Guazapa, San Salvador, El Salvador

Guazapa, San Salvador, El Salvador
Quiero llevarte en mis ojos como la ternura que un hombre lleva en sus mirada. Mirada viajera del tiempo retenido, como pupila siempre nueva, contenida, retenida, desnuda y renovada.

10 de mayo de 2013

Vivir la eucaristía es acoger y servir.


Un poco de Historia. Hace más de dos mil años San Pablo extendía la Palabra de Dios por algunas regiones de Europa, lo que se conoce hoy como España y en el tiempo de los romanos se le llamaba Hispania (Rom. 15, 23-28). Dos mil años después, nos  seguimos reuniendo como en las comunidades que los y las discípulas del Señor fueron dejando a su paso; como el sembrador deja la semilla distribuida en la tierra. Cada grano de maíz es una comunidad que nace en la milpa del Señor. La comunidad es como una mazorca, cada persona que asiste está unida a Cristo, como el maíz al olote.

Las comunidades del siglo I se reunían para celebrar la fe en Cristo resucitado en la Eucaristía, y para escuchar, reflexionar y vivir la palabra del Señor (Hch.2, 42-45). Esta actitud de escuchar la palabra de Dios y vivirla cada día nos hace ser testigos y testigas del Resucitado, junto al Espíritu Santo (Jn. 15, 26-16, 4ª). Se reunían el primer día de la semana, domingo (Mt. 28, 1-; Hch. 20,7; 1Cor. 16.2-; Ap. 1,10. Domingo significa “Día del Señor” o “que pertenece a Dios”.

La Eucaristía. Lo que hoy nombramos como Eucaristía es la acción de gracias que Jesús le dio al Padre en una cena de despedida. El Banquete siempre ha sido símbolo de comunión, de igualdad, de alegría y fraternidad. El alimento es importante para vivir sanos, la eucaristía es importante para vivir unidos y unidas a Jesús. La palabra vine del griego εχαριστία, eucharistía, «acción de gracias». Esa Cena de despedida, el banquete, es el escenario del gran discurso de despedida y donde Jesús les da a sus discípulos y discípulas la última formación antes de su muerte (Mt. 26,26-29; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 19-20; Icor. 11,23-26). Jesús se anuncia a sí mismo como el grano de trigo que cae en tierra y muere (Jn. 12, 24-26), pero también se compara con la vid a la que deben mantenerse unidos los sarmientos (Jn. 15, 1-8). Trigo y uva eternizan la presencia de Jesús en la comunidad, en la Iglesia, como pan y vino en la Eucaristía.

Vivir la Palabra de Dios. La palabra de Jesús es la misma palabra de Dios. Jesús es la palabra del Padre en el mundo. La palabra de quien nos ama no puede ser nunca una carga, sino una felicidad. Amar a Dios es cumplir su palabra: “Quien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada” (Jn. 14, 23).  Vivir el mandamiento del amor en lo que decimos y hacemos nos convierte en habitación de la divinidad. Dios se hace ser humano y en lo humano Dios se revela. El mejor ejemplo de comunión es el amor que une al Padre con el Hijo: “Mi Padre y yo somos uno” (Jn. 10, 30): Los cristianos y cristianas debemos vivir en unidad y en comunión como Jesús y Dios. (Jn. 17,11-21). 

El amor y la obediencia a Jesús es ante todo: “Quien acepta  mis mandamientos y los cumple  es quien me ama”. El amor es nuestra identidad y es lo único que nos debe mover a los cristianos y cristianas como lo dice San Juan: “Les doy un mandamiento nuevo: que se aman los unos a los otros, como yo los he amado; por este amor reconocerán todos que son mis discípulos” (Jn. 13, 34-35).

La fe y las obras. La eucaristía no sólo es el centro de de la vida cristiana, sino el sacramento de nuestra fe. Vida y fe van juntos en Jesús, se quedan juntos en la eucaristía y así debemos vivirla los y las cristianas. Obras y fe se complementan: “Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores…” (Jn. 7,11-12). Quien comulga, hace suyas las palabras y la vida del Señor, y se compromete a vivir como él vivió. El amor se hace obras y las obras son expresión de la fe en el Señor Jesús. Comulgar con Jesús es aceptar su causa, su proyecto de vida.

Una experiencia insólita. Platicando con un Señor de muchos años, que no escucha muy bien por su sordera, ni se da a entender porque habla  gritando, aprendí que para vivir la eucaristía basta tener amor, convicción de fe y obediencia para poner en obra lo que el Señor Jesús nos pide en su Palabra y nos urge vivir sus enseñanzas. Me decía este Señor: “Yo no escucho, tengo dificultad para oír. Cuando voy a misa no escucho la Palabra de Dios, ni escucho la homilía pero voy a misa por obediencia y por amor. Casi nada me dijo, centró el tema que ahora escribo sobre vivir la eucaristía. Vivir la Eucaristía es tener un corazón agradecido a Dios, que ama y sirve como Jesús y que comparte con los y las demás los dones que el Espíritu nos ha dado: Unidad, fe, amor, alegría, paz, gozo, perdón, libertad, y servicialidad.

Jesús instituyó la Eucaristía (Jn. 6, 41-59; Lc. 22, 19-20). “La Eucaristía es en el cristianismo católico el sacramento instituido por Jesucristo, mediante el cual, por las palabras que el sacerdote, al celebrar la misa, pronuncia en el acto de la consagración, se transubstancia (transforma, cambia, convierte totalmente una sustancia en otra) el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo”. “Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la hostia y el vino no es sólo simbólica sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los accidente—forma, color, sabor, etc. — permanecen iguales.  Jesús mantiene una actitud de alegría y acogida para quien comparte la mesa con él a pesar de la traición de uno de sus amigos más de confianza.

Reunidos en torno a Cristo en la Eucaristía, en una auténtica comunión fraterna de amor y de fe, aceptamos, de modo consciente, las consecuencias de creer en Cristo.  La mayor consecuencia de creer en Jesús es convertirnos en sus testigos y testigas. Dar testimonio de alguien es dar la cara por esa persona y optar por ella, ponerse de su lado y defender la verdad de su vida. En la última cena, Jesús invita a sus amigos y amigas a dar testimonio de su amor al mundo, por ese amor salvador, Jesús nos enseña que dar la vida es el mayor acto de amor. El amor que salva es el amor crucificado para la salvación del mundo que se encuentra también crucificado.

La eucaristía es “el gesto simbólico central del cristianismo”. Con este gesto de acogida y servicio por amor Jesús afirma que la eucaristía no se entiende cuando se celebra encerrada,  privadamente o enclaustrada en los templos, reglamentada con normas litúrgicas. Los cristianos  y cristianas hemos deformado tanto la eucaristía, que ya se nos hace casi imposible entenderla y vivirla. Por eso la eucaristía nos da devoción y fervor religioso; es tan sacra, tan sacra que nos sentimos indignos e indignas de tocar la hostia consagrada, pero normalmente no modifica nuestras vidas. Ese excesivo respeto al cuerpo de Cristo nos aleja y no nos convierte en personas nuevas. Vivir la eucaristía es entregarse diariamente por amor y en servicio, acogiendo a los y las excluidas de la sociedad y de la religión. La religión ya no consiste en someterse a unas verdades o en cumplir con unos ritos y unas normas, sino en asumir las convicciones determinantes de una persona, la persona de Jesús. 

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