Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

12 de septiembre de 2013

“La humildad es transparente como el agua”.

Dios es amor y “el amor es una relación de donación y gratuidad”. Dios se humaniza en lo humano, lo humano está llamado a la humildad y a la gratuidad agradecida. Desde su encarnación Dios opta por las personas humildes. La relación que Dios quiere establecer con los seres humanos es de amor y no de temor, de comprensión no de represión, de aceptación libre no de imposición. El amor no se puede reducir a la norma, al mandato, al decreto, sino a la donación total de mí mismo o de mi misma a Dios y a los prójimos y prójimas. El amor nos hace ser personas humildes porque nos donamos gratuitamente. La humildad es donación.

“Toda sabiduría viene del Señor y con él permanece para siempre” (Eclesiástico 1, 1). La humildad es el principio de la sabiduría. La persona sabia es la que aprende algo todos los días y aprende de quien menos lo espera. “Los sabios y entendidos” creemos tener respuesta a todo y esa falsa seguridad va creando en nuestro interior algo distinto y contrario a la humildad. Lo contrario a la humildad es el orgullo. “El Señor fue quien creó la sabiduría; la vio, le tomó las medidas, la difundió en todas sus obras, en todos los seres vivos, según su generosidad. La distribuyó con largueza a todos los que lo aman” (Eclesiástico 1, 9-10).

Se puede hablar mucho de la humildad y no ser humilde; se puede conceptualizar de distintas maneras la humildad y no llegar nunca a definirla. “El orgullo no repara” me decía un hombre humilde, que aprendió la humildad luchando contra el orgullo. El orgullo atropella y no da un paso atrás. El orgullo deshumaniza y pudre a la persona desde su raíz, porque el mal se ha enraizado en toda su persona  (Sirácide 3, 19-21. 30-31). La persona dadivosa es buena y admirable, pero la persona humilde se da a amar con mayor facilidad. “Hazte  tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”. La persona sabia es la persona prudente que medita en su interior las sentencias de las demás personas  y  su gran anhelo es saber escuchar.

Estando frente a un anciano que vive en un asilo, escuche su reflexión sobre la humildad. Una reflexión sencilla, libre, profunda y sin presunción. Me dijo: “La humildad es transparente como el agua” y yo le agregué que si era así, que los seres humanos deberíamos beber mucha agua para ser transparentes como la humildad”. Después de esa reflexión he seguido pensando en lo mismo y en las personas que son transparentes como el agua: María la Madre de Jesús, Isabel la Madre del Bautista, José el padre del carpintero, y por su puesto Jesús de Nazaret.

Jesús se define a sí mismo como manso y humilde (Mt. 11, 28-30); en las bienaventuranzas también llama felices a quienes son mansos o humildes, esto significa ser personas bondadosas, tranquilas, pacientes y humildes (Mt 5,3-12); María la Madre de Jesús es una mujer humilde de condición social y de condición humana. Su fe la lleva a la humildad. En el canto del Magnífica expresa su fe, esa fe que la ha hecho comprometerse con Dios por amor a su promesa, ella tiene fe desde su condición de anawim, es decir, “pobre material que posee una libertad interior ante las cosas, pues su riqueza es Dios en quien confía plenamente”. Los anawim, son “los que humilde y mansamente se inclinan ante Dios” y confían totalmente en su misericordia. María dice al ángel: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho.» (Lc.1, 38). Ponerse en condición de servidora o servidor del Señor nos hace ser personas servidoras de los y las demás. La humildad es servicio. 

Isabel, la madre de Juan el Bautista, ante la visita inesperada de María, celebra con gozo y alegría ese encuentro diciendo:¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!» (Lc. 1, 43-45). Isabel es una mujer humilde, reconoce la grandeza de Dios y la humildad de quienes están llenos y llenas de él, las personas humildes nos hacen presente a Dios, sólo las personas humildes son las que le dan  gloria. La humildad de Juan el Bautista está en que dice la verdad  a los hipócritas como Herodes y se reconoce indigno de desamarrar las sandalias de Jesús, el Hijo de José.

La humildad no es apocamiento, no es sentirnos inferiores, no es ser personas tímidas o personas  faltas de autoestima, no es pobreza sociológica y menos suciedad. La humildad es sentirnos bien agradecidos y agradecidas con Dios, es decir la verdad, es darnos a respetar y defender nuestros derechos. Una persona humilde es una persona agradecida. El amor es verdadero sólo en la medida en que es gratuito. La persona humilde es la que siendo grande de hace pequeña por opción, no es la que sintiéndose grande se mantiene en su grandeza. Lo contrario a la humildad es el orgullo y el orgullo no repara, no retrocede, no reconstruye.”La humildad, una virtud muchas veces mal comprendida, y quizás, contraria a muchas actitudes donde la competitividad, la eficacia, el ganar, el éxito no nos permiten ver lo positivo que puede resultar vivir y aferrarnos  a esta virtud: ser humildes.

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