Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.
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12 de diciembre de 2015

DESCUBRIR LA VIDA Y LA ESPERANZA

“Insensatos han sido todos los hombres que no han conocido a Dios y no han sido capaces de descubrir, a través de las cosas buenas que se ven “Aquel que es” y que no han reconocido al artífice, fijándose en sus obras, sino que han considerado como dioses al fuego, al viento, al aíre sutil, al cielo estrellado, al agua impetuosa o al sol, y a la luna, que rigen al mundo” (Sab. 13, 1-9). El Dios de la vida y de la esperanza, belleza de toda belleza; belleza de donde se desprende toda belleza en sus creaturas, las creó para que viéndolo en sus criaturas nos acerquemos a su amor permanente e incondicional, “pues reflexionando sobre la grandeza y hermosura de las creaturas se pueda llegar a contemplar a su creador”. Si la sabiduría nos hace sabios para conocer e investigar el universo, ¿por qué no nos hace sabios para contemplar a su creador, nuestro creador?

Debemos estar siempre con apertura a lo nuevo, a lo inesperado, a los roces de sabiduría que, cuando menos esperamos, nos llegan como cartas con buenas noticias. Escuche que alguien decía algo inesperado, hace un tiempo atrás. Decía  que “Darle esperanza a alguien es darle un cruel obsequio con graves consecuencias”. Si la esperanza me devuelve la vida, la salud, el perdón, nuevos horizontes y me libera de mis temores, esos que como guardias encarcelan mi libertad, entonces son graves consecuencias. Bienvenida sea siempre la esperanza a mi casa, siempre será mi querida invitada.

Ante tanta bondad desbordante, que cae y se esconde hasta que sale por todos los poros de la tierra, al ser humano redimido le queda solamente, frente a su Creador, expresar una acción de gracias. Una acción de gracias es el acto agradecido de quien reconoce la bondad existente fuera de su ser pero que al vivenciarla, se siente agradecido o agradecida. Entonces la gracia como bondad ha llegado a lo más hondo de su ser para quedarse a vivir en su humanidad redimida y agradecida. La gracia, amor incondicional de Dios, refresca, fructifica y llena la tierra. Donde esté y donde vaya ahí está la gracia de Dios en todo lo que está lleno de vida, genera vida y alimenta la vida. Gracias Señor porque tu gracia camina en nuestras veredas adornadas con campanillas, en nuestros caminos polvosos y en las calles en mal estado; tu amor no se detiene, sabe que viene a nuestro encuentro. Tu gracia, Señor, hace llevadera nuestras desgracias.

Si tuviéramos ojos llenos de amor y gracia, podríamos contemplar tu presencia santa entre los árboles, en los jardines caseros, en el encuentro con el vecino o la vecina, en el saludo a un adversario, en el aire que llena nuestros pulmones con aliento de vida. Si pudiéramos contemplar tu amor y tu gracia, todo lo pudiéramos en aquel que nos conforta y nos ama. Si pudiéramos contemplar tu amor y tu gracia podríamos descubrir la vida y la esperanza que renace en los brotes de una higuera, como lo hizo Jesús (Mc. 13, 24-32). La Higuera supera la muerte del invierno y retoña en la primavera para que su fruto sepa a un verano que sabe a miel, la miel exquisita del higo. La muerte le da paso a la esperanza. Hay que morir para vivir.

Al final del invierno, cuando el verano lucha por  ocupar el primer puesto, puedo agradecer a Dios que su amor hecho semilla ha comenzado a recogerse. En esta tierra, que es nuestra casa, vienen tus hijas saliendo de la tierra, vestidas de esperanza, con sus hijos e hijas cargados y cargadas  a la altura  de sus cinturas, engalanadas todas ella con diademas de espigas doradas; son ellas nuestro pan, nuestro alimento, nuestro sustento en nuestra casa la tierra, el planeta tierra. En cualquier dirección, donde descansa la mirada, veo tu amor hecho fruto: Las piñuelas en los cercos, los ayotes perdidos en el monte unidos a sus guías, las papayas hechas “puño” en el cuello del papayo, las jícamas disfrazadas de tierra blanca,  los limones amarillos que han madurado con el tiempo; veo Señor con otros ojos lo que siempre se ha dado frente a ellos: “No busquen a Dios, dijo el Maestro. “Limítense a mirar…y todo les será revelado”. “Pero ¿Cómo hay que mirar? “Siempre que miren algo, traten de ver lo que hay en ello, nada más”. Los discípulos quedaron perplejos, de modo que el Maestro lo puso más fácil: “Por ejemplo, cuando miren a la luna traten de ver la luna y nada más”. “¿Y qué otra cosa que no sea  la luna puede uno ver cuando mira a la luna? “Una persona hambrienta podría ver una bola de queso. Un enamorado, el rostro de su amada. Un idealista una luna enjabonada y un niño a una señora que le debe dar pan: “Luna dame pan, si no tenés, andá al volcán”.

Por lo tanto, nunca se tiene la mirada perdida, porque toda mirada ve hacia un horizonte, real o imaginario. La mirada no está vacía, está llena de recuerdos, experiencias, vivencias que se mecen en el trapecio escondido, sostenido en el árbol de la vida y en el árbol del bien y del mal. La mirada nos delata porque deja ver de lo que estamos llenos, repletos, saturados. La mirada libera cuando incursionan otros horizontes, esos que nos están prohibidos por la moral, la religión, la sociedad, nuestros tabúes y temores. La mirada es la puerta de lo posible, de la utopía, de lo que no es pero puede llegar a ser. Miremos siempre hacia adelante, nunca para atrás.


La mirada es la luz de nuestros pasos, la brújula de nuestros caminos. Podemos caminar por las sendas que están llenas de espinas y a eso le llaman sacrificio. Podemos caminar por las sendas resecas de verano y a eso le llaman desolación. Podemos caminar por las sendas con el lodo hasta los tobillos y a eso le llaman pecado. Podemos caminar por las sendas llenas de flores y a eso le llamamos paraíso. Podemos caminar sobre las sendas que se forman en el agua y a eso le llamamos milagro. Podemos caminar por las sendas de la imaginación y a eso le llamamos idealismo. Podemos caminar porque tenemos pies, pies humamos, pies que tropieza, se lastiman, pies que nos sostienen y nos ponen en la senda que nos lleva hacia el Padre, para que lo conozcamos y lo amemos más. “Dios tiene un gran defecto: No puede dejar de ser Padre” (Papa Francisco).

26 de septiembre de 2013

Dios es asombroso.

Nuestra mirada siempre está dirigida al cielo desde la tierra. Cuando el ser humano deja de mirar al cielo, pierde su horizonte y sus aspiraciones. Deja de contemplar la grandeza de Dios y cuando abaja su mirada, sólo ve tierra, su origen, y abismos, su destino sin Dios.

Para el salmista, “el temor del Señor es un diamante, que dura para siempre; los juicios del Señor son verdad, y todos por igual se verifican. Son más preciosos que el oro, valen más que montones de oro fino; más que la miel es su dulzura, más que las gotas del panal. También son luz para tu siervo, guardarlos es para mí una riqueza. Pero, ¿quién repara en sus deslices? Límpiame de los que se me escapan. Guarda a tu siervo también de la soberbia, que nunca me domine. Así seré perfecto y limpio de pecados graves.  ¡Ojalá te gusten las palabras de mi boca, esta meditación a solas ante ti, oh Señor, mi Roca y Redentor! (Sal 18,10-15).       

Desde niño me enseñaron a mirar al cielo y pude contemplar los cielos estrellados de verano, noches claras como el día; pude contemplar los amaneceres nublosos e iluminados de invierno y aprendí a extender mis manos al cielo para rezar: “Luna deme pan, si no tenés anda al volcán”. Pero la luna tan llena e iluminada sólo era mensajera de alguien distinto a ella y a mí; mi Padre era Dios: Hoy puedo confesar: “los cielos cuentan la gloria del Señor, proclama el firmamento la obra de sus manos. Un día al siguiente le pasa el mensaje y una noche a la otra se lo hace saber. No hay discursos ni palabras ni voces que se escuchen, más por todo el orbe se capta su ritmo, y el mensaje llega hasta el fin del mundo (Sal. 18, 1-5).
Aprendí quién era Dios contemplando la obra de sus manos y conocí a Jesús de Nazaret escuchando su Palabra, porque él es la Palabra de Dios hecho ser humano. Dios se ha hecho ser humano por mí, quiere que lo ame desde lo que soy. Dios es asombroso y Jesús es admirable por su humanidad. El ser humano está llamado a traslucir a Dios en Jesús.

Dos cosas quiero pedir al Señor como lo expresa el Salmo 100: “Dame,  Señor, tu bondad y tu Justicia”. Así como una criatura extiende su mano a su padre o a su madre para pedirle lo que necesita: Amor, seguridad, confianza, alimento; también los cristianos y cristianas debemos extenderle la mano a Dios, para pedirle a Yahvéh, lo que tanto necesitamos para humanizar más nuestras relaciones interpersonales, nuestras relaciones sociales, nuestras relaciones económicas y políticas: Bondad y justicia, valores y actitudes casi extintas de nuestro quehacer y de nuestro credo religioso.

El salmista desea cantar la bondad y la justicia como se canta un canto de alabanza a aquel que es nuestra razón de ser; la bondad y la justicia no sólo son un canto de la creatura, sino la música que llega al cielo. Música agradable a los oídos de Dios. La bondad y la justicia son el camino perfecto de una religión que busca alabar, bendecir, hacer reverencia y servir a Dios como Señor de todos los pueblos y de todos los seres humanos. Si las religiones son caminos, opciones posibles hacia Dios, la bondad y la justicia es lo que les da consistencia, es decir, les da a las religiones “propiedad de lo que es duradero, estable y sólido”.

La bondad y la justicia nos hacen tener una recta conciencia y nos separan de asuntos indignos y acciones criminales: “Dame,  Señor, tu bondad y tu Justicia”. Por bondad y justicia he de callar al que difama a su prójimo o prójima. La integridad de la persona es sagrada y se debe defender como un valor moral que nos hace ser verdaderas personas creyentes. Quien difama es cobarde porque usa el anonimato para decir en lo oculto, en lo oscuro, lo que debería decir “cara a cara”, en pleno día, a la persona afectada. Decir las cosas cara a cara es también justicia y bondad.

Dios en su bondad nos hizo personas bondadosas, personas con calidad de buenas, con tendencia hacia lo bueno. En la obra de Dios no hay maldad: “En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gen. 1, 1-2). Cuando todo comenzó, allá en el principio, cuando no existía nada porque nada había, sino sólo La Nada, que es la no existencia, el vacío y el caos; Dios crea lo más alto de la creación y lo más hermoso de ella: El cielo y la tierra. La nada quiere hacer desaparecer a Dios, porque “la nada es la inexistencia, la ausencia absoluta de cualquier ser o cosa”.
Entre el cielo y la tierra todo es posible. “Entre la cielo y el tierra” se da una relación de amor y brota la vida. “La cielo se viste de gala con su vestido de noche y brillos de estrellas; abraza al tierra que reposa y descansa; el tierra la hace suya.  Este amor fértil, este amor apasionado que hace al hombre ver estrellas y a la mujer la hace dormir abrazada y enamorada en la tierra, es el principio de la creación de Dios.

Al principio existía lo que existía pero no era el principio creador, porque el principio creador aleteaba sobre la superficie del caos, del desorden, de la no existencia. La confusión no puede ser el principio; la nada no puede ser el principio;  las tinieblas no pueden ser el principio; los abismos no pueden tampoco serlo, sino el Espíritu de Dios que aletea sobre la calma del mar dormido, de las aguas fecundas de muerte y vida, de los amaneceres pintados de luz, al comienzo de un nuevo día.

Cuando no existía nada de lo que hoy existe, dice el hagiógrafo bíblico, todo era confusión, no había nada, las tinieblas cubrían los abismos mientras el Espíritu de Dios aletea sobre las aguas. El Dios libre que por amor hace personas libres aletea con su espíritu, con su aliento al “Gigante dormido” para que aire, tierra y agua se unan al proyecto de la bondad y la justicia en un ser humano que extiende su mano pidiendo siempre al Padre bondad y justicia.

Confieso desde la grandeza de este Dios creador y desde mi ser criatura creada que un corazón bondadoso y justo reconoce: “Del Señor es la tierra y lo que contiene, el mundo y todos sus habitantes; pues él la edificó sobre los mares, y la puso más arriba que las aguas. ¿Quién subirá a la montaña del Señor? ¿Quién estará de pie en su santo recinto? El de manos limpias y de puro corazón, el que no pone su alma en cosas vanas ni jura con engaño. Ese obtendrá la bendición del Señor y la aprobación de Dios, su salvador”  (Sal.24, 1-5).


Terminemos este texto citando a San Agustín, un hombre que se convirtió al cristianismo, que hizo cambios radicales en su vida y entró en un proceso de conversión y de búsqueda incansable de la verdad: “Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo…, interroga todas estas realidades. Todas te responderán: ¡Míranos: Somos bellos! Su belleza es como un himno de alabanza. Estas criaturas tan bellas, si bien son mutables, ¿quién la ha creado, sino la Belleza inmutable?” Dice el Papa Benedicto XVI: “Pienso que debemos recuperar y hacer recuperar al hombre de hoy la capacidad de contemplar la creación, su belleza, su estructura”.

12 de septiembre de 2013

“La humildad es transparente como el agua”.

Dios es amor y “el amor es una relación de donación y gratuidad”. Dios se humaniza en lo humano, lo humano está llamado a la humildad y a la gratuidad agradecida. Desde su encarnación Dios opta por las personas humildes. La relación que Dios quiere establecer con los seres humanos es de amor y no de temor, de comprensión no de represión, de aceptación libre no de imposición. El amor no se puede reducir a la norma, al mandato, al decreto, sino a la donación total de mí mismo o de mi misma a Dios y a los prójimos y prójimas. El amor nos hace ser personas humildes porque nos donamos gratuitamente. La humildad es donación.

“Toda sabiduría viene del Señor y con él permanece para siempre” (Eclesiástico 1, 1). La humildad es el principio de la sabiduría. La persona sabia es la que aprende algo todos los días y aprende de quien menos lo espera. “Los sabios y entendidos” creemos tener respuesta a todo y esa falsa seguridad va creando en nuestro interior algo distinto y contrario a la humildad. Lo contrario a la humildad es el orgullo. “El Señor fue quien creó la sabiduría; la vio, le tomó las medidas, la difundió en todas sus obras, en todos los seres vivos, según su generosidad. La distribuyó con largueza a todos los que lo aman” (Eclesiástico 1, 9-10).

Se puede hablar mucho de la humildad y no ser humilde; se puede conceptualizar de distintas maneras la humildad y no llegar nunca a definirla. “El orgullo no repara” me decía un hombre humilde, que aprendió la humildad luchando contra el orgullo. El orgullo atropella y no da un paso atrás. El orgullo deshumaniza y pudre a la persona desde su raíz, porque el mal se ha enraizado en toda su persona  (Sirácide 3, 19-21. 30-31). La persona dadivosa es buena y admirable, pero la persona humilde se da a amar con mayor facilidad. “Hazte  tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”. La persona sabia es la persona prudente que medita en su interior las sentencias de las demás personas  y  su gran anhelo es saber escuchar.

Estando frente a un anciano que vive en un asilo, escuche su reflexión sobre la humildad. Una reflexión sencilla, libre, profunda y sin presunción. Me dijo: “La humildad es transparente como el agua” y yo le agregué que si era así, que los seres humanos deberíamos beber mucha agua para ser transparentes como la humildad”. Después de esa reflexión he seguido pensando en lo mismo y en las personas que son transparentes como el agua: María la Madre de Jesús, Isabel la Madre del Bautista, José el padre del carpintero, y por su puesto Jesús de Nazaret.

Jesús se define a sí mismo como manso y humilde (Mt. 11, 28-30); en las bienaventuranzas también llama felices a quienes son mansos o humildes, esto significa ser personas bondadosas, tranquilas, pacientes y humildes (Mt 5,3-12); María la Madre de Jesús es una mujer humilde de condición social y de condición humana. Su fe la lleva a la humildad. En el canto del Magnífica expresa su fe, esa fe que la ha hecho comprometerse con Dios por amor a su promesa, ella tiene fe desde su condición de anawim, es decir, “pobre material que posee una libertad interior ante las cosas, pues su riqueza es Dios en quien confía plenamente”. Los anawim, son “los que humilde y mansamente se inclinan ante Dios” y confían totalmente en su misericordia. María dice al ángel: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho.» (Lc.1, 38). Ponerse en condición de servidora o servidor del Señor nos hace ser personas servidoras de los y las demás. La humildad es servicio. 

Isabel, la madre de Juan el Bautista, ante la visita inesperada de María, celebra con gozo y alegría ese encuentro diciendo:¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!» (Lc. 1, 43-45). Isabel es una mujer humilde, reconoce la grandeza de Dios y la humildad de quienes están llenos y llenas de él, las personas humildes nos hacen presente a Dios, sólo las personas humildes son las que le dan  gloria. La humildad de Juan el Bautista está en que dice la verdad  a los hipócritas como Herodes y se reconoce indigno de desamarrar las sandalias de Jesús, el Hijo de José.

La humildad no es apocamiento, no es sentirnos inferiores, no es ser personas tímidas o personas  faltas de autoestima, no es pobreza sociológica y menos suciedad. La humildad es sentirnos bien agradecidos y agradecidas con Dios, es decir la verdad, es darnos a respetar y defender nuestros derechos. Una persona humilde es una persona agradecida. El amor es verdadero sólo en la medida en que es gratuito. La persona humilde es la que siendo grande de hace pequeña por opción, no es la que sintiéndose grande se mantiene en su grandeza. Lo contrario a la humildad es el orgullo y el orgullo no repara, no retrocede, no reconstruye.”La humildad, una virtud muchas veces mal comprendida, y quizás, contraria a muchas actitudes donde la competitividad, la eficacia, el ganar, el éxito no nos permiten ver lo positivo que puede resultar vivir y aferrarnos  a esta virtud: ser humildes.

13 de marzo de 2013

Elige la vida y vivirás.


El árbol echa raíces en la tierra que lo sostiene, que lo ve nacer; en apariencia no importa el tipo de tierra que lo alimenta pero es “pura apariencia,” porque no existe árbol sin raíz. En mi vida he visto árboles de todo tipo, he visto frondosos, torcidos, con follaje, con flores, llenos de hojas y frutos, todos son bonitos y admirables pero los que más me han impresionado son los que nacen en las laderas y en los barrancos y cómo se aferran a la vida. Hay árboles que me han dado compasión al verlos invadidos, poseídos y opacados por el “matapalo”, y ese no es árbol de naturaleza, sino parásito que puede llegar a ser árbol.

“El matapalo”  es aquel que vive sin raíz en la tierra que lo alimente, vive de otros árboles sin mayor esfuerzo, es realidad de apariencia, se alimenta de lo ajeno hasta que lo seca. El “matapalo” roba vida, espacio, apariencia, siempre está verde, pero sus raíces están enraizadas en las venas de otro viviente.  El “matapalo tiene vida larga mientras viva quien lo alimenta. Como personas creyentes estamos en la disposición de ser árboles frondosos o ser “Matapalos”: Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tú ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos” (Dt. 30, 15).

Seguir los mandatos de Dios es optar por la vida, es seguir el camino de la vida: Yavé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, agradables a la vista y buenos para comer. El árbol de la Vida estaba en el jardín, como también el árbol de la Ciencia del bien y del mal (Gn. 2, 9 ). La persona justa es como un árbol al lado del torrente, el torrente es Dios que nos alimenta y nos hace ser lo que somos y ofrecemos. El agua, es signo de vida y bendición, el agua recrea la vida: En las márgenes del torrente, desde principio a fin, crecerán toda clase de árboles frutales; su follaje no se secará, tendrán frutas en cualquier estación: Producirán todos los meses gracias a esa agua que viene del santuario. La gente se alimentará con sus frutas y sus hojas les servirán de remedio (Ez. 47, 12).

La naturaleza de nuestro ser la definimos con nuestras opciones, con nuestras decisiones diarias y con nuestras acciones. Sabemos que existe la vida y la muerte, la justicia y la injusticia, el amor y el desamor, la gracia y el pecado, la fe y el temor, el bien y el mal, la bendición y la maldición, la sabiduría y la necedad etc. Siempre está frente a nosotros y nosotras la experiencia de la elección. No se elige entre el bien o el mal, sino entre cosas u opciones buenas: Que los cielos y la tierra escuchen y recuerden lo que acabo de decir; te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia” (Dt. 30,19).

La naturaleza nos da grandes lecciones, aprendamos de ella. Hay árboles que no tuvieron la dicha, la gracia, o la suerte de nacer en terreno llano y fértil, nacieron donde cayó la semilla llevada por el viento. Algunos nacieron entre piedras, a la orilla de los barrancos, pero por amor a la vida se agarran tan fuerte de las piedras que casi se hacen de una misma naturaleza. Estos árboles luchadores son los que admiro y son los que contemplo en la costa pacífica salvadoreña. Tierra árida, víctima de incendios forestales, terrenos pedregosos y grises, terrenos que en su miseria se convierte en riqueza para los y las desheredadas de la tierra. El amor a la tierra se parece mucho al amor que se le tiene a la madre. Tener tierra, un pedacito de tierra, en El Salvador es tener suerte, es tener la bendición de Dios, es arraigarnos a ese suelo que nos da un sitio en la geografía, en la historia, en la promesa de Dios (Dt. 4, 1. 5-9). Dios promete vida, descendencia, tierra y nuevas cosechas, si escuchamos y practicamos los mandatos que él nos enseña.

“El árbol se conoce por sus frutos”: “Dichosa la persona que no se deja llevar por las apariencias,  por mundanos criterios, sino por lo que hay en el corazón humano,  se goza en cumplir los mandatos del Señor”. La persona que tiene a Dios como manantial que lo alimenta y nutre  es como  “un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien” (Sal. 1, 3). La persona que se aleja de su creador, de su Señor y Dios es como “paja barrida por el viento”. A la persona mala, sus caminos acaban por perderla: “porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados termina mal” (Sal. 1, 6).

“A quien buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”.  La semilla de mostaza es pequeña, pero no insignificante (Mt. 13, 31; Mc. 4, 30; Lc. 13, 19). Ser pequeño es ser humilde y sencillos, en cambio ser insignificante es ser un escaño anterior a la no existencia, a la marginación y la exclusión. A veces en la vida diaria, en nuestra relación con las demás personas confundimos lo pequeño con lo insignificante. Como personas nunca somos insignificantes, Jesús no comparte este “mundano criterio”. La persona más pequeña entre nosotros y nosotras es la más grande en el Reino de los cielos; y quien quiera ser el más importante que se haga el servidor de todos y todas.

La grandeza del ser humano no está en su estatura, en su saber, en sus recursos económicos, sino en ser lo que es, en definir lo que es y, la persona se define por sus frutos, por sus obras, por sus acciones. “Lo que tenemos que hacer es respetarnos siempre, y buscar siempre unidos y unidas  al Dios que nos supera a todos y todas” (Lc. 9, 22-25). El Señor hace sabia a la persona sencilla, la persona sencilla es como árbol frondoso que crece bajo el amparo del altísimo; la persona orgullosa y soberbia es como cactus del desierto, que vive de sus resequedades.

“Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yavé! Es como mata de cardo en la estepa; no sentirá cuando llegue la lluvia, pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar despoblado. ¡Bendito el que confía en Yavé, y que en él pone su esperanza! Se asemeja a un árbol plantado a la orilla del agua, y que alarga sus raíces hacia la corriente: no tiene miedo de que llegue el calor, su follaje se mantendrá verde; en año de sequía no se inquieta, ni deja de producir sus frutos. El corazón es lo más complejo, y es perverso: ¿quién puede conocerlo?” (Jr. 17, 5-9).

20 de febrero de 2013

Cuaresma: Conviértete y cree en el Evangelio.


La palabra cuaresma viene del latín “cuadragesima dies”. Son cuarenta días antes de Pascua. Es un tiempo de preparación para la Pascua, comienza el “Miércoles de Ceniza” y finaliza el Jueves Santo antes de la misa vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.

Conversión y fe van juntos: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Con esta frase antes de la imposición de ceniza se invita a la persona a entrar en un proceso de conversión; la conversión es una aptitud que busca cambiar nuestras actitudes, en este cambio de dirección, que se inicia en  nuestro interior, la fe se traduce en reflexión, profundización, cambio y acción. Quien entra en este proceso de conversión paulatino cree en la eficacia del Evangelio. No podemos olvidar que Jesús como Buen Pastor (Jn. 10, 11-18), vino por las personas pecadoras, no por las santas; vino por las personas enfermas y no por las sanas y que deja las noventa y nueve ovejas por “la perdida, la sucia, descarriada, enferma y embarrancada”  (Lc. 15, 1-10).

El Evangelio es la fuerza de Dios que nos transforma. Dicho de otra manera, el Evangelio es la semilla que crece por sí sola (Mc.  4, 26-34), estemos dormidos o despiertos, sea de día o de noche,  estemos conscientes o no, germina en la tierra que la ha acogido. La tierra da fruto por sí misma. Jesús compara a las personas creyentes como tierra que acoge la Buena Nueva. Como terreno que acoge la semilla, toda persona está apta para el cambio, pero no todas nuestras actitudes dan muestra fehaciente de nuestra conversión. Dice un dicho popular que “las palabras convencen pero las obras arrastran”.  Cada quien da según su capacidad.

Cuaresma no es dejar de comer carne. Cuaresma es dejar de comer prójimos y prójimas en nuestras conversaciones. En la vida ordinaria es mejor satisfacer el estómago con comida nutritiva que vaciar el corazón criticando, compartiendo veneno y ponzoña, porque esto destruye la vida personal y comunitaria. La comunidad debe ser como un campo llano, engramado y cultivado como un jardín donde todos y todas nos sintamos agradables. La comunidad no puede ser como un campo lleno de espinas, piedras, abismos y resequedad. En un ambiente inhóspito todo muere. Como dice Jesús lo que nos hace personas impuras,  o indignas, no es lo que entra en nuestro cuerpo, sino lo que sale de nuestro corazón, “porque de dentro, del corazón del ser humano,  salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al ser humano (Mc. 7, 1-8.14-15.21-23).

Cuaresma es dejar de mordernos, es dejar de lastimarnos en nuestras relaciones interpersonales, familiares, conyugales, laborales o en nuestro compromiso cristiano. Es arrepentirnos con “hechos” de nuestro enorme egoísmo, de nuestra falta de amor, misericordia y compasión. Es arrepentirnos de nuestro constante irrespeto hacia los y las demás: “Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Llévenla a la práctica y no se limiten a escucharla, engañándose ustedes mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con la maldad de este mundo” (Stgo.  1,17-18.21-22.27) .

Creer en el Evangelio es creer en una Buena Noticia, una buena noticia de Dios para cada uno y cada una; es creer que la Buena Nueva de Dios es Jesús de Nazaret. Esta buena nueva, este hombre evangelio anuncia la liberación de toda clase de yugo. Jesús iluminado por la TANA’J o Biblia hebrea, descubre en los profetas no sólo la voz de Dios, sino la esperanza, la compasión y el amor preferencial de Dios hacia los y las pobres (Lc. 4, 18-21). Creer es confesar con los labios, que Jesús es el Señor y confesar con el corazón que Dios lo resucitó. “Hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación” (Rom. 10, 8-13). Proclamar con la boca es anunciar y compartir nuestras vivencias cristianas. Es anunciar lo que vivimos, no sólo lo que creemos.

Caminemos, pues, en estos cuarenta días de preparación, a la luz del Señor. No se puede vivir la vida con los ojos cerrados  o viendo hacia el suelo, viendo hacia abajo, llevando en nuestras espaldas una joroba. Debemos vivir la vida con los ojos abiertos, contemplando, meditando y saboreando el amor de Dios todos los días; debemos caminar en la vida, erguidos y erguidas no de orgullo, sino de dignidad. La fe es ver lo posible en lo imposible porque es obra de Dios; la conversión es cambiar lo imposible en lo posible,  poco a poco, sin prisas, arrebatos y fanatismos, haciendo de nuestra vida un camino llano, sin tropiezos y sin ataduras. Es bienaventurada la persona que escucha la Palabra y la práctica.

15 de febrero de 2013

Cuaresma es tiempo de gracia, reconciliación y solidaridad (Dt. 30, 15-20).


En lo más hondo del corazón humano existe la bondad, existe algo que nos fue dado como tesoro para hacernos valiosos y valiosas; como tesoro a los ojos de Dios, pero nos fue dado no para esconderlo, sino para compartirlo. No se vale ser persona valiosa y seguirlo  escondiendo por temor, timidez, egoísmo o baja autoestima. Los tesoros tradicionalmente son presentados como algo valioso que debe esconderse; en el cristianismo encontrar un tesoro es  llenarse de alegría y desprendimiento; la alegría y el asombro es tanto que se deja todo (Lc. 5, 10-11) y  se vende todo (Mt. 13, 44). En cuaresma el tesoro es encontarnos con un Dios que nos da una nueva oportunidad: “Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos”, dice el Señor (Joel  2, 12-13). Un Dios que solicita cambios en lo más humano de nuestra humanidad, el corazón,  y no sólo en los ritos y en las apariencias.

El Dios que nos presenta el profeta  Joel  rompe el "acartonamiento" que durante muchos siglos ha falseado al Dios de Israel, al Dios de Jesús y al Dios de los cristianos y cristianas. Este Dios es un Dios que pide al ser humano que regrese, se acerque, que vuelva con una actitud distinta, una actitud de humildad y no de auto aniquilamiento, de amor y no de temor, de libertad y no de sometimiento.  El ser humano debe acercarse a Dios, a YHVH, con amor y libertad. El profeta Joel nos invita a volvernos a Dios porque él  es “compasivo y misericordioso, lento a la cólera, y rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia. Volver a Dios es volver al amor y la libertad para salir de él cargados y cargadas de amor y libertad. Volver a Dios es convertirnos. LLenarnos de amor y libertad es conversión. ¿Qué Dios se presenta a sí mismo con un corazón abierto, mostrando  su total intimidad e  invitándonos a entrar a lo más santo de lo santo?

La persona "normal" quiere ser buena, ansía ser buena, procura ser buena. Es "rara" la persona que tiene como ideal la maldad, aunque la excepción puede confirmar la regla. Todas las religiones buscan agradar a Dios a través del sacrificio, del sufrimiento y los ritos, pero Dios busca que la persona asuma libremente una serie de normas, leyes y decretos para ordenar su vida hacia el bien. La norma en sí misma lastima la libertad personal y comunitaria, somete al amor por la obligación. La norma se vuelve obligación. La norma ha sido hecha para hacer el bien, pero se convierte en fuente de pecado, soberbia, intolerancia, razón de desobediencia, de trasgresión jurídica y yugo pesado e inhumano. La norma, la ley, no salva si no es capaz de sobrepasar  lo legal para interiorizarse como una convicción, como algo que está escrito con tinta de amor en el corazón: “Yavé, tu Dios, circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes para que ames a Yavé con todo tu corazón y con toda tu alma y para que vivas…Tú volverás a escuchar a Yavé y pondrás en práctica todos sus mandamientos, que yo te prescribo hoy” (Dt. 30, 6.8). Jesús nos enseña constantemente en su vida que el ser humano y sus necesidades son mucho, pero con mucho,  más importantes que la religión, que el culto, que las instituciones sagradas.

El Dios que es totalmente libre y nos hace totalmente libres, nos da la capacidad y la libertad de discernir, escoger y decidir. Él confía en nuestro sano juicio, en nuestro libre albedrío.  Dios no pide cosas imposibles. “Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Lo que hoy te mando es que tú ames a Yavé, tu Dios, y sigas sus caminos. Observa sus preceptos, sus normas y sus mandamientos, y vivirás y te multiplicarás, y Yavé te dará su bendición en la tierra que vas a poseer”. Amar a Dios es amar a nuestros prójimos y prójimas, es no hacerle daño a nadie. Las normas que nos propone Dios buscan garantizar el respeto, la vida y la dignidad de quienes comparten nuestro mismo espacio, nuestra misma tierra, país o región. La norma se convierte en bendición porque defiende  "el bien común", garantiza que todos y todas tengamos lo necesario para tener una vida digna como hijos e hijas de Dios y procura la fraternidad y la sororidad entre hombres y mujeres.

La libertad tiene precio, ese precio es la responsabilidad y la corresponsabilidad. No puedo ser yo, anulando a los y las demás;  no puedo ser yo, pisoteando o pasando por encima de otras personas. Soy yo y Yo soy en relación a un tú o a un usted. La identidad del yo redimido, es decir, no el yo idolátrico, es relacional, es  descentralizado,  es un ser siendo para los y las demás. El yo idolátrico rompe las relaciones, degrada y empobrece a quien lo porta: Pero, si tu corazón se desvía y no escuchas, sino que te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses para servirlos, yo declaro hoy que perecerás sin remedio. No durarás largo tiempo en el país que vas a ocupar al otro lado del Jordán.

No hay peor ciego que quien no quiere ver, ni peor sordo que quien no quiere oír, ni peor  necio que quien no quiere entender ni  comprender. Ante la cerrazón humana, el capricho, la incapacidad de sacrificio, Dios recurre a un recurso jurídico, pone como testiga a la Creación, al cielo y la tierra, como se hace ante un pacto o un contrato, donde las partes se comprometen a cumplir lo acordado frente a testigos, personas que testifiquen:“Que los cielos y la tierra escuchen y recuerden lo que acabo de decir; te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia. Ama a Yavé, escucha su voz, uniéndote a él, para que vivas y se prolonguen tus días, mientras habites en la tierra que Yavé juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob.»

Bendito sea el Dios de Israel que ama a todos los pueblos de la tierra, porque es bueno. Bendito sea el Dios de Jesús porque ama a los seres humanos sin excepciones, porque es extremadamente bueno. Bendito sea el Dios de los cristianos y cristianas porque nos invita a ser personas buenas, que hagamos el bien sin mirar a quien, que seamos personas misericordiosas y reconciliadoras y que vivamos amando siendo solidarios y solidarias en esta cuaresma. El amor se pone más en obras que en palabras. El ayuno es para compartir, la oración es para pedir por las necesidades de otras personas y la limosna es la concreción del amor solidario para ayudar a las personas vulnerables de nuestra sociedad. Gracias Señor por darnos la oportunidad de hacer el bien en esta cuaresma.

27 de junio de 2012

Ignacio pide a María “Ser puesto con su Hijo”.


La espiritualidad ignaciana conocida hoy como "ignacianidad" es totalmente laica; pero esta afirmación no excluye la dimensión sacerdotal. Jesús al igual que Ignacio fue laico, pero eso no invalida que la Carta a  las y los Hebreos presente a Jesús no sólo como sacerdote, sino como sumo sacerdote y que con él se inicie una nueva concepción del sacerdocio como servicio, no reducido a lo sacro y a lo cultual. Todo jesuita antes de ser sacerdotes es laico como Ignacio pero después pensando en un mejor servicio opta por la vida religiosa y no todos  y todas por el hecho de ser laicos y laicas, hemos sido ignacianos. La ignacianidad como espiritualidad es una opción, un estilo de vida y una práctica evangélica, un modo de ser y proceder.

La espiritualidad en la Compañía  de Jesús, herencia legada por nuestro padre y fundador Ignacio,  es ignaciana. En la ignacianidad el centro no es Ignacio sino Jesucristo. En esta espiritualidad se podrían distinguir dos etapas complementarias: La primera, desde la conversión en la casa fortaleza de Loyola hasta la incipiente formación de la compañía de Jesús  en Paris, con aquellos jóvenes universitarios "amigos en el Señor" que toman votos religiosos en Montmartre. La segunda, como Orden Religiosa al servicio del Papa para la misión. En la Orden Compañía de Jesús se concretiza un modo específico de vivir la ignacianidad, sabiendo y aceptando con humildad, que no es la única opción. Se puede ser ignaciano sin ser jesuita, pero no se puede ser compañero y seguidor de Jesús sin ser ignaciano porque la ignacianidad es el fondo espiritualidad de nuestro modo de proceder.

En la historia ha habido y seguirán habiendo congregaciones o institutos laicos o religiosos que se inspiran en la espiritualidad ignaciana, pero no son jesuíticos, como muchos movimientos laicos no son ignacianos aunque nazcan y se desarrollen en el seno de la Compañía de Jesús. En esa deficiencia hay un fallo. No todos los laicos y laicas que trabajan o colaboran con jesuitas son ignacianos o ignacianas en su modo de proceder, aunque teóricamente se identifiquen con nuestra espiritualidad. La ignacianidad no se da por ósmosis. “Los estudios, los compañeros y la oración apostólica lo llevan a descubrir un nuevo camino espiritual, el de contemplativo en la acción”.

Es evidente que no es lo mismo lo ignaciano y lo jesuítico, eso es obvio, pero tampoco se puede insinuar que lo jesuítico le ha robado a lo ignaciano su matriz laica, en Ignacio no es excluyente su ser laico y después su ser presbítero, son realidades unitarias y complementarias en su persona. Los jesuitas no nos hemos apropiado indebidamente la espiritualidad laica, afirmar esto sin más es crear ruptura en la vida de Ignacio de Loyola y en la vida de los primeros compañeros. Ellos, partiendo de la vivencia de los Ejercicios Espirituales y del discernimiento personal y compartido deciden en las deliberaciones presentarse al Papa, si no es posible viajar a la Tierra del Señor, en el plazo de un año. Ellos se pondrán a disposición del Romano Pontífice, en Roma.

Aunque la ignacianidad es totalmente laica por su génesis, no es menos cierto que si no se hubiera institucionalizado y puesto por escrito estaría como muchas espiritualidades en la iglesia, al libre albedrío. Lo jesuítico y lo ignaciano tampoco son opuestos y excluyentes. Lo jesuítico es un modo de vivir lo ignaciano. San Ignacio,  por opción y por misión se consagró presbítero junto a los primeros compañeros en Venecia.

En Roma nace la Orden Compañía de Jesús. Lo importante de la ignacianidad no es el debate, si es o no laica, para Ignacio y sus diez compañeros lo fundamental es el modo de vivir el seguimiento de Jesús, por eso pide con insistencia ser aceptado en su compañía, hasta que Dios Padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo aceptan al peregrino la petición que hace a la Virgen María en la Capilla de la Storta, camino a Roma.

Esta espiritualidad laica  e ignaciana se pone al servicio de la iglesia (Jerárquica), para el bien de las almas y para la misión, llevar el evangelio, la vida de Jesús, a todas partes del mundo, especialmente a las fronteras no territoriales, sino  a aquellas donde se atenta contra la vida, la existencia y  la dignidad humana. Estos hombres disponibles, y no siempre entre laicos y laicas podemos encontrar esa disponibilidad, no eran laicos, sino sacerdotes con estudios universitarios enviados a las fronteras para hacer la contrarreforma desde y para la Iglesia universal. La Compañía desde su origen es internacional y universal. Fundamental para el Cuerpo Apostólico es la disponibilidad y la obediencia; una vida sencilla y casta.