Esperamos tiempos mejores. Ya
viene el verano y los vientos que refrescan nuestra existencia en este sopor de
fin de año. Ya viene navidad y sus luces de colores, los cielos estrellados y
la luna en cuarto menguante. Ya viene adviento, estamos a punto de comenzar un
nuevo año litúrgico. Ya viene, ya viene y eso es adviento: Una espera con
esperanza; una espera de algo nuevo y distinto; de algo nuevo y mejor. La
esperanza nos hace ver hacia el horizonte, pero la espera nos mueve a seguirla
y querer alcanzarla en cada momento. El adviento es una espera activa.
Matamos lo que esperamos. El
adviento judío, la espera de un Mesías Salvador. Un Ungido, un Mesías, un
Cristo. Los judíos esperaban al gran liberador. Un Mesías con antecedentes
mesiánicos porque en la historia de Israel ya habían habido varios: Reyes,
sacerdotes y profetas, todos ungidos por Dios para una misión. Antes de Jesús
hubo muchos ungidos, muchos Mesías, muchos Cristos. Siempre el pueblo estaba en
espera, en expectativa de cómo y cuándo Dios se iba a manifestar en la
historia, para salvar desde ella. El esperado Mesías no es aceptado ni
reconocido en Jesús: “Está
claro por qué ha sido condenado: por una razón política, acusado de ir contra
Roma, en nombre de un mesianismo que ni pretendió, ni aceptó de sus seguidores”.
El adviento judío espera un
Mesías de la estirpe de David, parecido a David, “un Hijo de David”, un
estratega, un estadista, un hombre que trajera la unidad, la estabilidad y la
paz a Judea, un rey pastor; un Mesías guerrero, violento y victorioso que llega
al poder a través de la violencia, que somete a sus enemigos y los convierte en
estrado de sus pies; un rey sacerdote, que santifique el templo y al pueblo,
que reparta pan y vino no sólo a su pueblo, sino a todos los que pasen por su
reino, un rey sacerdote como Melquisedec. “En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso”,
nunca un mesías como Jesús lo comprendía: Un Mesías que carga la cruz y va
camino a la cruz. Un Mesías que se niega conscientemente a dejarse seducir por
el poder, tentación que según los evangelios, lo persiguió desde el desierto
hasta la cruz. Jesús quiere servir a Dios “desde la ausencia del poder”. El
poder termina asesinándolo: El poder religioso, el poder político y el poder
económico. “El costo de
esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte”.
Esperamos a Jesús en su primera venida, en su segunda
o en todas las anunciadas por los hombres… Pero hemos cambiado a Jesús por otro
a nuestro gusto. El Jesús del inicio del cristianismo era Jesús sabio y
humilde, pastor bueno que lleva en sus brazos a la oveja negra, Jesús buen
samaritano. Un Jesús que se aleja del poder y que nos pide que para seguirlo y
servirlo debemos renunciar a todo tipo de poder: “El pecado fundamental del ser
humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y esto
es el origen de todos los otros pecados: la avaricia, que conduce a un orden
económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros
errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos
manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para
“poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros
propios pies”.
De la cruz al pesebre y del pesebre a la cruz.
Jesús es rey pero no al estilo de los de este mundo. El Mesías no esperado nace
en un pesebre, nace donde nadie se lo
imagina, nace en una noche estrellada que canta con voces angelicales y rezos y
alegría de pastores. El Mesías no esperado nace en la pobreza, nace
desprotegido, trayendo un mensaje de paz, no usa la violencia, no oprime, no
crea dependencia, sumisión y alienación. El Mesías de Dios nace en el seno de
una familia humilde, trabajadora y de fe esperanzadora. Esta familia espera
actuando, involucrándose en la obra de Dios.
En el adviento cristiano, el Mesías, el ungido,
el Cristo tenía que llamarse Jesús, porque él trae la salvación para todos los
pueblos, la salvación de Jesús es universal. La iniciativa de Dios va más allá
de nuestros presupuestos básicos como la fe en él, la aceptación de su amor y
de su perdón; va más allá de nuestras obras, de nuestro deseo de escuchar su
palabra, de amarlo y seguirlo. La iniciativa de Dios lleva una invitación
inseparable implícita pero no es una
obligación. Jesús es “Dios salva” o “Dios es mi salvador”. Eso es lo que
esperamos en el adviento, lo que esperamos es la salvación de Dios dada
gratuitamente a toda la humanidad, inclusive hasta el mismísimo momento de la
muerte. “Desde su impotencia de crucificado, pero de Señor verdadero, ofrece
perdón, misericordia y salvación” a aquel que como él se encuentra sufriendo el
mismo suplicio, pero que reconoce en él al salvador enviado por Dios con una misión: Recuperar lo perdido (Lucas 23,35-43).
El adviento es el alfa y la omega. Es un tiempo
de espera, preparación y compromiso. Adviento quiere decir “venida”, “llegada”.
Es lo mismo decir: “Bien venido”, cuando esperamos a alguien, que decirle “bien
llegado”, cuando nos agarra de sorpresa, llegó por su cuenta sin previo aviso,
como llega Jesús en la navidad. Aunque siempre estamos en adviento, en el
calendario litúrgico es un tiempo corto de cuatro semanas aproximadamente. Es
un tiempo de esperanza y de una sobria penitencia o preparación, por eso el
color litúrgico de este tiempo es el morado. Son días de recogimiento y
oración, de escucha de la palabra y de práctica cotidiana.
Es un tiempo para estar
atentos y alerta porque la salvación está cerca. La salvación comienza en Belén
y termina en Jerusalén. Comienza en la entera pobreza material y termina en la
entera pobreza del abandono aparente de Dios: “Jesús como centro total de
nuestro encuentro con Dios”. Jesús es el centro de nuestra fe. La salvación de
Dios nos llega en figura tierna y débil, desprotegido, vulnerable en un niño
que nace en la marginación en un rincón para animales. Este niño es el misterio
de Dios hecho hombre, hecho carne, hecho ser humano. Él es el misterio, la
grandeza, la esperanza y la alegría de la navidad; Dios ha visitado a su pueblo
para quedarse y para salvarlo (Is. 2, 1-5).
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