Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.
Mostrando entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas

23 de abril de 2013

Siberiano, génesis de amor… Vuelvo del campo.


Fue un día de contrastes, ayer en mi día libre. Como el día y la noche en sus matices; el sol y la sombra en el día y, la luna y la noche en la noche. Amaneció a penas con luz de día, más bien, parecía noche con un poco de luz tenue, porque el cielo oscuro humedecía la tierra con su llanto.

El clima ya no era agresivamente caluroso, sino fresco, húmedo y con brisa. Voy por la carretera de madrugada hacia el Zonte, un amigo me hizo el favor de conducirme. Contemplo con alegría todo lo que  Dios me va revelando a su paso: “Los cielos cuentan la gloria del Señor, proclama el firmamento la obra de sus manos. Un día al siguiente le pasa el mensaje y una noche a la otra se lo hace saber. No hay discursos ni palabras ni voces que se escuchen, mas por todo el orbe se capta su ritmo, y el mensaje llega hasta el fin del mundo" (Sal. 19 (18), 1 – 8)

El Zonte está ahí_ a la vuelta de la curva_ solo, fresco y húmedo. Nacen en el día las nuevas palabras, palabras de saludo y educación, las personas se encuentran y se saludan con un “buenos días”. Esta práctica en las urbes casi se ha perdido. El Zonte me espera sin saberlo porque no se mueve, es un lugar fijo. En el Zonte comienza mi día de descanso. La espera es el principio del encuentro y la felicidad; veo las montañas al fondo del horizonte y comprendo   que: “ Antes que fueran engendradas las montañas, antes que nacieran la tierra y el mundo, desde siempre y para siempre, tú eres Dios” (Sal 89, 2-4).

Mi amigo aparece por el camino aprisa y con una gran sonrisa, parece que así se describe un encuentro. Nos saludamos y abrazamos, caminamos a la par en dirección al pick up que nos espera. La alegría es tanta que no dejamos de expresarnos. El Pick up es rojo enlodado, parece que el invierno ha llegado. Es increíble voy de descanso al campo, los pulmones se me llenan de felicidad y aire fresco mañanero. El rocío de la mañana es una acción de gracias al Creador por todas sus bondades:¡Oh Señor, nuestro Dios, qué grande es tu nombre en toda la tierra! Y tu gloria por encima de los cielos… Al ver tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has fijado, ¿qué es el ser humano, para que te acuerdes de él?  ¿Qué es el hijo de Adán para que cuides de él? Un poco inferior a un dios lo hiciste, lo coronaste de gloria y esplendor”. (Sal.8, 1-8).

Comienza la ruta, el amanecer me va descubriendo la novedad en la diversidad de situaciones y de paisajes: La calle enlodada y resbaladiza, los piñales enfilados a la orilla de la calle haciendo guardia, las piedras por todos lados invadiendo la mirada y no digamos las quebradas que aparecen de repente, anunciando barro atascado. Seguimos la ruta, los perros laten y mueven sus colas de alegría, las gallinas cacarean por el patio, los cerdos “secos” y mal olientes en los lodazales refrescantes se dan la gran vida;  el río sigue su ruta, caminante inagotable siempre hacia abajo, nunca hacia arriba. 

En las casas campesinas ya despertó la vida, el humo de las cocinas anuncia el olor a comida recién hecha y calientita, el olor a la tortilla de comal es imperdible y el aroma de ese negrito madrugador con olor a café. Las vacas en el corral o cerca de las casa esperando ser ordeñadas, los niños descalzos y sin ropa aparen viendo hacia la calle donde va a pasar el pick up que nos traslada, sin detenerse. La realidad de la tierra, de nuestra tierra es que en todo está presente somos de ella y no podemos vivir sin ella: “Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato...Que la dulzura del Señor nos cubra y que él confirme la obra de nuestras manos” (Sal. 90 (89))

El camino avanza en dirección contraria al río, el río va hacia el mar y nosotros vamos hacia la montaña. Siberia en las alturas de la montaña, cantón de Chiltuipán, municipio de La Libertad. La noche sin ruido va llegando a los hogares, invade el campo como sábana de silencio. La noche tan bella como todas las noches, aparecen las luciérnagas jugando “escondelero”, se apagan y encienden en otro sitio, los grillos no dejan de gritar, chillar, llorar y relajear. La noche oculta las cosas, oculta los amores, la noche desarrolla el sentido del tacto, el roce de los cuerpos. La noche nos invita al descanso, a recuperar fuerzas e ilusiones. 
       
Amanece en Siberia, el agua fresca de Siberia termina de despertarme, el olor de la naturaleza mojada por la lluvia se parece al aroma que deja Dios cuando camina por el campo, visitando los amores sencillos, humildes y acogedores de sus predilectos los pobres del Campo. La humildad no se compra, se vive y hay que revestirnos de ella continuamente: “Revístanse de humildad unos para con los otros, porque Dios resiste a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que, llegado el momento, él los levante. Depositen en él todas sus preocupaciones, pues él cuida de ustedes.” (1 Pedro 5, 5b-7).

Amanece en Siberia, vamos camino abajo iluminando con lámpara el camino abajo; Siberia se queda atrás en silencio, a penas visible. El Regadío nos pone en dirección al Zonte, puerta hacia la Libertad. Aparece el silencioso que no duerme, el mar. El mar se mueve y sus oleajes hechos espumas cambian el horizonte. La montaña con olor a naturaleza silvestre se ha quedado atrás, el olor y la humedad del mar abren los poros de todo el cuerpo. La costa es la costa, los restaurantes a la orilla de la litoral, las veraneras multicolores, las entradas a las playas El Zonte,  El Palmar, El Zunzal, El Tunco, El Majahual, San Blas, Conchalío y finalmente nuestro puerto al que todos y todas queremos llegar: La Libertad.  La libertad es ésta: “La voluntad de Dios respecto de ustedes es que, obrando el bien, acallen la ignorancia de los imbéciles. Sean libres, pero no hagan de la libertad un pretexto para hacer el mal. Sean libres como servidores de Dios” (1Pedro 2, 15-16).

Finalizó mi día de descanso, mi espíritu retirado vuelve al trabajo cotidiano, mi espíritu vuela, desde la costa a la montaña donde Siberia Sur me espera siempre con los brazos abiertos y con su rostro sonriente. Gracias Señor por la acogida y la atención que he recibido entre los y las pobres. Todo me salió como “anillo al dedo”, pero desde hoy_ escuchando con respeto la conversación que no es conmigo, cuando todo sale bien_ incorporo la versión campesina de este dicho urbano: Todo me salió como anillo en trompa de chancho”, como lo escuché bajando de Siberia.

24 de octubre de 2012

Sin máscara ni antifaz


El joven pasado lleno de ilusiones y alegrías, carcajadas y desvelos, estudios y exámenes, caminos por los pasillos de la Universidad, trajín de gente corriendo de un aula a otra, vuelve a mi presente lleno de arrugas, cansancio, con pelo entre cano, con manchas en su piel y con una vida que contar; una vida llena de desencantos, frustraciones, desempleos, errores, narraciones vividas en carne propia. Ese pasado que es mi memoria  recuperada tiene brillo en sus ojos, ternura en su alma, sonrisa sincera, sin máscara, sin antifaz. La voz no ha perdido su tono, tono en reposo enronquecido.

Las alas del pasado han perdido su vitalidad, se han gastado en el vuelo, necesitan reposo, silencio, meditación, reconstrucción. El pasado se hace presente en mi presente lejano de veinte años atrás o más. El pasado vuelve, viene a mi encuentro con sus manos llenas y sus pies cansados; el pasado se eterniza en la conversación de muchos años, donde la vida hecha síntesis se comparte,  se va en las palabras, en la respiración, en los suspiros, en los recuerdos;  se va como el agua en mis manos que deja a su paso la frescura de su cuerpo. El pasado se hizo visible pero vuelve a sus cauces subterráneos.

La noche es el telón de fondo del escenario. El día del encuentro ha llegado. Hay una noche sin estrellas pero repleta de blancos suspiros esponjosos. La noche sin estrellas es común y corriente, porque es una noche humana, ordinaria y sin atractivos foráneos. Esta noche, tiene muchas ausencias, ausencia de Orión, Virgo, La Osa Mayor, Pegaso, Géminis y Andrómeda. La luz del cielo no es suficiente como la de la tierra.  La luz tenue del cafetín a penas me permite ver la carta. Hay frío, viento y brisa en el ambiente como en aquellos días de universidad, al salir de clase por la noche. Orión sigue influyendo en Gea. El ambiente favorece un café de especias, sabroso y caliente, humeante y seductor. La noche viene perfumada con ese olor inconfundible, ese olor que se siente al entrar a un café, es ese mismo, es el olor a café.

Hoy la ruta de mis pasos no es la misma, camino en distinta dirección. Antes, en el pasado, caminaba al sur del norte; hoy, desde varios años, camino en dirección al norte con su ala de amanecer hacia el oriente y su otra ala hacia el poniente. La flecha señala el norte, pero la calidez de mi alma busca la salida del sol y la otra parte de mí, mi mundo oscuro, oculta  la  otra ala que pertenece al poniente; esa ala invisible, camaleón de sobre vivencia, es la causante de mi desequilibrio emocional. Las dos alas juntas y en comunión son la balanza de mis brazos y el equilibrio de mis pasos. La balanza ya es parte de mí.

Todo en el encuentro es calidez. Calidez en las miradas, en las carcajadas, en los recuerdos, en lo que no pasó y está almacenado en la memoria como un acontecimiento. Esta mesa de comunión, sin mantel, se viste con el mantel invisible que hilvana el encuentro. En esta mesa redonda faltan muchos caballeros y muchas sonrisas femeninas. Hay un vacío inexistente porque los recuerdos, como hilos de cariño, les traen a nuestra presencia en su ausencia. La literatura de la vida trae a sus personajes: Quijote derrotado,  Mío Cid triunfador, Celestina eximia, Santiago Nassar bonachón, Doña Bárbara manda más y el coronel no tiene quien le escriba la despedida. 

Terminada la sesión y continuándola en la calle, las palabras llenas de vida, porque han vuelto a la vida envolviendo la vida de años atrás, se niegan a volver nuevamente al reposo acobijado. Esas palabras que no se lleva el viento, porque pesan lo que valen en oro, se niegan a volver al baúl de los recuerdos. Dos amigos caminan juntos, han compartido las espigas de sus vidas trituradas. Han compartido el café amargo de su existencia, han compartido el postre amasado en otras manos. Hombres convertidos en pan que se ha partido y repartido siempre. Amigos que vuelven cada uno a sus pasos.

La noche sigue oscura. Los pasos apuestan por llegar pronto a la meta. Los oídos, detectives de sonidos, evitan el peligro de caminar solos y a pie por las calles. El deseo, como volcán en erupción, busca  liberar la lava que quema las honduras de la tierra. El sueño ha llegado, el cuerpo entra en reposo, los recuerdos dialogados amplían los conocimientos olvidados.

En el vecindario todo huele a tranquilidad, la noche es pasajera de carruaje ligero. ¡Tenía que ser un perro! Un perro en el vecindario ha logrado desvelarme y ha convertido mi descanso en camino de altibajos. Duermo con el ladrido del perro a lo lejos, tan lejos que sólo nos separa un muro. Dicen que “perro que ladra no muerde” pero “jode” y desvela toda la noche. La noche es de mi pasado y el día es mi nuevo presente, para estar al día.

10 de octubre de 2012

Baño de Realidad Nacional



Pocas veces hace daño bañarse, refrescarse con agua fresca y cristalina en un día de verano, en un día soleado o en un día en que por los trajines de la vida cotidiana nos hemos dado una sudada que nos hace sentir insociables. Un baño de realidad como un baño de higiene y limpieza nunca le puede hacer daño a alguien.

En las universidades hay cátedras de Realidad Nacional y muy pocas veces quienes hablan se han bañado en ella, analizan la realidad desde las estadísticas, desde las entrevistas, desde los números y porcentajes. Es bueno tener personas instruidas y listas que nos instruyan y tal vez nos compartan algo de su perspicacia. En los Colegios nos llegan a dar charlas sobre la realidad, quien habla lo hace como quien tiene autoridad en la materia y quienes escuchamos nos sentimos aprendices de lo que vivimos.

Hay cátedras de la realidad que nos da la vida cotidiana, sin presunción y en silencio. La realidad está ahí mal oliente en las calles con olores a orines y excremento. Hay que respirar hondo y pasar a prisa las aceras esperando que al otro lado haya aire menos contaminado con una leve dosis de humo  color asfalto. Las personas que caminan por las calles se ven obligadas a hacerlo porque las aceras están saturas por carros peatones que tienen preferencia, las aceras son parqueos públicos y privados. El peligro se respira en cada espacio social, en cada esquina, en cada semáforo. El prójimo en la realidad es una amenaza potencial y anónima en las calles. Hay que caminar de prisa y viendo a todos lados como peatones con retrovisores.

La salud, en las calles y en los centros asistenciales nacionales, es deprimente; no se distingue con facilidad si se sigue en la calle o si ya  se está en un centro asistencial o quizá los centros asistenciales están en la calle porque la salud y el buen trato a las personas enfermas no  es una prioridad. Se ve a las personas con el rabillo del ojo y con desprecio. Los y las profesionales de la salud carecen de calidez y sensibilidad humana. No se acercan a los pacientes movidos por la compasión porque están ocupados y ocupadas con sus celulares o poniéndose al día en la vida ajena. El pariente de la persona enferma tiene que suplicar un derecho que le es suyo por ser ciudadano y por pagar sus impuestos; tiene que lidiar, levantar, empujar la camilla y exigir que se trate bien con humanidad y respeto a la persona carente de salud. Pero también hay gente buena  y generosa que tiene vocación, humanismo, amor, paciencia y buen carácter en los hospitales, pero como dicen en nuestro popular idioma, me cuento los dedos y me sobran muchos”.

La sonrisa, la solidaridad, la compasión, la ayuda, la preocupación por la persona en situación de “caída en desgracia” _porque la salud es una gracia y no tenerla es una desgracia_ todavía son realidades etéreas que deambulan por los hospitales como almas en pena y sin reposo. En pena, porque si se van de los hospitales qué sería de ellos y sin  reposo porque hay mucho que hacer con los profesionales de la salud y con las personas enfermas que no tienen  los recursos para pagar por un trato humano, cálido y cercano. Hay que recuperar los juramentos y especialmente el que hacen los médicos y las médicas: El juramento hipocrático. Un juramento de origen humanista-pagano que posteriormente fue cristianizado.

 Versión del juramento hipocrático de la Convención de Ginebra.

Ha habido varios intentos de adaptación del juramento hipocrático a lo largo de la historia. En 1945, se redactó un juramento hipocrático en la convención de Ginebra, con el texto siguiente:

"En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad. Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores. Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones. Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí. Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos. No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aún bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad. Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor". 

Al final de este baño quedo empapado de conciencia social, no sé si aseado o con más contaminación de la que ya tenía. No sé si libre o sigo oprimido por la carga de muchas décadas. No sé si conforme o crítico de lo que se ve y nadie mejora. Lo que sí sé es que ahí está, siendo escuela para quienes queramos  una dosis de criticidad y humanismo, de igualdad y respeto.

14 de junio de 2012

Río de guaces: Señal eterna de fecundación, cosecha y recolección.


Hace "gran poco de tiempo" como decimos en El Salvador para recalcar un tiempo largo, un tiempo sin memoria, he venido cargando en silencio y llevado muy escondido, el deseo, la inquietud y la curiosidad de conocer el ave, el halcón de donde se deriva el nombre de mi ciudad: Guazapa.

Como he dicho en otra ocasión Guazapa es una palabra Náhuatl que significa "Río de los guaces".  Hoy  completando mi identidad cultural comprendo muchas cosas de él y de mi mismo: Su hábitat, la montaña del cerro;  su naturaleza cazadora, se mantiene en los árboles más altos y en cielo despejado observando los movimientos;  es ave de  caza, caza para sobrevivir; su canto  es de alegría y victoria; su canto le da su nombre guacooo, guacooo, o halcón reidor, ja, ja, ja, ja. Como en toda cultura milenaria los animales, la fauna, está estrechamente unida a la vida de la población nativa. En algunas mitologías como la egipcia, la mesopotámica, la griega, la romana y la prehispánica en América, el halcón o el águila se han identificado con el poder, el dominio, la fuerza y la sabiduría. Guazapa no es la excepción.

Quiero resaltar en esta ocasión la leyenda  del Guaz, que está unida a su presencia en las montañas del Guazapa. Aunque el Guaz o Guaco se desplaza poco, es señal en el cielo para el inicio o el fin del verano o del invierno. Señal para sembrar la nueva cosecha cuando caen las primeras lluvias y señal para “tapiscar” la cosecha al comenzar el verano. Para la población nativa “el paso de los guaces” era un signo de los tiempos. Esa señal no podía pasar inadvertida dado el bullicio de su paso, surcando invisiblemente las entrañas del cielo. Esta experiencia del “Paso de los guaces” me la compartía mi abuelo Bernardino Merino al que conocí y con quien compartí su sabiduría. Mi abuelo era un genio para la narrativa. Era un especialista en la tradición oral que hoy pongo por escrito. Mi otro abuelo, Aquilino Torres, no lo conocí porque murió cuando yo apenas era semilla, ilusión esperanzada, sueño eterno.

Guazapa es un asentamiento precolombino pipil. Perteneció al Partido de San Salvador, y en la época republicana al distrito homónimo entre 1824 y 1835. Posteriormente pasó al distrito de Suchitoto. Para 1890 apareció como pueblo del distrito de Apopa, y después lo fue de Tonacatepeque. En 1918 obtuvo el título de ciudad. A través de los años ha sido conocido como Gualcapa (1570), San Miguel de Guazapa (1740), y Guazapa (1807). El topónimo Guazapa podría tener varios significados: "Río del halcón reidor", Río de los guaces", "Río que seca", "Peñón de los pitos", "Peña sonora", "Río que pita", o "Río de los pitos".

La sabiduría de nuestros antepasados nacía de la contemplación, la observación, el análisis y la experiencia.  La diversidad de significados que tiene la palabra Guazapa, la enriquecen como fuente inagotable. Mi papá me contaba que en el río hay una gran peña que hace o hacía ruidos raros, la población del lugar la conoce como “La Peña bruja”. Este nombre popular puede ser el sobre nombre de esa “peña sonora” de antaño. Todos los años en la época de verano el río Guazapa casi desaparece, parece un río invisible,  parece un río que se muere; es realmente un “río que se seca”. La sabiduría que recibió mi papá de su papá y mis abuelos de mis bisabuelos es la que hoy les comparto con gusto. Esta cultura sabia que mantenía la comunión entre ser humano, naturaleza y divinidad hay que recuperarla.

Guaz ave señal del cielo, agazapado en la montaña siempre en silencio, quieto por muchas horas, horas de espera para la caza, horas que terminan con alegría, celebración y  carcajada; su canto que parece una risa burlona no se confunde en el corazón del bosque ni en la periferia de la montaña. Con su carcajada nada tímida, pierde  el silencio, el camuflaje, el anonimato; se descubre a sí mismo, se muestra, se da a conocer. Vuelve a la altura, vuelve a la observación, vuelve a la cacería, vuelve a ser el halcón reidor.

6 de junio de 2012

Blanco Pointer Torres


Este relato me lo compartió una amiga por el correo electrónico. Tiene mucha enseñanza en varios aspectos: Lo que se vive en la tercera edad, la paciencia de una hija con su padre, el rescatar la vida de un perro y cómo Dios hace los milagros uniendo tantas vidas destruidas en una experiencia de amor. Espero les ayude y puedan sacar sus propias conclusiones para su vida personal. Yo tengo un perrito que le acabo de salvar la vida y es mi amigo inseparable los fines de semana que voy a mi pueblo. Me devuelve la vida y la ilusión. Jugamos hasta hartarnos. Sólo le falta hablarme: Mi perro se llama Blanco y se parece en mucho a uno de los ejemplares sólo que en versión negro con blanco.

¡Casi chocas con ese auto de costado! Me gritó mi padre. "¿Es que no puedes hacer nada bien?"
Esas palabras me dolieron más que un golpe. Volví mi cabeza hacia el anciano sentado en el asiento junto a mí, desafiándome a contestarle. Se me hizo un nudo en la garganta, y aparté los ojos. No estaba preparada por otra pelea.

"Yo vi el auto, papá. Por favor, no me grites cuando manejo."
Mi voz fue medida y firme, que sonaba mucho más calmada de lo que realmente me sentía.

Mi padre me miró furioso, después volvió su cabeza y se mantuvo callado. En casa lo dejé enfrente del televisor y fui afuera para componer mis pensamientos. Había oscuras y pesadas nubes en el cielo, prometiendo una lluvia. Un trueno distante retumbó como si fuera el eco de mi agitación interna. ¿Qué puedo hacer con él?

Mi padre había sido leñador en el estado de Washington y en Oregon. Había disfrutado de vivir al aire libre y le gustaba medir su fuerza contra el poder de la naturaleza. Había entrado en agotadoras competiciones de leñadores, y a menudo ganaba. Los estantes de su casa estaban llenos de trofeos que probaban su habilidad. Pero los años pasaron implacables. La primera vez que no pudo levantar un pesado tronco, hizo una broma sobre eso; pero luego el mismo día lo vi afuera solo, tratando de levantarlo. Se volvió irritable cada vez que alguien le hacía bromas sobre estar envejeciendo, o cuando no podía hacer algo que hacía cuando era joven.

Cuatro días antes de cumplir sesenta y siete años, tuvo un ataque al corazón. Una ambulancia lo llevó al hospital mientras el paramédico le hacía resucitación para mantener la sangre y el oxígeno circulando.

En el hospital, lo llevaron corriendo al cuarto de operaciones. Tuvo suerte, sobrevivió. Pero algo en el interior de papá, murió. El gusto por la vida desapareció. Obstinadamente se negaba a seguir las órdenes del doctor. Las sugerencias y los ofrecimientos de ayuda eran rechazados con sarcasmo e insultos. El número de visitantes disminuyó, y finalmente cesaron. Papá quedó solo.

Mi esposo Dick y yo le pedimos que venga a vivir con nosotros a nuestra pequeña granja. Esperábamos que el aire libre y la atmósfera de granja le ayudaran a ajustar su vida.

Una semana después de venir, ya me arrepentí de la invitación. Nada le parecía satisfactorio. Criticaba todo lo que yo hacía. Me sentí frustrada y deprimida. Pronto me di cuenta que estaba desahogando mi rabia con Dick. Empezamos a discutir y pelear.

Alarmado, Dick buscó al pastor y le explicó la situación. El pastor nos dio citas de consejería para nosotros. Al final de cada sesión, él oraba, pidiendo a Dios que calmara la turbada mente de papá.

Pero los meses pasaban y Dios guardaba silencio. Había que hacer algo y era yo la que lo tenía que hacer.

Al día siguiente me senté con la guía telefónica y llamé a cada una de las clínicas mentales que había en el libro. Expliqué mi problema a cada una de las voces llenas de simpatía que me contestaron. Justo cuando estaba perdiendo la esperanza, una de esas amables voces de repente exclamó, "¡Recién leí algo que podría ayudarla! Déjeme ir a buscar el artículo..."

Escuché mientras ella leía. El artículo describía el sorprendente estudio hecho en una clínica geriátrica. Todos los ancianos pacientes estaban con tratamiento por depresión crónica. En todos ellos sus actitudes mejoraron en forma excepcional cuando se les dio la responsabilidad de cuidar un perro.


Fui a la municipalidad a ver los perros ofrecidos en adopción. Después que llené un formulario, un oficial uniformado me llevó a los corrales de los perros. El olor a los desinfectantes inundó mi nariz cuando entré a las filas de jaulas. Cada una contenía de cinco a siete perros. Los había de pelo largo, enrulado, unos negros y otros con manchas que saltaban, tratando de alcanzarme. Los fui estudiando uno por uno pero los rechacé a todos por distintas razones, demasiado grande, o demasiado chico, o demasiado pelo, etc.

Cuando llegué al último corral, un perro desde la esquina más alejada se paró con dificultad, caminó hacia el frente de la jaula y se sentó. Era un pointer, una de las razas aristócratas del mundo de los perros. Pero éste era una caricatura de la raza.

Los años habían puesto en su cara y hocico un poco de gris. Los huesos de sus caderas sobresalían en triángulos desiguales. Pero fueron sus ojos que atraparon mi atención. Calmados y límpidos, me observaban fijamente.

Apuntando al perro, pregunté, ¿Qué me dice de éste? El oficial miró, y sacudió su cabeza, intrigado. "El es un poco raro. Apareció no se sabe de dónde, y se sentó en el portón del frente. Lo entramos, pensando que quizá alguien viniera a reclamarlo. Eso fue hace dos semanas y nadie ha venido. Su tiempo termina mañana". Hizo un gesto, como que no se puede hacer nada.

Mientras las palabras entraban a mi mente, me volví al hombre con horror... "¿Quiere decir que lo van a matar?"
"Señora", dijo dulcemente, "Es el reglamento. No hay lugar para todos los perros que nadie reclama."

Miré al pointer otra vez. Sus calmados ojos marrones esperaban mi decisión. "Lo tomaré", dije. Y manejé hasta casa con el perro sentado en el asiento delantero a mi lado. Cuando llegué a casa, toqué la bocina dos veces. Lo estaba ayudando a bajar del auto cuando papá apareció en el porche del frente... “¡Mira lo que te traje, papá!” dije entusiasmada.

Papá miró, y puso una cara de disgusto. “Si yo quisiera un perro lo hubiera buscado. Y hubiera elegido uno mejor que esta bolsa de huesos. Quédate con él, yo no lo quiero.” Agitó su brazo despectivamente y empezó a caminar hacia la casa.

El enojo creció dentro de mí. Me apretaba los músculos de la garganta y sentía latidos en las sienes. “¡Es mejor que te acostumbres a él, papá, porque se queda con nosotros!”

Papá me ignoró... “¿Me escuchaste, papá?” Grité. A estas palabras papá se volvió enojado, con sus manos apretadas a sus costados, con sus ojos entornados con odio.

Estábamos parados mirándonos fijamente como duelistas, cuando de repente, el pointer se soltó de mi mano. Fue cojeando despacio hasta mi padre y se sentó frente a él. Entonces muy despacio, cuidadosamente, levantó la pata delantera.

La quijada de mi padre tembló mientras se quedó mirando la pata levantada. La confusión reemplazó la ira de sus ojos. El pointer esperaba pacientemente. De pronto, papá estaba arrodillado, abrazando el animal.

Fue el principio de una cálida e íntima amistad. Papá lo llamó Cheyenne. Juntos, él y Cheyenne exploraron el vecindario. Pasaron largas horas caminando por polvorientos caminos. Iban a las orillas de los rápidos ríos, a pescar sabrosas truchas, pasando largos momentos de reflexión. Incluso comenzaron a ir juntos a la iglesia los domingos, mi padre sentado en un banco y Cheyenne echado silencioso a sus pies.

Papá y Cheyenne fueron inseparables a través de los tres años siguientes. La amargura de mi padre se desvaneció, y él y Cheyenne hicieron muchos amigos.

Entonces, una noche, muy tarde, me extrañó sentir la fría nariz de Cheyenne revolviendo nuestras frazadas. Nunca antes había entrado a nuestro dormitorio en la noche. Desperté a Dick, me puse el salto de cama y corrí al cuarto de mi padre. Papá estaba en su cama, con una faz serena. Pero su espíritu se había ido silenciosamente en algún momento durante la noche.

Dos días más tarde, mi dolor se hizo todavía más profundo cuando descubrí a Cheyenne tendido muerto junto a la cama de papá. Envolví su cuerpo en la alfombra sobre la cual siempre había dormido. Mientras Dick y yo lo enterrábamos cerca de su lugar favorito de pesca, le agradecí silenciosamente por la ayuda que me había dado para devolver a mi padre la paz y tranquilidad.

La mañana de funeral de papá amaneció nublada y sombría. Este día se ve de la misma manera que yo me siento, pensé, mientras caminaba hacia la línea de bancos de la iglesia reservados por familia. Estaba sorprendida de ver la cantidad de amigos que papá y Cheyenne habían hecho, que llenaban la iglesia. El pastor comenzó su elogio del difunto. Fue un tributo para papá y para el perro que había cambiado su vida.

Entonces el pastor citó Hebreos 13:2. “No dejes de dar hospitalidad a forasteros, porque haciéndolo, algunos han recibido ángeles sin saberlo.” “Muchas veces he agradecido a Dios por haberme enviado un ángel,” dijo.

Entonces me di cuenta, y el pasado cayó todo en su lugar, completando un rompecabezas que no había visto antes: aquella amable y simpática voz que me leyó aquel artículo sobre el estudio en la clínica geriátrica. La inesperada aparición de Cheyenne en el lugar de los perros para adopción. Su calmada aceptación y completa devoción a mi padre y la proximidad de sus muertes. Y de repente, comprendí. Me di cuenta que, ciertamente, Dios había contestado mis plegarias en busca de su ayuda.

 La vida es muy corta para hacerse dramas por cosas sin importancia, así que: RIE CON FUERZA, AMA CON SINCERIDAD Y PERDONA RAPIDAMENTE. VIVE MIENTRAS ESTES VIVO. PERDONA AHORA A AQUELLOS QUE TE HACEN LLORAR. QUIEN SABE SI TENDRAS UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.

Blanco Torres.

Comparte este correo con alguien. Puede que sea de ayuda a alguien que sufre. El tiempo perdido nunca se puede recuperar. "EL TIEMPO PERDIDO HASTA LOS SANTOS Y SANTAS LO LLORAN". Dios contesta nuestras plegarias a Su manera... no a la nuestra...












16 de diciembre de 2011

Letras hechas sentimientos.


Estoy entrando en un nuevo espacio, puerta ancha y estrecha al mismo tiempo: el ámbito del lenguaje y la literatura; y aunque en mis venas corren las letras hechas sentimientos, las palabras que expresan pensamientos y  construcciones literarias, figuras, estilos, géneros y hasta  reflexiones sobre la lengua castellana, se me vuelve novedad conocer no sólo la piel, el aroma y el vestido colorido del lenguaje, sino también su estructura ósea y nerviosa, su sistema sanguíneo y respiratorio y, especialmente, su sistema digestivo para digerir los bocados que me alimenten y me den la salud para mantenerme de pie y laxitud en el aula de clases, donde muchos y muchas esperan el pan de la palabra, la ensalada de géneros, la sopa de letras, los espaguetis de las oraciones, la tortilla tostada “quiebra dientes” de las conjugaciones verbales y el postre de saber y escribir con felicidad, dulzura con  “sabor a quiero más” y al final del banquete de este año lectivo saborear en el paladar y en el corazón la belleza y exquisitez  de nuestro idioma.

Me basta y no es poco, que los alumnos y alumnas amen su idioma y no lo degraden,  que sepan pensar, que sepan hablar y que sepan escribir porque con estas herramientas podemos transformar el mundo, la realidad y la historia, si cultivamos el hábito de la lectura, del análisis, la crítica y las nuevas propuestas.

La soledad nos hace ver las cosas de distinta manera, el silencio oxigena el pensamiento  y la creatividad sale a correr todos los días. Caminaba a los baños por los pasillos llenos de frescura y libertad; veía las plantas ornamentales en fila con disciplina, uniformadas de verde; pisoteaba los ladrillos que recuerdan otras épocas, otros ires y venires, otro edificio, el de antaño, la fortaleza, el monumento de lo que fue en aquella época el Externado de San José en su época de oro, dicen algunos anacrónicos.

Caminaba sobre esos ladrillos que guardan silencio porque nadie les pregunta nada, ni escuchan sus voces las sordas paredes nuevas que sostiene el  techo del saber. Esos pasillos que son la continuación de otros hacia atrás y hacia delante porque el tiempo en estos ámbitos institucionales se bambolea de generación a generación. De hecho la tradición se enraíza en el tiempo.

El tiempo en estos pasillos se hace eterno y se queda en dosis de eco en cada orificio, en cada poro de los ladrillos, en cada hoja, en cada árbol, en cada espacio que une la grama, en cada respiro del viento, en cada brazo de la noche y en cada cabello rubio oxigenado del sol radiante de cada día, cuando los pájaros se van y toman sus lugares los pájaros y pájaras del futuro, esas aves pasajeras que hacen del Colegio, de este Colegio, de su Colegio su propio nido. La esperanza es que estas aves que aman la libertad y vuelan en sus alas, sean verdes como la esperanza. Que estas aves verdes donde quiera sean verdes.

En esta realidad externa e interna los dichos cobran vida y tienen contenido: “Ojos que no ven, corazón que no siente”;  “a palabras necias, oídos sordos”; “dime de qué presumes y te diré de qué careces”; “amor, tos y humo no se pueden esconder”. Estos y otros dichos están referidos al cuerpo y especialmente a los sentidos, por eso viene a mi memoria el cuerpo docente y especialmente su sentido. 

La docencia del Colegio es la mano amiga, el corazón compasivo y solidario, la mirada que protege y desconfía, los pasos firmes y disciplinarios, los pensamientos e ideas que se comparten y el amar en todo momento son, finalmente, la cajita de sorpresa en cada período mensual de exámenes, donde se verifica que “guerra avisada no mata soldado”; “genio y figura hasta la sepultura”; “muerto el capital acabado el interés”; “es mejor deber plata que favores”;  “cachetada en cuero ajeno no duele”; y para terminar, “los años no vienen solos”. Este cuerpo tiene una misión y es para la misión. Espero no molestar, sino compartir mis primeras impresiones, en este nuevo trabajo. Gracias.

11 de noviembre de 2011

Reflexión confesada.


Con dolor de parto el verano había llegado. El cielo había llorado por semanas. La tierra era un caos. Los ríos habían roto su cauce natural  y como manantiales eternos, sin fin, se llevaban todo a su paso. La fuerza de la vida se convertía en muerte, en dolor, en sufrimiento, desolación y hambre. Los rostros trabajadores de las tierras bajas, de las tierras del sur, se llevaron  no la mejor, sino la peor parte. El sol insolidario había desaparecido, las nubes grises cubrían su rostro. "El sol brillaba por su ausencia".

La suerte de muchos seres humanos estaba echada en la mesa de la desgracia. Las imágenes de la vida pisoteada pasaban sin freno en los noticieros. Las voces y testimonios de la desgracia buscaban en sus pocas pertenencias, buscaban entre lo poco recuperado, la ropa, el harapo de la esperanza. Las tierras que por varios meses habían llevado en sus entrañas las semillas de la vida, el pan del futuro y la liberación de deudas contraídas, se había convertido en la base de la desgracia. La tierra se había ahogado, no pudo salir a flote. La tierra estaba empapada y esterilizada.

Todo era silencio, los pájaros mojados buscaban refugio, buscaban techos caseros, buscaban calor humano. Los árboles arrancados y derribados, navegaban como barcos de papel en las correntadas ingobernables del invierno. El horizonte parecía un espejo empañado, sin colores, sin luz, sin esperanza. Los grises del cielo velaban el universo estrellado allá arriba, allá afuera. La casa de Dios estaba vacía. No se había quedado nadie. Ni San Pedro con sus llaves. La orden de Dios: “El último en salir apaga la luz”.

La luz había bajado, la luz se había encarnado, toda la corte celestial había bajado, estaban empapados y empapadas de amor solidario, nadaban rescatando vidas de seres humanos, consolaban en los albergues, recogían víveres, cobijas y todo lo necesario para que Dios no fuera olvidado. El buen samaritano estaba empapado de amor, de lluvia, de sufrimiento y desgracias, pero todavía seguía sonriendo. Dios sonreía de felicidad al ver el movimiento, la iniciativa, el compartimento. El Hijo de Dios había triunfado, sus enseñanzas estaban surtiendo efecto y daban afecto.

Bendito sea Dios. Bendito sea su Santo nombre. Bendito sea Dios en su santísimo sacramento: El ser humano. Bendito sea Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre. Bendita sea la Virgen María en todas las mujeres, bendita la madre de Dios en todas las madres. Benditos los seres celestiales, los ángeles custodios, los ángeles de la guarda, los arcángeles conocidos y los clandestinos que sin esperar nada a cambio dan todo en sus manos.

Era verano. Había llegado el verano, vestido de púrpura y oro. Era tarde... La noche estaba llegando. La lluvia se había calmado. El domingo se nos iba de las manos. Se abrió la puerta. La luz había abandonado el recinto y la pared blanca seguía hablando. En la noche llena de ruidos callejeros, buses invisibles y humo asfixiante, estaba tu rostro, rostro sereno, secreto, desconfiado, rostro iluminado. Estaba tu rostro imperceptible, era tu rostro moreno, pedacito de cielo estrellado. El silencio tiene olor a sencillez y tu sonrisa desdibuja el duro rostro del tiempo. Las palomas mensajeras han hecho de tus labios el nido dulce de sus besos.

Era verano. La noche se había retirado, se había ido a su casa a descansar para amanecer en un nuevo día. Era verano y el tiempo se fue de mis manos. Verano y sus dulces con sabor a chocolate, verano y sus yogures derramados, verano amaneció hecho alfombra de colores, cortinas llenas de flores y con un cielo oscuro habitado de estrellas, lleno de constelaciones, lleno y satisfecho de luz en tu ausencia. El verano y sus noches me recuerdan tu rostro iluminado. En tus ojos oscuros la noche no ha perdido su brillo. Gracias.