratitud profundísima; “en el vocabulario de la antigua aritmología representa la plenitud de todos los males. Y, sin embargo, Jesús la estimó mucho y derrochó abundancia de bondad con ella”. El amor con amor se paga, no hay de otra forma si se es agradecido o agradecida como María de Magdala.


Finalmente  a través de la experiencia de Magdalena con el resucitado (Jn. 20, 11-18), se comprende el proceso que vivió la comunidad cristiana de discípulos y discípulas en su fe y en la comprensión de la resurrección. La comunidad busca al Señor, desconsolada y abandonada donde no se encuentra,  él no habita entre los muertos, la tumba está vacía, él ha resucitado. Jesús estaba frente a la comunidad pero no lo reconocían ni lo aceptaban porque miraba hacia atrás. 

5 de abril de 2014

Teniendo ojos no vemos (Jn. 9, 1-41)


No sé qué pasa, estoy inquieto, no puedo dormir. A lo lejos escucho el ladrar de los perros callejeros, cansan, inquietan. El sonido de los motores también rompe la paz que nace en la madrugada, son los buses que llevan a los viajeros a sus trabajos o a las personas que tienen algo que hacer fuera de su casa. Para ellos y ellas el día comienza viajando. La luz de la calle ilumina  a los transeúntes mañaneros, ilumina la oscuridad que se disipa con las horas. El sol no aparece todavía, no logro ver el amanecer. Todo a mi alrededor está cubierto de luz y oscuridad. Qué bonito es ver, aunque a veces  teniendo  ojos no vemos, y aunque esté de día seguimos en la oscuridad. Hace unos días escuche que Jesús dijo: “Mientras esté en el mundo yo soy la luz del mundo”. ¿Cómo puedo ser luz del mundo, al estilo de Jesús? Haciendo obras buenas, de redención y salvación. Gracias, Señor, porque puedo ver, escuchar, caminar, hablar y reflexionar. “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal. 144). “Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde”.

Ayer escuché que Jesús se detuvo a hablar con una mujer samaritana, una mujer que busca agua porque es su obligación, es su trabajo, pero que ya está cansada. Jesús le pidió de beber y ella no le dio nada, más bien se pusieron a hablar y ella lo cuestionó sobre una agua que Jesús ofrece y no ve y que ha buscado insistentemente en los amores que no han satisfecho su necesidad, su sed. Ella es un pozo seco sedienta de amor. Jesús está sediento por el camino recorrido, ella también está sedienta por el camino que ha recorrido. De repente dejando el cántaro, sale corriendo hacia Sicar, su pueblo, gritando, loca de alegría y esperanza  y llamando a todo mundo para que vengan a ver a un hombre que “me ha dicho todo lo que he hecho”. Los samaritanos, supe, por un testigo, que le pidieron a Jesús que se quedara con ellos unos dos días y que él había aceptado compartir con ellos y ellas. Muchos y muchas creyeron en él. Jesús es admirable, qué noble, qué humano, qué amigo. Ahí conoció al buen samaritano de la parábola, sólo que en este momento olvido su nombre pero podría tener el de cualquiera de nosotros.

En Samaria Jesús encontró a ese Dios buen samaritano, como en Galilea encontró a ese  Dios buen Pastor que ya los profetas anunciaban. Cuando Salió de Samaria, pasó por el camino y vio a un hombre ciego de nacimiento. “Maestro ¿Quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios”. ¿Cómo se va amostrar en un ciego de nacimiento la obra de Dios? Me dije a mí mismo y me quedé paralizado y con los ojos abiertos, sin embargo no logro ver más allá hasta dónde puede llegar Jesús. El ciego sólo escuchaba y guardaba silencio, no hacía nada, no pedía nada. Una paz tremenda lo había invadido, su rostro estaba sereno, ya no escuchaba el maltrato, ni la humillación de quienes pasaban a su lado y lo veían “lleno de pecado”. Había bajado la mano, no estaba pidiendo limosna, ni aceptación social y religiosa. Estaba a la espera, el mundo externo tan lleno de  luz, de colorido, de bulla, riñas, condenas y discusiones estaba lejos de su comprensión, él no era parte de ese lío.

Jesús siempre tomando la iniciativa igual que Dios. ¿Qué hace escupiendo el suelo, la tierra, el polvo? Esa es una mala costumbre de la gente del campo, escupir. Pero ahora recoge la tierra húmeda como si fuera un alfarero y le da forma, hace una masa y la extiende con sus manos y la coloca sobre los ojos del ciego. Jesús ha tomado bien en serio el relato de la creación, de cómo Dios le dio su aliento de vida  a aquel ser humano hecho de lodo, de tierra húmeda y fértil. Dios da su aliento, de lo más íntimo de sí mismo; Jesús da su saliva, lo más suyo de su interior, la saliva es vida como el aliento de Dios. ¿Es que Jesús está continuando la obra salvadora de Dios, está creando un nuevo ser humano en ese ciego de nacimiento?, ahora comprendo lo que dijo: “mientras es de día, tienen que trabajar en las obras del que me envió.  Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar”. En Jesús hay un nuevo origen, quien lo conoce se hace una nueva persona, Jesús deja una huella que nos hace ser, pensar y actuar de distinta manera. La gente que ha visto por muchos años al ciego de nacimiento ahora no lo reconocen: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: --es él. Otros decían: --No es, sino que se le parece. Él respondía: --Soy yo. El ciego de nacimiento que ahora ve, por la obra de Jesús, se auto afirma como el mismo ser humano transformado. Su vista, sus ojos se han llenado de Luz, Dios es la luz que ha llegado a su vida, Jesús ha llenado de ternura esa mirada que por muchos años estuvo ausente en el mundo.

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.  Siloé significa enviado. El ciego de nacimiento que ahora ve, se ha convertido en un enviado de Jesús: Los ciegos ven, los cojos caminan, los mudos hablan, los leprosos quedan sanos,  las personas oprimidas quedan liberadas, las mujeres se hacen discípulas y misioneras.  En Betesdá Jesús cura un paralítico que lo denuncia (Jn. 5, 1-3. 5-16)  y  en Siloé cura a un ciego que lo defiende (Jn. 9, 6-7). Ambos son lugares de encuentro, de sanación y de testimonio. La palabra de Jesús tiene el mismo poder de las aguas sanadoras y tiene la capacidad de dar o devolver la vida y la dignidad, reinsertándonos en el proyecto del Padre y en la sociedad. Ambos hombres son adultos, uno anda por más de treinta y ocho años y, el otro, ya es un adulto que  puede dar razón de sí mismo: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;  pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos;  quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él, que es mayor de edad y puede dar razón de sí”.

El que fue ciego defiende a Jesús de los ataques de los fariseos y confiesa paulatinamente su fe en Jesús y por eso es expulsado de la Sinagoga.  “Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos”.  “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista… Es un profeta… Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando  lo encontró, le dijo: ¿Crees en el Hijo del Hombre?   Contestó: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?...Lo has visto: Es el que está hablando contigo…Creo, Señor y se postró ante él. El juicio de Jesús es sencillo que se definan los campos: “Para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos”. El ciego no tiene pecado, pero sí aquellos que creyendo ver siguen ciegos. Dicen que ven, su pecado permanece: El rechazo a Jesús es el rechazo a Dios mismo, rechazo al bien, a la bondad y al amor.

30 de marzo de 2014

Si conocieras el don de Dios (Jn. 4, 5- 42)

Gracias mujer samaritana, siempre en tu vida llevaste las de perder y no tenías más que perder ante Jesús, pero con él todo fue ganancia, lo ganaste todo hasta tu entrada al cielo o al Reino de Dios. Samaria siempre fue necesaria aunque siempre se le hizo sentir como no indispensable. Samaria siempre fue imprescindible en la relación del norte con el sur del país. Ser galileo o ser samaritano casi era lo mismo porque los del sur los discriminaban de la misma manera y quizá a los y las samaritanas se les veía como lo peor de lo peor. ¿Qué más bajo que ser samaritano o samaritana? Nada ni el mar muerto que está bajo el nivel del mar. Esos que son nadie son ejemplo de bondad, de conversión y seguimiento. Ella gritaba a los cuatro vientos sólo una frase: “Vengan a ver a un hombre que me ha contado todo lo que yo hice... Y muchos más creyeron en él a causa de su palabra… Ya no creemos por lo que nos has contado, porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo.”

Lo extranjero, lo pagano, lo impuro, lo despreciable, lo enfermo, lo pecador, lo pobre etc. Tiene para Jesús y el Dios de Jesús un trato especial y es tan especial que Dios en Jesús toma la iniciativa, comienza el diálogo y la redención. Si lográramos comparar la parábola del Buen Samaritano, con la del Buen Pastor y;  el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, con el encuentro que Jesús con María de Magdala, es decir la galilea, comprenderíamos que son figuras de personas gigantescas, que cambiaron la vida desde Jesús y la enriquecieron, la pusieron en dirección hacia Dios, amaron como que si ellas fueran las destinatarias y no sólo las depositarias del amor. Jesús es judío y galileo al mismo tiempo, la mujer es sólo una samaritana. Por ser Judío es destinatario de la salvación y así lo expresa: “- Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”…  - El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna… - Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Ustedes dan culto a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos”.

Unida a la enemistad histórica dentro del mismo pueblo, los límites geográficos y la idiosincrasia,  se unen dos elementos más de la separación: La pureza racial y la pureza religiosa.  Estos elementos que han hecho tanto daño y lo siguen haciendo a personas, para Jesús son plato de segunda o tercera mesa; a Jesús no le interesan, no le importan, no son asunto prioritario. “Para él, lo decisivo no eran ni las "creencias" doctrinales, ni las "prácticas" del culto religioso. Lo central, para Jesús, fue siempre la mejor relación posible entre las personas”. Y, para conseguir eso,  hay que derribar las murallas que la religión levanta entre los pueblos, las culturas y las personas”. El culto verdadero, el culto en espíritu y en verdad que quiere el Dios de Jesús es que la vida entera, en todo momento y en todo lugar, sea tan respetuosa y tan honrada como el culto más auténtico, que exige respeto y honradez siempre con todas las personas. Con el mismo respeto y veneración que tratamos los objetos sagrados con ese mismo y más debemos tratar a los sujetos sagrados, imagen de Dios y parecidos a Dios en su semejanza.

El conflicto entre Judíos y samaritanos es de muchos siglos atrás, aunque las genealogías presentan a los patriarcas emparentados; somos de la misma familia humana. Los judíos se sienten hijos de Abraham, el nómada libre, que nunca fue esclavo de nadie, así lo recuerdan con orgullo los judíos del sur: "Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad os hará libres". Ellos replicaron: "Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Serán libres?”… "Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre". Le respondieron: "Nosotros no somos hijos de la prostitución. No tenemos más padre que a Dios". Jesús les dijo entonces: "Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por Él". (Jn. 8, 31-42). En la parábola de Lázaro quien recibe en la vida eterna a los judíos que se salvan es Abraham. Lázaro era judío igual que el rico, pero sólo Lázaro tenía la fe de Abraham.

Los samaritanos no se identifican con Abraham, sino que se sienten hijos e hijas de Jacob, el migrante que bajó a Egipto: “Israel partió con todo lo que tenía, y al llegar a Bersebá, ofreció allí sacrificios al Dios de su padre Isaac. Dios habló a Israel durante la noche en una visión y le dijo: «Jacob, Jacob.»  «Aquí estoy», contestó él. Y Dios prosiguió: «Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en una gran nación. Yo te acompañaré a Egipto, y también te haré volver aquí… en una palabra, hizo que entrara con toda su familia en Egipto”.  (Gen, 46, 1-7) para salvar de la hambruna a su pueblo, que fue hecho esclavo, que vivió el exilio y la liberación, las tentaciones en el desierto y que fue el que entró a la tierra prometida liderado por Moisés.

La Samaritana llega a Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ella llega a sacar agua del pozo de Jacob. El pueblo samaritano se siente descendiente de los dos hijos de José: Manasés y Efraím. “Jacob amaba a José más que a sus demás hijos” (Gen. 37, 3-4. 12-13. 17-28). El tronco parental de ambos pueblos es distinto. Con la muerte de Salomón, Las tribus del norte se rebelan contra su hijo Roboran en el año 926 a. C y se da la separación, surgen los dos reinos; el del Norte llamado Israel y el del Sur, llamado Judá. Los Asirios llevan al exilio al reino del norte en el año 740 a. C., en realidad descabezan el reino llevándose a la clase sacerdotal y a los nobles,  dejan a la gente inculta, artesana, campesina y trabajadora en el territorio pero traen de otras partes gentes a colonizar y se da la mezcla de la población, surge de esta mezcla el pueblo samaritano. Esta mezcla, según los judíos, les hace ser israelitas ilegítimos, pero ellos son los “Israelitas del Norte”

“El conflicto entre judíos y samaritanos venía de lejos. Seguramente se consumó a finales del s. II a. C. Doctrinalmente, los samaritanos hacían otra lectura del Pentateuco y, sobre todo, como "orgullosos israelitas del Norte", no admitieron que el único culto a Dios se le tributara en Jerusalén. Por eso seguramente desde el s. III a. C., los samaritanos se hicieron su propio templo en el monte Garizín. Así, la separación entre judíos y samaritanos alcanzó un punto sin retorno”. En torno al pozo de Jacob, se da el encuentro de Jesús con la samaritana. Era mediodía, el sol quemaba, solo la brisa refrescaba el calor del sol. Jesús está solo, exhausto, cansado, ha caminado mucho buscando a las ovejas perdidas de la casa de Israel, él ha venido a salvar no a condenar, a traer una buena noticia de parte de Dios y no una palabra de condenación. El centro del encuentro es la sed, sed a agua y sed de Dios, Jesús lleva a Dios y la mujer samaritana es dueña del pozo. Caen las murallas con el diálogo y con el encuentro: La mujer, samaritana y pecadora se convierte en una nueva mujer, un ser humano redimido, ha encontrado al Dios verdadero y ahora le da culto en espíritu y en verdad. Es misionera de Jesús, anuncia a Jesús como la Buena Nueva que ha llegado a su tierra para salvar también a los samaritanos. Ella evangeliza en medio de su pueblo. Jesús la ha liberado de tantos yugos, de tantas cadenas y complejos que ahora no sólo es libre, sino que tiene voz, ha salido de sí misma para ponerse en dirección de los y las demás. Cuando un ser humano se libera del silencio, habla, recupera su voz, es un ser completo, digno hijo o hija de Dios. Mujer samaritana conociste el "don" de Dios.

23 de marzo de 2014

Las sobras pueden salvar vidas.

Vivimos en una sociedad tan llena de injusticias que las relaciones asimétricas entre las naciones del mundo, entre los pueblos de la tierra, las sociedades desarrolladas y subdesarrolladas  y, especialmente las relaciones personales entre los individuos se nos hacen “normales”, escandalosamente frías, calculadoras, indiferentes e insolidarias que no nos cuestiona nada, ni nos hace reaccionar para nada. Creemos que ya es voluntad de Dios y que este “Orden”, desordenado, caótico y excluyente lo quiere Dios. Pero no es así, ya que el mismo Dios nos hace caer en la cuenta que todo esto es abominable, es decir, que merece ser condenado y aborrecido, tanto aquí como allá, la compasión es el pasaje de la salvación: “Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» Abraham le respondió: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.  Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.» Lc. 16, 24-26). La piedad se aprende en el sufrimiento. 

¿Cómo se puede ser creyente y actuar en la vida como que si Dios no existiera? Muchos siglos antes de que Jesús diera a conocer esta parábola, el profeta Isaías le critica a Israel, a sus jefes y pueblo la increencia práctica de sus acciones y su religión; el señalamiento es lacerante, lastima, hiere, golpea, y nos hace ver hoy nuestra propia vulnerabilidad: “Escuchen, jefes de Sodoma, que esto es palabra de Yavé; presten atención, pueblo de Gomorra, a las advertencias de nuestro Dios”: Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucharé, porque veo la sangre en sus manos. ¡Lávense, purifíquense! no me hagan el testigo de sus malas acciones, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda.» (Is. 1, 1. 15-17). El culto que le agrada a Dios son las buenas obras, las acciones nobles y justas, no una religión de normas, rezos y sacrificios de animales.

En apariencia la globalización es incluyente porque ha convertido al planeta en un campo de concentración y a los pueblos en aldeas, pero la realidad da que estamos más excluidos y excluidas que antes, porque se han marcado más el dominio entre los que tienen las riquezas y quienes nos hemos convertido en meros consumidores, autómatas, por orden del consumismo. La globalización nos ha hecho naciones y personas dependientes, necesitadas y poco pensantes. Hemos sido convertidos en plaza o mercado y no en productores. Vivimos de las migajas de las ciencias, el capital y la tecnología. Nuestro corazón ha sido apartado de Dios y nos ha seducido otro ser humano; de ser personas sociales nos hemos convertido en islas en el mar de la soledad. Nuestros oídos ya no escuchan los gritos de la personas que sufre porque los tenemos taponeados con audífonos; nuestra vista está nublada por la cortina del consumo y nuestra boca calla porque la tenemos ocupada con el chicle: O sea, perdón, qué oso, u---bi---ca—te...: “Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yavé! Es como mata de cardo en la estepa; no sentirá cuando llegue la lluvia, pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar despoblado” (Jr. 17, 5-6).

Al final de la historia, de esta historia nuestra hecha con nuestras decisiones, con nuestras manos, con nuestras opciones, con nuestros aciertos y equivocaciones recogeremos los frutos que merecemos por nuestra conducta o por nuestras acciones. Dios tiene un juicio para las naciones, parecida a la separación que hace el pastor, al final del día, entre cabras y ovejas. A cada cual se le pone en su lugar: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de Gloria, que es suyo. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos. Colocará a las ovejas a su derecha y a los chivos a su izquierda (Mt. 25, 31-33). El texto presenta a Jesús como Hijo de Hombre,  como rey del universo y de todas las naciones, y finalmente como un rey-pastor que separaré a quienes fueron ovejas y a quienes fueron cabros grandes; esos mismos que Jeremías llama cardos en la estepa o árboles frondosos plantados junto al agua. El rey de la gloria juzgará a los países ricos epulones y los pueblos pobres y enfermos como lázaro.

Dios conoce el corazón humano  y es el único capaz de  sondear sus pensamientos y conocer sus sentimientos más profundos, porque no lo convencen ni engañan las apariencias: “Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones”. Las migajas que caen de la mesa del rico pudieron salvarle la vida al pobre Lázaro, pero para el epulón, el rico que come mucho y disfruta la comida, que banquetea todos los días, el leproso, el enfermo, el pobre, el ser humano que padece necesidad no existe. El epulón cree en Dios pero no lo ve, no lo descubre en el prójimo que está a la entrada de su casa. El rico no le hace daño a Lázaro, pero tampoco le hace ningún bien, no lo socorre en sus necesidades que son muchas: La enfermedad, la pobreza, el hambre, la vivienda y sobre todo un trato humano. Su pecado es la omisión, la indiferencia, la frialdad, su ceguera. Su pecado es haberle dado la espalda a su hermano. Los dos mueren y los dos reciben según sus obras.

Otro texto que recuerda las migajas de la fe verdadera es el de la mujer cananea; los hijos e hijas de Israel  comen en la mesa del Padre y las migajas que caen de su mesa son la fe verdadera de quienes son excluidos y excluidas de la salvación (Mt.15, 21-28; Mc. 7, 24-30). Hoy también el rico es excluido de la salvación por no haber dado aunque sea las migajas que podían salvar una vida y salvar su vida. El rico en su agonía no quiere que sus iguales pasen por lo mismo y pide que se mande a Lázaro, como mensajero de conversión, pero ni aunque un muerto resucite cambiarán de  su pecado dice Abraham: “Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahám le dijo: - Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto” (Lc. 16, 29-31). El rico es bueno pero está esclavizado a la codicia y esto no le permite servir a dos señores (Mt. 6,24). Jesús resucitó a Lázaro y en lugar de lograr la conversión de las autoridades judías, ellas,  legitimaron su muerte (Jn. 11, 1-45). Escuchemos la Palabra de Dios y hagamos lo que ella nos dice, entonces no caeremos en el pecado de la omisión. Las sobras y las obras pueden salvar una vida y la nuestra. En las migajas está la fe verdadera, no en el banquete.

19 de febrero de 2014

Recogiendo las migajas de la fe verdadera (Mc. 7, 24-30).

Siempre me ha llamado la atención esa mujer y quiero saber más de ella. Hoy caí en la cuenta de que no es judía, pues Jesús anda incursionando por territorio pagano; anda caminando por la región Fenicia de Tiro. Ella es griega de cultura, Sirofenicia de país y Cananea de territorio geográfico. Tiene muchas identidades nacionales; ella es pagana porque no es judía. Como en muy pocas ocasiones, “ella es una mujer que habla”, da sus puntos de vista aunque no se los pregunten y cuando habla lo hace con tanta convicción, con aplomo y libertad que hace temblar la tierra y a cuantos están alrededor de ella, escuchándola, como es el caso de Jesús. Este Evangelio (Mc 7, 24-30), nos trae el suceso de la mujer gentil siro-fenicia, donde se destaca la fe de esta gentil frente al fariseísmo judío. Esto ocurre en la comarca de Tiro y Sidón, provincia romana de Siria. Esta mujer le pone los puntos a las íes, sin temor alguno. Tiro significa “Roca” y se encuentra en la región actual del Líbano.

La antesala de este encuentro entre Jesús y la mujer griega es la polémica que tiene con los representantes de la religión oficial y los ritos heredados por tradición de los antiguos: Ley mosaica versus tradiciones judías: Purificación externa y Corbán: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras? O, dicho de otro modo sin lavárselas. El lavado de las manos estaba ligada al culto, como pureza ritual y legal, exigida por la Ley de Moisés sólo a los sacerdotes  en el servicio del Templo. Esta ley se hizo extensiva a los no sacerdotes, es decir a los laicos, por una tradición rabínica. Con esta pureza legal se quería evitar la impureza en el contacto con la gente pecadora e impura en la calle. Jesús les llama hipócritas a estos hombres honorables, intachables y muy celosos de las tradiciones de sus padres, citando al profeta Isaías. Estas tradiciones humanas anulan el mandato de Dios (Mc. 7, 1-13).

Tiro y Sidón que están en territorio cananeo es ahora una provincia romana: Syria. Syria es vecina de Palestina. A esta mujer que se le conoce en el Evangelio por su fe:”Entonces Jesús le dijo: «Puedes irte; por lo que has dicho el demonio ya ha salido de tu hija.» Cuando la mujer llegó a su casa, encontró a la niña acostada en la cama; el demonio se había ido” (Mc. 7,29-30).  No se le conoce el nombre y creo que nunca se lo conoceremos, sólo sabemos que es mujer extranjera, que es madre de una niña y que esa niña está enferma, está poseída por un espíritu inmundo. Además, sabemos que es una madre que sufre, que vive en angustia y que hace y soporta todo por su hija. La respuesta que le da Jesús no es “un beso dulce en la mejilla”. Su horizonte es su hija. Su todo es su hija. Este dolor y esta desesperación de madre la han llevado hasta Jesús y ponerle frente a él. Ella se postra ante él, con respeto. Para esta mujer “la fe no tiene nacionalidad”, ni fronteras geográficas o religiosas. Entonces, el ser humano no existe sólo por el nombre, sino también por las acciones audaces y desafiantes que le hacen ocupar un lugar en la historia, como esta mujer cananea (Mt. 15, 22). Ella también necesita ser curada.

Los nombres en la Biblia no siempre representan a personas individuales, sino a pueblos y las genealogías las relacionan en  parentesco. Canaán es el nombre más antiguo de la región, es el nombre de uno de los hijos de Cam y por lo tanto se extiende a un pueblo y a la región que habitan: “Pues el arco estará en las nubes; yo al verlo me acordaré de la alianza perpetua entre Dios y todo ser terrestre, con todo ser animado que vive en una carne.» Y dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que yo he establecido entre mí y todo ser terrestre.»  Los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Esos tres son los hijos de Noé, y de éstos se pobló toda la tierra”. (Gen. 9,18; 9, 22; 9, 25-27). Los judíos son descendientes de Sem, hermano de Cam y Jafet. La genealogía pone a Jesús y a la mujer cananea como parientes lejanos, lejanos pero parientes que la historia de sus pueblos había alejado.

Canaán también nos remite a un territorio habitado antes de los israelitas, es la llamada tierra prometida: "Envía hombres adelante para que exploren esa tierra de Canaán que voy a darles a los israelitas. Cada tribu elija como representante a uno de sus jefes".  (Núm. 13,2-33). La conquista de la tierra de Canaán, cuando el pueblo de Dios llegó a esa región después de la esclavitud en Egipto, los cuarenta años en el desierto y posteriormente su llegada a la tierra prometida: “Así habla Yavé: Este es el territorio que se repartirán entre las doce tribus de Israel (darán dos porciones a José). Todos tendrán su parte porque juré a sus padres, con la mano en alto, que les daría este país: su herencia”.  (Núm. 34, 3-12 y Ez. 47, 15-20). Canaán es la tierra de promisión, es la tierra que mana leche y miel.

Muchos siglos después Isaías profetiza contra Canaán y Tiro y lo hace a través de este poema (Is. 23, 1-18).Tiro es el gran puerto a las puertas de Palestina, era un gran centro de comercio internacional. Fenicia era conocida antiguamente por Canaán y es una región territorial que abarca los actuales Israel, Syria y Líbano. Fenicia es un nombre griego (fóinix que significa púrpura), y se les da ese nombre a los vendedores de género teñidos de púrpura. “Los fenicios fueron marinos que comerciaban con Egipto, y más tarde con Grecia y todos los demás países del Mediterráneo. Los fenicios eran cananeos (Gen. 10, 15; Is. 23, 11), empujados por la invasión hebrea hacia la angosta franja costera que siguieron llamando Canaán”.

Ella es cananea y fenicia y ha escuchado hablar de ese hombre judío que anda por su Patria, por su tierra y que quiere pasar inadvertido por esos territorios: “Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido”  ¿Cómo quiere Jesús pasar inadvertido sabiendo la gente como es? Su fama se extendió más allá de Palestina. Él es un pozo, un manantial, una fuente de vida y de salud sin distinciones de razas, género, religión o cultura. Él sana a la persona sea de la cultura que sea y tenga la religión que tenga.  Su humanidad y su bondad están por encima de sus convicciones religiosas. Para Jesús los seres humanos y especialmente aquellos seres que sufren están por encima de cualquier idea y sentimiento que genere la religión y sus prácticas excluyentes. En la misma región pagana sana a un hombre sordo y tartamudo (Mc. 7, 31-37).

En tierras paganas, Jesús no predica, no habla sobre el reinado de Dios, no adoctrina; solamente cura, sana, reincorpora, hace el bien y quizá sea esa la mejor forma de vivir sus convicciones religiosas. En el judaísmo existía el convencimiento de que los judíos eran los preferidos de Dios, era el pueblo de la alianza, del pacto, aunque la salvación alcanzaría también, en segundo lugar, a los demás pueblos. “Porque el desenlace final es que la niña quedó sana. Jesús curó a aquella mujer pagana, lo mismo que había curado a tantos judíos o personas de otro origen o religión”.

Quizá no llegue a saber más  de ella, pero sé que encausó la misión de Jesús y que  gracias a su aplomo y a su fe, Jesús se hizo un hombre universal. Jesús acaba de tener grandes tensiones y polémicas con los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén, sobre algunas tradiciones judías, especialmente las referidas a la purificación legal y  sobre el Corbán (ofrenda en arameo); lo puro y lo impuro; sobre las abluciones (lavado y purificación por medio del agua) y la pureza legal. En Syria Jesús recibió la respuesta de quien tiene fe no por tradición, sino por convicción. Gracias mujer griega, sirofenicia y cananea por habernos abierto las puertas de la fe y la salvación (Gal. 3,26-ss).

14 de enero de 2014

Si es menester (1 Cor. 9,19-27).

Si es menester que vaya, voy. La vida nos da sorpresas y en esas sorpresas está el designio salvador de Dios, si estamos atentos y atentas para descubrirlo y dejarnos evangelizar por sus medios, es decir los medios que Dios va utilizando: “Asimismo, sintiéndome libre respecto a todos, me he hecho esclavo de todos con el fin de ganar a esa muchedumbre” (1Cor. 9, 19). 

Ayer me hice hermano con los de la hermandad  de Jesús …para acompañarles a un “fin de un novenario” por la muerte de uno de sus miembros: Don Felino. Lo vi y lo reconocí y vinieron a mi encuentro imágenes y momentos vividos en el Templo. Era un  hombre de Dios, su palabra era el silencio. Salimos después de  la misa de seis como lo habíamos planeado, nos reunimos en el parque y mientras esperábamos a otros, que no llegaron, estábamos “chascarriando”, todo era broma y risas en los breves espacios de tiempo fresco que se dan en El Puerto. La noche era hermosa con su hermosura natural, olía a mar, el parque central iluminado y los transeúntes iban y venían; otros sentados en las bancas del parque no se cansaban de mirar para un lado u otro. Todo era playa.

Me fui a mis menesteres cristianos. Llegamos a Santa Adela, “trepados en el Azul”, medio eficaz para llegar a nuestro destino. Santa Adela es una santa italiana que no es virgen, porque fue una mujer casada. Para ser santo o santa no es condición indispensable la virginidad: “La emperatriz se dedica a hacer el bien. Protege, socorre y consuela a los necesitados. Considera el poder como una carga para ella y un servicio para el bien del pueblo”. Santa Adela, es una madre para los y las pobres del siglo X y del siglo XXI en nuestra parroquia. Para ella el poder es servicio y utiliza muy bien el don de servir porque Dios le ha dado ese poder. La casa es normal como las casas pobres de las personas que por años y casi toda su vida han sido excluidas sociales, lástima que la pobreza extrema se haya hecho normal para nuestra sensibilidad dormida. El nombre del barrio o de la colonia está bien puesto porque Santa Adela cuida, acoge y defiende a sus pobres, esos y esas que viven a la orilla de la carretera que va hacia el Coyolar; esos y esas que viven en los barrancos y que poco a poco han edificado sus casas sobre roca. La fe es el plato fuerte de los y las pobres (Is. 42,6-7).

Aquí están guardados los menesteres de labranza. La casa tiene techo de láminas enmohecidas, paredes de plástico negro grueso con otras láminas enmohecidas. Madera roíza estructura el armazón menesteroso de seguridad, el piso de tierra a desnivel como se hacen los anfiteatros. En el fondo de la habitación está el altar, que lleva a todos lados la funeraria con un Cristo tan rígido como el metal, color plateado, no como el que se dejó crucificar por amor allá en el monte de la calavera o Gólgota,  un Cristo tan lleno de humanidad y de amor con sus brazos abiertos, con un corazón liberado y empapado de amor a la humanidad, parecido al siervo sufriente de Yahvéh del profeta Isaías (Is. 42,1-4.6-7) y que los cristianos y cristianas identificamos en Jesús que pasó toda su vida haciendo el bien, sanando y liberando de toda dolencia y maldad (Hch. 10, 34-38).

Si es menester rezar por él, si lo necesita. Allá estaba él, centrado, sencillo, callado, a penas imagen borrosa de quien fue en su vida. Un Labrador de la tierra con siete hijos e hijas y su esposa sola, rodeada de sus seres queridos. Don Felino, por su modo de ser pudo pasar desapercibido, pero no fue así. El no fue sombra de hombre, fue imagen y semejanza de Dios; él iba por la vida como uno más para recibir el denario por su trabajo, iba en la multitud de fieles católicos viviendo y celebrando su fe, en la pastoral de la “religiosidad popular”. Como Jesús iba como uno más pero no fue uno más. Fue singular en la pluralidad de personas comprometidas con el Evangelio.

Allá estaba él en medio de la luz y de las luces, como su vida, llena de luz, en silencio humeante; como vela que se gasta para mantener la luz encendida. Él no era la luz, sino testigo de la luz. La fotografía de su vida era borrosa pero se reconocía, rodeado de vida truncada como las flores que adornaban el altar. Lo vi y lo reconocí porque vino a mi memoria su presencia en el Templo los domingos y su paso lento en las procesiones. Como dice el cuarto Evangelio: “Por medio de Moisés hemos recibido la Ley, pero la verdad y el don amoroso nos llegó por medio de Jesucristo” (Jn. 1, 17).

Es menester regresamos al Puerto, de salida y de llegada, la noche seguía fresca y su dulzura bajaba como aroma escondida por la calle de Santa Adela. El corazón humano guarda silencio mientras el cerebro se acelera queriendo comprender todo lo que la contemplación le permite. Eso es imposible. Tenía razón San Agustín cuando escribió el fruto de su meditación sobre el Misterio de Dios: “Nos has creado para ti y nuestro corazón no descansará, hasta que descanse en ti”. Digamos como San Pablo: “Pero yo no he hecho uso de tales derechos ni tampoco les escribo ahora para reclamarles nada. ¡Antes morir! Eso es para mí una gloria que nadie me podrá quitar. ¿Cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio! Si lo hiciera por decisión propia, podría esperar recompensa, pero si fue a pesar mío, no queda más que el cargo. Entonces, ¿cómo podré merecer alguna recompensa? Dando el Evangelio gratuitamente, y sin hacer valer mis derechos de evangelizador” (1Cor. 9, 15-18).

6 de diciembre de 2013

Jesús es el adviento de las personas enfermas y pobres.

A diferencia de los demás evangelistas y quizá porque su comunidad está formada en gran parte por judíos convertidos al cristianismo, Mateo presenta a Jesús como Maestro, como Rabí. Jesús es Maestro por vocación, no por profesión y este leve elemento hace la diferencia entre Jesús y los maestros de la Ley de su tiempo. En el tiempo de Jesús había muchos maestros pero pocos pastores. 

Los maestros enseñaban la ley y los profetas pero eran pocos los que compartían su vida y su tiempo con las personas pobres y enfermas, con las ovejas perdidas de Israel, siendo Dios el gran buen pastor de Israel (Gen. 48,15; 49, 24;  Is. 14, 30;  49, 10;  58, 11;  61,5;  Ez. 34, 13-14; Sal. 23, 1-6;  80, 1-20). Dios es pastor de Israel porque enseña, instruye, corrige, conduce y salva (Is. 49, 11). Los pastores en Israel son los reyes, los sacerdotes y los profetas, aquellos que han sido ungidos, escogidos para una misión. Estos ungidos son mesías salvadores, son Cristos, pero no siempre están al servicio de los y las pobres del país.

Jesús es Maestro- Pastor. Ser maestro por vocación es tener la enseñanza como un don de Dios, la persona vive lo que enseña, cree lo que enseña y  su vida es fuente de lo que enseña. Es un pastor que dedica su tiempo, todo su tempo, a sus ovejas, aquellos y aquellas que se le han dado como responsabilidad primera. El Maestro Pastor no agrede verbal o físicamente, no amenaza, no lastima, no se aprovecha, va siempre al frente, defiende, salva, recupera y se llena de felicidad cuando encuentra lo perdido. El Maestro Pastor da su vida día a día y en silencio. La persona enseña con su vida.

El Maestro por Profesión es una persona asalariada, le importa y le mueve su salario, su pago. Para este maestro _mal pastor_ por profesión, sus ovejas sólo son un número, sólo son un medio para alcanzar un fin; sólo son  un pretexto para su sobrevivencia; no le importan sus ovejas ni sus circunstancias; es agresivo, despectivo, arrogante y las abandona con facilidad. Las tira a la calle, las arrastra fuera del aula, del redil; las deja abandonadas en el campo, no las busca, no las ama, no las contempla, no hace el mínimo sacrificio por ellas, es más las ovejas deben buscarlo, llamarlo y darle hasta su propia piel para que se sienta feliz. La persona enseña por un salario.

Jesús es el Mesías que pastorea, es el Mesías esperado por los pobres y enfermos, por eso Jesús es adviento para quienes esperan tener una última oportunidad, no así para los aristócratas, ni ricos. Jesús como buen pastor es Maestro de la compasión, de la misericordia y de la solidaridad. Mateo presenta a Jesús caminando por el  lago de Galilea subiendo el monte; subir el monte es caminar hacia la presencia de Dios, es  estar en la soledad para escuchar su voz como la oveja escucha la voz del pastor; estar más cerca de Dios y entrar en comunión con él es para hacer su voluntad. El discípulo y la discípula deben saber escuchar las enseñanzas del maestro, apropiárselas y compartirlas con su vida y en su vida diaria: “Los colocaron a los pies de Jesús y él los sanó” (Mt. 15, 30b). Jesús no sólo les cura, sino que restablece las condiciones de vida que les han sido negadas; hace vida con ellos y ellas; les acoge en su grupo tanto que a los tres días escasea la comida.

¿Para qué quiere Jesús estar más cerca de Dios? Para enseñar los caminos hacia Dios, para enseñar la mística de su vida,  su visión y su experiencia a aquellos y aquellas que quieren seguirle en la tierra hacia el cielo, por eso constantemente está dirigiendo su palabra y sus enseñanzas a sus discípulos y discípulas. El discipulado se expresa ubicándose a los pies del Maestro y San Mateo dice que la gente lleva ante Jesús a personas enfermas y que las colocan a sus pies y él las cura. Las personas nombradas son personas que sufren alguna deficiencia, son personas tullidas, ciegas, lisiadas, sordomudas y muchas más. En Jesús hay una preocupación evidente por las personas enfermas porque si recuperamos la salud somos personas felices y él quiere nuestra felicidad: “De allí Jesús volvió a la orilla del mar de Galilea y, subiendo al cerro, se sentó en ese lugar. Un gentío muy numeroso se acercó a él trayendo mudos, ciegos, cojos, mancos y personas con muchas otras enfermedades” (Mt. 15, 29-30a).

Jesús es Maestro de la compasión porque siente el dolor ajeno y hace algo para remediarlo. La compasión es vivir la pasión, el sufrimiento y el dolor de la otra persona, es preocuparse por las necesidades ajenas sean internas o externas; sea carencia de salud o carencia de alimento, de pan: “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de esta gente, pues hace ya tres días que me siguen y no tienen comida. Y no quiero despedirlos en ayunas, porque temo que se desmayen en el camino.» (Mt. 15, 32).  La sabiduría de Jesús, su sentido común y  su capacidad de ubicarse en la situación de la otra persona lo hace ser Maestro de la compasión. ¡Cuidado! La compasión no nos da derecho de irrumpir en la vida y las decisiones privadas de las personas necesitadas (Mateo 9,27-31).

Jesús es Maestro de la misericordia porque cree en un Dios misericordioso, que hace salir su sol sobre buenos y malos y caer su lluvia sobre justos e injustos. Dios ama sin hacer distinciones. El amor- misericordia es un amor que libera por amor, es un amor liberador, sanador, es un amor que reincorpora, que reestructura y que reedifica a la persona. El amor hecho misericordia es un amor que se hace acción, gestos y obras concretas. El amor misericordia es el amor que ama a los no amados, perdona a los imperdonables, sana al insano etc.: “La gente quedó maravillada al ver que hablaban los mudos y caminaban los cojos, que los lisiados quedaban sanos y que los ciegos recuperaban la vista; todos glorificaban al Dios de Israel “(Mt. 15, 31). 

Jesús es Maestro de la solidaridad, toda su vida es una solidaridad con las personas que sufren. Sufrimos por carencia de salud y por los recursos que necesitamos para recuperarla, también sufrimos por no tener lo necesario para alimentarnos cada día por la pobreza que embarga  a la humanidad insolidaria. Jesús hace el milagro de unir a las personas en sus diferencias y de hacerlas sentar en las mismas condiciones de igualdad. El mundo es el gran banquete del Reino donde todos y todas podemos alimentarnos sin arrebatarle a nadie su propio alimento: “En aquel día, preparará el Señor de los Ejércitos, para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos…” (Isaías 25,6-10a) Jesús cree y realiza la utopía de Dios.

Jesús hace sentar a la gente en grupos para compartir, sin complejos de ningún tipo, porque independientemente de la condición social, racial, de género o religiosa, comparten la misma necesidad: Les hermana el hambre,  la pobreza, la carencia de alimentos; “lo que no admite duda es que a Jesús le preocupaban mucho dos cosas: 1º. La salud de los enfermos. 2°. El hambre de los pobres”. Debemos “hacer lo que esté a nuestro alcance para que la gente sufra menos y sea más feliz”.

26 de noviembre de 2013

Adviento: Jesús es el Señor.

Esperamos tiempos mejores. Ya viene el verano y los vientos que refrescan nuestra existencia en este sopor de fin de año. Ya viene navidad y sus luces de colores, los cielos estrellados y la luna en cuarto menguante. Ya viene adviento, estamos a punto de comenzar un nuevo año litúrgico. Ya viene, ya viene y eso es adviento: Una espera con esperanza; una espera de algo nuevo y distinto; de algo nuevo y mejor. La esperanza nos hace ver hacia el horizonte, pero la espera nos mueve a seguirla y querer alcanzarla en cada momento. El adviento es una espera activa.

Matamos lo que esperamos. El adviento judío, la espera de un Mesías Salvador. Un Ungido, un Mesías, un Cristo. Los judíos esperaban al gran liberador. Un Mesías con antecedentes mesiánicos porque en la historia de Israel ya habían habido varios: Reyes, sacerdotes y profetas, todos ungidos por Dios para una misión. Antes de Jesús hubo muchos ungidos, muchos Mesías, muchos Cristos. Siempre el pueblo estaba en espera, en expectativa de cómo y cuándo Dios se iba a manifestar en la historia, para salvar desde ella. El esperado Mesías no es aceptado ni reconocido en Jesús: “Está claro por qué ha sido condenado: por una razón política, acusado de ir contra Roma, en nombre de un mesianismo que ni pretendió, ni aceptó de sus seguidores”.

El adviento judío espera un Mesías de la estirpe de David, parecido a David, “un Hijo de David”, un estratega, un estadista, un hombre que trajera la unidad, la estabilidad y la paz a Judea, un rey pastor; un Mesías guerrero, violento y victorioso que llega al poder a través de la violencia, que somete a sus enemigos y los convierte en estrado de sus pies; un rey sacerdote, que santifique el templo y al pueblo, que reparta pan y vino no sólo a su pueblo, sino a todos los que pasen por su reino, un rey sacerdote como Melquisedec. “En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso”, nunca un mesías como Jesús lo comprendía: Un Mesías que carga la cruz y va camino a la cruz. Un Mesías que se niega conscientemente a dejarse seducir por el poder, tentación que según los evangelios, lo persiguió desde el desierto hasta la cruz. Jesús quiere servir a Dios “desde la ausencia del poder”. El poder termina asesinándolo: El poder religioso, el poder político y el poder económico. “El costo de esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte”.

Esperamos a Jesús en su primera venida, en su segunda o en todas las anunciadas por los hombres… Pero hemos cambiado a Jesús por otro a nuestro gusto. El Jesús del inicio del cristianismo era Jesús sabio y humilde, pastor bueno que lleva en sus brazos a la oveja negra, Jesús buen samaritano. Un Jesús que se aleja del poder y que nos pide que para seguirlo y servirlo debemos renunciar a todo tipo de poder: “El pecado fundamental del ser humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y esto es el origen de todos los otros pecados: la avaricia, que conduce a un orden económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para “poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros propios pies”.

De la cruz al pesebre y del pesebre a la cruz. Jesús es rey pero no al estilo de los de este mundo. El Mesías no esperado nace en un pesebre, nace donde nadie  se lo imagina, nace en una noche estrellada que canta con voces angelicales y rezos y alegría de pastores. El Mesías no esperado nace en la pobreza, nace desprotegido, trayendo un mensaje de paz, no usa la violencia, no oprime, no crea dependencia, sumisión y alienación. El Mesías de Dios nace en el seno de una familia humilde, trabajadora y de fe esperanzadora. Esta familia espera actuando, involucrándose en la obra de Dios.

En el adviento cristiano, el Mesías, el ungido, el Cristo tenía que llamarse Jesús, porque él trae la salvación para todos los pueblos, la salvación de Jesús es universal. La iniciativa de Dios va más allá de nuestros presupuestos básicos como la fe en él, la aceptación de su amor y de su perdón; va más allá de nuestras obras, de nuestro deseo de escuchar su palabra, de amarlo y seguirlo. La iniciativa de Dios lleva una invitación inseparable implícita  pero no es una obligación. Jesús es “Dios salva” o “Dios es mi salvador”. Eso es lo que esperamos en el adviento, lo que esperamos es la salvación de Dios dada gratuitamente a toda la humanidad, inclusive hasta el mismísimo momento de la muerte. “Desde su impotencia de crucificado, pero de Señor verdadero, ofrece perdón, misericordia y salvación” a aquel que como él se encuentra sufriendo el mismo suplicio, pero que reconoce en él al salvador enviado por Dios  con una misión: Recuperar lo perdido (Lucas 23,35-43).

El adviento es el alfa y la omega. Es un tiempo de espera, preparación y compromiso. Adviento quiere decir “venida”, “llegada”. Es lo mismo decir: “Bien venido”, cuando esperamos a alguien, que decirle “bien llegado”, cuando nos agarra de sorpresa, llegó por su cuenta sin previo aviso, como llega Jesús en la navidad. Aunque siempre estamos en adviento, en el calendario litúrgico es un tiempo corto de cuatro semanas aproximadamente. Es un tiempo de esperanza y de una sobria penitencia o preparación, por eso el color litúrgico de este tiempo es el morado. Son días de recogimiento y oración, de escucha de la palabra y de práctica cotidiana.

Es un tiempo para estar atentos y alerta porque la salvación está cerca. La salvación comienza en Belén y termina en Jerusalén. Comienza en la entera pobreza material y termina en la entera pobreza del abandono aparente de Dios: “Jesús como centro total de nuestro encuentro con Dios”. Jesús es el centro de nuestra fe. La salvación de Dios nos llega en figura tierna y débil, desprotegido, vulnerable en un niño que nace en la marginación en un rincón para animales. Este niño es el misterio de Dios hecho hombre, hecho carne, hecho ser humano. Él es el misterio, la grandeza, la esperanza y la alegría de la navidad; Dios ha visitado a su pueblo para quedarse y para salvarlo (Is. 2, 1-5).